Troya: una guerra virtual
Franklin Caldera (Crítico de cine)
Troya encabeza la racha de remakes que se nos avecina, proveniente de un Hollywood carente de ideas originales. La más famosa de las versiones anteriores de la Guerra de Troya (cuyas ruinas fueron descubiertas en Turquía, a finales del siglo XIX, por arqueólogos alemanes) es Helena de Troya (1955), con Rossanna Podesta, dirigida en Italia por Robert Wise, que logró dar la sensación de que la acción transcurría durante un período prolongado.
Esta nueva versión de La Ilíada se concentra, como el poema homérico, en los 51 días del último año de los 10 que duró el asedio de Troya. Con el éxito de Gladiador de Ridley Scott, era inevitable que se filmara una nueva versión de la epopeya griega, sobre todo en estos tiempos de películas inspiradas en videojuegos hiperactivos, cuya estructura general, curiosamente, coincide con la de La Ilíada, abarrotada de combates, escaramuzas y guerreros temerarios. Por ejemplo, la estructura de la tercera parte de El señor de los anillos es de inspiración ilíaca.
El director es el alemán Wolfgang Petersen (Das Boot), quien dedica tiempo a explorar las relaciones y conflictos internos de sus personajes: la preocupación de Héctor (Eric Bana) por la suerte de su esposa Andrómaca si Troya cayese en poder de los griegos; la angustia de Príamo (Peter O’toole), Rey de Troya, ante la muerte de su hijo Héctor y la cobardía de Paris (Orlando Bloom), su hijo menor, raptor de Helena (Diane Kruger); la animosidad entre el invencible Aquiles (Brad Pitt) y el rey Agamenón (Brian Cox), jefe supremo de los griegos en la guerra.
El guión de David Benioff, que se toma algunas libertades con el original (Agamenón y Menelao no murieron en Troya; y éste logró rescatar a su esposa Helena), contiene algunos pasajes muy hermosos, como la reflexión de Aquiles sobre la envidia de los dioses hacia los humanos, porque éstos mueren (tema de El coloquio de los centauros de Darío). También sugiere que el interés de Agamenón, más que rescatar a la esposa de su hermano, era apoderarse de Troya, que resguardaba el paso de Europa y Asia, sobre los Dardanelos.
Las secuencias bélicas, realmente espectaculares, carecen del sentido estético de Alejandro Nevski (Eisenstein), Campanadas a medianoche (Welles) o la secuencia inicial de Gladiador. La planificación es más simple, similar a la de D.W.Griffith en los segmentos babilónicos de Intolerancia (1916). Troya nunca alcanza la complejidad dramática de estos filmes, y los efectos especiales computarizados dan cierta artificialidad al conjunto. Antes, cuando veíamos 10,000 extras a caballo, realmente estábamos viendo 10,000 extras a caballo. En la era virtual, 100,000 extras en pie de guerra pueden ser sólo 500, multiplicados por la magia de las imágenes digitales.
Como en La Ilíada, el tema central del filme es “la cólera de Aquiles”, su renuencia a combatir y su sed de venganza cuando Héctor mata a Patroclo. A pesar de que ser homosexual es ahora políticamente correcto, la película no resalta el ángulo homoerótico de la relación de Aquiles y Patroclo, lo que le hubiera dado un giro de actualidad, concentrándose más bien en las relaciones amorosas de Aquiles y la cautiva Briseida (Ross Byrne)
A diferencia de actores como Charlton Heston (Lo diez mandamientos), Richard Burton (Alejandro Magno) o Victor Mature (Aníbal), más a sus anchas en la antigüedad que en ambientes contemporáneos, la personalidad fílmica de Pitt, su forma de mirar, hablar y moverse, es típica de los jóvenes estadounidenses de finales del siglo XX y comienzos del XXI. Pero su Aquiles no deja de tener interés por incorporar en un guerrero griego la personalidad rebelde y atormentada del mítico James Dean. 
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