Publicaciones y libros
El Hijo de la Estrella: Imaginando el pasado
Emilio Álvarez Montalbán
Fantasear sobre el pasado acerca de sucesos reales o imaginarios es más difícil que transcribir, con variaciones caprichosas, acontecimientos contemporáneos. Porque hablar o registrar algo de lo acaecido recientemente, citando fechas, nombres, y lugares, no es mayor problema. O están en nuestra memoria, porque los presenciamos o figuramos o bien los recogemos de testimonios de nuestros contemporáneos o en último caso los copiamos de libros, revistas o periódicos, de fácil acceso. Lo que es realmente complicado y forzosamente creativo es el género de la novela histórica, que obliga al autor a reproducir el pensamiento, diálogo y actitudes, tabúes, apegos o rechazos de los personajes que vivieron en siglos anteriores, a quienes no se pudo nunca entrevistar. El trabajo del novelista que frecuenta el género histórico es poseer una frondosa inventiva y no equivocarse respecto a la cronología de los hechos referidos o citar palabras atribuidas a los actores, que no eran usadas en aquellos años.
Son fallas que no comete Francisco Mayorga al presentarnos El hijo de la estrella que recoge, en forma de diario íntimo, la vida y milagros de Juan de Santiago de Padilla y Pedregal, supuestamente el primer mestizo nicaragüense. Presentadas sus memorias en un bien conservado legajo de pergaminos, con entradas que van de 1539 a 1550, adquirido el volumen por el autor de la obra en 1973, cuando husmeaba en una venta de libros viejos en la plaza de Azoguejo, sita cerca del famoso acueducto de Segovia. El personaje central de la novela es un hijo del conquistador español de su mismo nombre y apellido, por cierto un alicaíno, oriundo de Elche, quien fuera lugarteniente de Gil González Dávila cuando éste expedicionaba en Nicaragua. Su madre fue una doncella (Citlali, que en náhuatl significa estrella), del cortejo del cacique Diriangén.
Lo intrigante de la historia es que el autor la narra en dos escenarios: Nicaragua y España, en los que transcurre todo un romance lleno de sorprendentes vicisitudes provocadas por las diferentes razas de los esposados. Ello permite describir, tanto las costumbres de nuestros indígenas, como los que imperaban en la Madre Patria en aquella época. Esa doble tarea enriquece la obra al proporcionarnos información sobre las respectivas reacciones acerca del choque de las culturas respectivas.
Al respecto, impresiona la acuciosidad con que inserta palabras en náhuatl, incluso poesías, lo mismo que términos castizos que revelan el dominio de ambas lenguas que tiene el autor. Si a esto agregamos el fondo romántico-erótico en que la trama se desarrolla y la forma sencilla con que aquélla es relatada, nos hace concluir que aquélla ha sido cuidadosamente atendida en sus más mínimos detalles
Para el lector todo ese rico y variado material representa un paseo ameno e ilustrativo sobre la historia y la cultura de dos naciones que se encontraron a partir del siglo XVI, cuando España empezaba a integrarse como Estado-nación y nuestro país era un puñado de tribus que guerreaban entre sí. Eran los años de la promulgación de las Leyes de Indias por las que abogaba fray Bartolomé de las Casas, que condujeron al martirio del obispo Valdivieso en León Viejo.
En todo caso, obviamos referirnos al final de la novela para no quitar expectación al lector, que estamos seguros disfrutará y aprenderá mucha historia de esta entretenida obra. Politólogo 
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