El concepto de revolución
Edmundo Dávila Castellón edc1033@yahoo.com
¿Qué es una revolución? ¿Cómo podría analizarse? Algunas definiciones expresan que es “la destrucción rápida y violenta de un poder político”. Pero no sólo existen revoluciones cruentas y movimientos de sublevación y rebeldía, sino que también se habla de revolución industrial, como la que ocurrió en Inglaterra en el siglo XVIII; de revolución cultural, espiritual, moral y hasta sexual, en la modernidad. Todo lo que implica un cambio drástico y radical en la política o en las costumbres se llama revolución. Pero el término ha quedado más bien acuñado para el aspecto político, desde la revolución francesa de 1789, que marcó el inicio de la era contemporánea en la historia universal.
En la filosofía materialista se llama “cambio dialéctico” a la revolución armada, porque implica una transformación cualitativa de un fenómeno determinado. Los materialistas, por ejemplo, atribuyen análogamente tal expresión a la conversión del agua en hielo o vapor, porque el agua cambia su calidad intrínseca. La revolución viene siendo como un “alto” y un impulso brusco a la evolución, siendo ésta función del tiempo. Por ejemplo: que el tiempo lo arregle todo, quite lo malo y ponga lo bueno; déjese todo en manos de Dios o de la naturaleza; dejar hacer, dejar pasar, etc.
Cuando un pueblo está hastiado de gobernantes y funcionarios corruptos e incapaces, de la injusticia, la opresión y las indignas condiciones y privaciones que le imponen los poderosos, se levanta en armas o lucha como puede para alcanzar su libertad, desalojar abruptamente a los bribones y exigir mejores condiciones de vida. Los revolucionarios no se resignan a que el tiempo (o la evolución) se encargue de resolverlo todo. Ya no se puede seguir esperando, aunque sea a costa de arriesgar la propia vida. “Ante una situación intolerable, hay que tomar una decisión valiente”. Esta contundente frase de Erich Fromm es aplicable tanto al plano individual como al colectivo y revolucionario.
Las revoluciones se crean primero en la mente de los hombres. “Sin pensamiento revolucionario no hay acción revolucionaria”, decía Lenin. Los escritores y filósofos enciclopedistas franceses de los siglos XVII y XVIII, entre otros Voltaire, Rousseau, Montesquieu, etc., fueron los precursores y forjadores de la gran gesta revolucionaria que conmovió a Francia en 1789, influyendo poderosamente con sus luminosas ideas a que este trascendental acontecimiento subversivo se llevara a cabo años después. Unos hombres batallan con la pluma y otros, guiados ideológicamente por aquéllos, luchan con las armas en la mano hasta librarse por completo de la desigualdad, de la servidumbre y del oprobio. Desde el punto de vista pragmático, el valor de una revolución se mide por sus consecuencias mediatas, después del conflicto bélico en que perecen generalmente miles de seres humanos. El pragmatismo establece que una proposición es verdadera cuando los resultados derivados de su aplicación sirven para algo, son buenos, útiles, provechosos. El país en que se libra la lucha por el poder tiene que lograr, después de la contienda revolucionaria, un cambio positivo y notable aunque gradual, porque el objetivo fundamental e ineludible de las revoluciones es liberarse, no esclavizarse; sacudirse el yugo, no cambiar de yugo; dignificarse, no envilecerse; progresar, no retroceder.
El período comprendido entre la revolución y el cambio general esperado se llama “transición”, que es un proceso gradual y paulatino hacia un estado superior del que se encontraba el país conflictivo antes de la guerra fratricida. La transición recupera las energías perdidas durante la revolución, es función del tiempo y debe ser tranquila y apacible, siempre que los hombres egoístas y codiciosos de riquezas y poder no se atrevan a obstaculizar su movimiento ascendente hacia el cambio anhelado. La transición es una ley natural y se presenta en todo evento humano o universal. La vida, por ejemplo, es la transición entre el nacimiento y la muerte; el ocaso es la transición entre el día y la noche; la añoranza es la transición entre el amor y el olvido, etc.
La revolución no es un fin, sino un medio, para mejorar sustancialmente la vida de un pueblo, con propósitos claros y beneficiosos para el mismo, pero no todos estos fines se consiguen de inmediato, porque implican un proceso gradual que deberá cumplirse. No se conocen revoluciones retrógradas ni transiciones turbulentas en la historia del mundo, porque se habría distorsionado totalmente el propósito y la naturaleza del concepto revolucionario. Revolución es revolución. Si queréis indagar si es buena o mala, aplicad la divina ley: “Por sus frutos los conoceréis”.
El autor es ingeniero civil

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