JUEVES 22 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23518 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Trabajo docente y globalización

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Ana Patricia Elvir
ana_elvir@yahoo.com

La globalización de la economía mundial y las nuevas tecnologías de información y comunicación que florecieron con el inicio del siglo XXI, entrañan múltiples consecuencias para la educación contemporánea. Una de las más críticas —y quizás la menos estudiada— es la emergencia de nuevos contextos en los que se realiza la enseñanza y el aprendizaje, con implicaciones en la creciente complejidad del trabajo de maestros y maestras. Reconocer esta complejidad es fundamental para pensar el futuro de nuestro sistema educativo.

Inherente a la globalización económica es el aumento sin precedentes de la migración internacional coincidente con el uso cada vez más extendido de las computadoras. Estas realidades están modificando la manera y el contexto en que la cultura que nos distingue, entendida como la forma en que pensamos y actuamos, se produce y reproduce, y afectan directamente el trabajo docente porque la cultura está en el centro de la experiencia educativa. Para un sector de nuestra niñez y juventud, por ejemplo, algunas formas tradicionales de comunicación, sean estas personales o verbales, ya no son tan usuales, mientras que otras formas, como la comunicación electrónica, van ganando terreno aceleradamente. Asimismo, nuestra cultura ya no es solamente producida dentro de nuestras fronteras, sino también por las comunidades de la diáspora nicaragüense, ya sea en Costa Rica, Estados Unidos o Canadá. Al mismo tiempo que nuestros coterráneos que emigraron recrean nuestra cultura y la mezclan con nuevas influencias del lugar que ahora habitan, nos envían a través de las familias, no solamente remesas de dinero sino también, utilizando el concepto de la investigadora Peggy Levitt, remesas culturales —valores y prácticas a las que han sido expuestos en otras latitudes— que influencian las ideas, conductas y aspiraciones de las nuevas generaciones. Por otro lado, para los niños y adolescentes, cuyas identidades están en proceso de definición, el uso frecuente de las computadoras afecta la construcción de su personalidad, de su sentido de la intimidad, y de su contacto con la realidad y su comprensión de la misma. El ciberespacio, por ejemplo, para los jóvenes que incursionan en él con frecuencia, es en cierta forma un lugar donde estar, relacionarse y crear, que influye la imagen que tienen de ellos mismos, de su entorno, y de los demás.

El nuevo contexto creado por la globalización y el uso extendido de las computadoras, es ciertamente desafiante para el trabajo docente. En el futuro inmediato, a nuestros maestros les corresponderá la difícil tarea de educar a estudiantes influenciados por la mezcla de culturas globales y locales. De nuestros maestros y maestras se esperará, en consecuencia, que puedan ser capaces de preservar en sus estudiantes diversas formas de identidad nacional, mientras los preparan para asimilar los rasgos culturales del mundo global, y para participar en la producción y consumo de la recreación de su propia cultura fuera del territorio nacional. Además, la creciente importancia e interés en el uso de medios electrónicos, supone el desafío de preparar a las nuevas generaciones para discriminar y seleccionar información apropiadamente, en vez de ignorarla o descartarla, así como de aprovechar la curiosidad infantil y juvenil por la exploración del ciberespacio, preparándose para utilizar las computadoras, cuando sea posible, como un instrumento auxiliar del proceso educativo. Es previsible, además, que la influencia de las remesas culturales de las comunidades de la diáspora, se traduzca en mayores y más sofisticadas demandas y aspiraciones educativas de nuestros estudiantes, como la de aprender inglés o el uso de computadoras, haciendo aún más exigente el trabajo docente, pero al mismo tiempo promisorio para modelar ciertas habilidades útiles para la convivencia en un mundo cada vez más interconectado.

Ante estos fenómenos nos corresponde a todos la responsabilidad de apoyar al magisterio con políticas e iniciativas que les faciliten adoptar los desafíos educativos del nuevo milenio como oportunidades. Esta no es una tarea fácil, pero no podemos postergarla si queremos que la educación sea depositaria de nuestras esperanzas de progreso económico y social. Los maestros y las nuevas generaciones están necesitando que asumamos esta responsabilidad.

La autora es investigadora en educación.
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