ESCRIBANOS
EDICIONES ANTERIORES
LA PRENSA
OTROS SUPLEMENTOS
SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 17 DE JULIO DE 2004
PORTADA
CUENTO NICARAGÜENSE
POESIA NICARAGÜENSE
LEXICOGRAFIA
KINO-BIO-CINE
ENSAYOS
PINTURA
MUSICA
COMENTARIO
CRITICA
Brando: El rey sin sus dominios

Foto  
.Cuando se habla del mejor actor de cine del siglo XX, se barajan tres nombres: Laurence Olivier (el actor clásico por excelencia), James Cagney (explosiva mezcla de talento y energía) y Marlon Brando

Marlon Brando

 

Franklin Caldera

Marlon Brando (fallecido el 1 de julio pasado) tuvo las tres cualidades que distinguen a los grandes actores: talento interpretativo, presencia física y presencia estelar, además de inteligencia (reflejada en la intensidad de su mirada), personalidad, carisma y una importantísima para el cine: apostura física.

Nació en Omaha, Nebraska, el 3 de abril de 1924, hijo de un vendedor de productos químico-agrícolas y una actriz frustrada, destruida por el alcohol. Expulsado de una Academia Militar, se trasladó a Nueva York, donde la legendaria actriz Stella Adler lo introdujo en las técnicas del “método” del ruso Konstantin Stanislavski, que inducen al actor a utilizar sus propias experiencias para enriquecer a sus personajes. El resultado fue un estilo más naturalista que el tradicional.

Al ser adoptado por el cine, el “método” no representó un rompimiento con el pasado, sino el reforzamiento de una larga tradición de grandes actores conscientes de lo que implicaba actuar ante una cámara (Lillian Gish, John Barrymore, Fredric March, Tracy, Hepburn, Cagney, Davis, Bogart y John Garfield, el “primer rebelde”)


INICIO TEATRAL

Brando tuvo su primer éxito teatral en 1947, con la pieza de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo. El mundo del teatro nunca le perdonó haber abandonado su promisoria carrera en las tablas para convertirse en “artista” de cine. Después de un discreto comienzo en Hombres de Zinnemann, saltó a la fama en 1951 por el magnetismo animal y el talento descomunal que desplegó en la cineversión de Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan, que había dirigido la obra en el teatro.

Siempre bajo la dirección de Kazan, Brando obtuvo el Oscar al mejor actor de 1954, por Nido de ratas (On the waterfont), donde fue un ex-boxeador que lucha contra la intromisión del hampa en los sindicatos de estibadores de Nueva York.

Pero el filme que cimentó su condición de icono de los años cincuenta fue El salvaje, en el que interpretó, con chaqueta negra de cuero, al jefe de una banda de motociclistas que aterrorizan un pequeño pueblo. De esta primera época son ¡Viva Zapata! (1952) de Kazan y su Marco Antonio, en Julio César (1953) de J. Mankiewicz, único rol shakespeareano que hizo en el cine (lo que es de lamentar, pues habría sido un Hamlet fenomenal)

A pesar del Oscar, Brando fue siempre un iconoclasta, notorio por sus exabruptos contra su oficio y Hollywood, y hostil con los medios de prensa (no obstante, la entrevista que le hizo Truman Capote para The New Yorker, titulada El duque en sus dominios, es un clásico del género)


¿REBELDE O COMERCIAL?

Inesperadamente, su carrera dio un giro hacia lo comercial con películas que contradecían su posición de rebelde. De éstas, son rescatables su Napoleón en Desirée (54), el musical Ellos y ellas, en el que cantó con su propia voz, Los dioses vencidos (junto a Clift), El hombre de la piel de víbora, El rostro impenetrabe (western psicológico dirigido por él mismo), El americano feo, La jauría humana y La condesa de Hong Kong, de Chaplin (con Sophia Loren)


MÁS BRILLO

En los setenta, la carrera de Brando recuperó el brillo de sus primeros años con Queimada de Pontecorvo (filmada en Cartagena, Colombia), pero sobre todo con El padrino (1972) de Fracis Ford Coppola. Como Vito Corleone, don de la mafia, Brando combinó su tendencia a la artificiosidad con la atención a los detalles para proyectar la psicología de su personaje (por ejemplo, el gato que Don Corleone acaricia en la primera secuencia del filme) y un dominio renovado de las escenas dramáticas (sobre todo las que siguen al asesinato de Sonny) Al año siguiente, rechazó el Oscar que le dio la Academia, en protesta por el trato a los indígenas norteamericanos. El último tango en París, de Bertolucci, confirmó su complacencia desenfadada con su propio talento y habilidad.

Con el tiempo, Brando se fue convirtiendo en una especie de Orson Welles en la última etapa de su carrera, tanto por la gordura (con 5 pies 10 pulgadas de estatura, llegó a pesar 300 libras) como por la habilidad para dejar profunda huella con intervenciones de pocos minutos, especialmente en Superman (1978) y Apocalipsis ya (1979). Con más tiempo en pantalla, son de interés, A dry white season (1989), Un novato en la mafia (The freshman; 1990) y Don Juan de Marcos (1996).

* Crítico de cine  
.


---
Brando: El rey sin sus dominios