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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 17 DE JULIO DE 2004
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Artefactoría del color

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Arnulfo AgËero*

El cuadro El Bohemio es una abstracción con cierto grado de figuración que discursa una alegoría de la tragedia y el disfrute del placer nocturno. Su otra obra Modesto Buscaniguas, alude al mismo tema hedonista de Baco, y es una pintura mixta: óleo y collage de papel. Líneas blancas, es una de esas obras que alude a artefactos electrónicos desechables. Instalaciones, es otra de sus realizaciones alusivas al trabajo conceptual, visual, objetual o de instalaciones. En estas obras — como en las anteriores muestras — se pueden apreciar trastes, hilos colgantes, ruedas, latas viejas, chatarras de carros y aviones, cerebros, tótem, e insectos; pero con la diferencia de que son pintadas y con alto nivel técnico en la aplicación del color y la luz.

Todos estos “calaches” salen de su mente y no representan o parten precisamente de una realidad como tal, sino que son reelaborados en su imaginario conceptual, que muchas veces vienen de sus sueños. La obra El petate, es producto de este juego del subconsciente donde se expresan las descargas de los miedos humanos, y los temores ante el vacío. Sobre este ejercicio del pintar sus “calaches o chunches” no tienen la idea de atacar la ruta tradicional e institucionalizada de las bienales de la Fundación Ortiz-Gurdián, que muchos otros jóvenes están siguiendo de la mano de la matrona de la expresión alternativa, Patricia Belli. En otras palabras, son “instalaciones al óleo sobre lienzo”, y que ha denominado ingeniosamente: Artefactoría del color.

La pintura se puede renovar con las nuevas corrientes del pensamiento, pero dentro de la pintura misma, es lo que nos afirma y plantea como contrapropuesta, el joven pintor Javier Valle-Pérez, (ganador del Primer Premio de Pintura Alonso Rochi-2003, del BCN), cuando le preguntamos sobre el ejercicio de su exploración pictórica y planteamiento plástico. “La gente dice que la pintura está desfasada”, cita. Luego replica él mismo que no es así; que él se ha apropiado de algunos conceptos teóricos y visuales de las instalaciones, la fotografía y el vídeo y los ha aplicado desde su propio universo pictórico, onírico y fantástico. Valle-Pérez cree que no hay que interpretar de manera tajante lo nuevo o lo viejo —“contemporáneo o académico”— sino retomar lo mejor de ellos y dejar su aporte desde sus propias realidades. Estas experiencias y búsquedas, las ha concebido después de años de maduración, en esta cuarta exposición como su Artefactoría del color.

Para soportar lo antes dicho, definido por él mismo como su contrapropuesta, nos recuerda que su serie de obras que llamó Luna, que si bien es cierto es abstracta — figurativa, en la aplicación del color — se apropió de los conocimientos de color, de la luz, volumen y tridimensionalidad propios de la escuela clásica.

La variante es que las figuras van frotadas y tratadas con los dedos, como en muchas otras. El pincel es poco usado. Otra cosa que afirma no temer es a las influencias. Le ha llamado mucho la atención la creación del chileno Roberto Matta. Las pinturas del chileno están pobladas de extraños autómatas híbridos, al igual que de insectos.

Joan Miró, también le atrae porque sus conceptos son extraídos del reino de la memoria y del subconsciente con gran poder de fantasía e inventiva. Valle-Pérez por su parte hace lo suyo pero dentro de una nueva realidad, su realidad urgada desde la geografía de su mundo onírico revitalizado por las muchas ideas de las nuevas corrientes artísticas.

Su visión no escapa a las imágenes distorsionadas, retorcidas, flotantes. Extrañas construcciones geométricas, muchas de ellas verdaderas odas al miedo, al misterio, a lo desconocido. La composición de sus obras se organiza sobre fondos planos degradados contrastando con una gama ilimitada de colores brillantes, que dan cuerpo a las formas amorfas y figuras orgánicas no identificables.

La renovación es parte de su lema diario. Baste recordar sus anteriores muestras personales: Configuraciones inesperadas, Conflagraciones y Entre el cielo y la tierra. Todas han sido parte de un mismo ejercicio continuado y en permanente maduración, a como presenta esta colección que ha denominado estéticamente Artefactoría del color, que es como su graduación de lo que podemos catalogar como su período de identidad sintetizada.

Hace diez años sus colores eran más planos. En su segunda muestra el color rojo y el movimiento dio sus segundos pasos. La tercera y cuarta confirmó su camino, su estilo, y en esta última es tomado muy en cuenta su cuerpo conceptual. “La rebeldía del color es una esencia que debemos de tener los artistas dentro de la obra”, por tal razón, afima que no se ha quedado en esta fase anterior sino que ha utilizado vigorosamente nuevos tonos entre los que sobresalen los ocres, naranjas, verdes, los cuales van de fondo y no como tonos complementarios.

Plasmar lo que nadie ve es para él la fotografía del arte abstracto. “La fotografía, el vídeo, la instalación, puedo verlas como obras abstractas; en mi caso sólo están en mi mente, y éstas se materializan hasta que las saco y las pinto; entonces ésas son las obras de la Artefactoría del color”, expresa Valle-Pérez sobre este nuevo concepto de la estética del arte de “pintar instalaciones” con ideas más presentes y audaces, donde se valora lo mejor de todos los tiempos.

En este sentido, Valle-Pérez sobrevalora más el arte de pintar, que el hacer del arte pictórico, una expresión de lo matérico u objetual, aunque no menosprecia lo mejor de esta expresión, principalmente aquélla que ha dejado aportes teóricos a la cultura universal.

* Crítico de arte  
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Artefactoría del color


–Un paraguayo universal Augusto Roa Bastos