Una voz que narra
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 | A propósito del libro de cuentos de Julián Elizama González Suárez |
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Alejandro Bravo*
Como H.P. Lovecraft inventó la costera ciudad de Innsmouth, para llenarla de seres preternaturales o Faulkner, que inventó un mítico condado de Yoknapatawpha donde el sur de los Estados Unidos añora sus glorias y rumia su derrota frente al norte en la Guerra de Secesión en la saga de una familia venida a menos.
Más cerca de nosotros, así como García Márquez parió a Macondo como daguerrotipo de todos los pueblos olvidados de América Latina, Julián González inventa su Quipor, que por la referencia a la invasión de Olama y Mollejones, deducir debemos que queda entre los departamentos de Boaco y Chontales de Nicaragua.
Julián no es ningún novicio. Sus cuentos se han publicado en los suplementos culturales del país. Es un crítico literario que ejerce su oficio destructivo consigo mismo y con tanto rigor, que esas pequeñas piezas narrativas que resisten la corrosión de su examen, son bien pulimentadas joyas. Escritas con lenguaje coloquial, del que se habla en los buses, con los que se escriben las pintas políticas, los seres humanos comunes y corrientes, desempleados o subempleados, que animan con sus gritos de ¡Viva Zutano! O ¡Muera Fulano!, la vida política nacional.
Julián nos anuncia que sus cuentos no son producto de la ficción, sino son realidad pura. Pero como suele pasar en estos parajes, la realidad supera a la ficción y se desboca lo real-maravilloso en cuatro páginas de lenguaje coloquial con el narrador metido hasta las narices en la acción del cuento. Así, en un símil entre la guerra y el amor, los aviones de combate de la dictadura pasan atacando en vuelo rasante la ciudad de Quipor, mientras Rayli Anderson y Amanda Sánchez “combaten” en un colchón de hojas secas. Mil imágenes en un párrafo, se desborda la imaginación del lector, lo sienten más vívidamente aquéllos a quienes tocó vivir la pesadilla de la guerra.
Este libro de Julián, que pudo, según se confiesa en sus palabras de presentación, tener varios títulos, es un aporte a la narrativa nacional, tan necesitada de ello. Luego de ser la hermana pobre de la literatura, frente a la riqueza de la poesía, la narrativa ha pasado a la ofensiva y ha cosechado importantes logros. Pero no hay que quedarse con los laureles en la mano y voces frescas, como la de Julián, que vienen a alentarnos a los que ya escribíamos, a producir más y mejor. A vernos en el espejo de su bien pulimentados cuentos y a trabajar mejor los nuestros.
El libro es un banquete para el lector. No es demasiado condimentado, ni de difícil preparación, no requiere de ingredientes exóticos. Cada cuento es un plato distinto, con su propio sabor. Hay historias de amor, trozos de vida de jóvenes clandestinos quienes combatieron a la dictadura, y algo de autobiografía. En todos los cuentos hay un incesante roce de la vida y la muerte. O es la muerte la que ronda a los personajes o la vida de los mismos vivida a tope, siempre al filo de la muerte y a veces ésta, en una detonación de una escopeta calibre dieciséis de doble cañón, gana la partida. De pronto es una anciana inverosímil, actora de todas las guerras del siglo XX, desde sargenta o de Zelaya, soldada o de Pedrón, hasta combatiente insurreccional, o es el mismo Julián con trozos de su vida (real o supuesta) pero siempre todo relato al filo de la muerte. El autor logra con maestría transformar anécdotas en piezas literarias. Y es que la anécdota es sabrosa en la conversa, puntual visitante de mesas de tragos, alegra el momento o lleva suspenso a los oyentes según sea el tema. Hay gente que las sabe contar muy bien y son el alma de fiestas o velatorios. Transformar ese trozo de vida, pieza de literatura oral en literatura escrita, es un acto heroico. No todos lo logran, pues no hay que excederse mucho en la escritura e imprimirle a la palabra el dinamismo de la oralidad. Julián lo logra, siempre al filo de la muerte sus relatos.
El gran personaje de su libro es la ciudad de Quipor. Ella es la omnisciente, ella está siempre presente en las vidas de los personajes que viven en los cinturones de miseria de la capital y se bajan de un destartalado bus de la ruta ciento trece con un montón de periódicos viejos en las manos. Quipor conoce sus más recónditos pensamientos, es refugio seguro de los perseguidos, la ciudad es quien conoce la trama secreta de los cuentos y no el autor, ella es la meta autora. Está más allá de Julián pues, Julián mismo es obra suya. Quipor sabe cómo será el desenlace pues en sus calles y sus casas se inició la trama. Cuando esta obra salga de las prensas y la editorial haga la fiesta de presentación de rigor, quisiera sentarme con Julián en una desvencijada mesa de una cantina de Quipor a tomarme con él unas “bichas” y hablar de los cuentos de este libro, de sus personajes muertos y enterarme en qué pararon los que quedaron vivos. Tal vez así mi sedentaria vida se transforme en algo turbulento digno de ser vivido por un quiporeño, siempre al filo de la muerte.
* Narrador 
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