MIéRCOLES 14 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23510 / ACTUALIZADA 1:22 am





EL HUMOR DE




El laberinto liberal, ¿tendrá una salida?

Emilio Álvarez Montalván*

El problema básico de los partidos caudillistas es que no se atreven a reemplazar al líder máximo cuando comete errores graves. Consideran que apartarlos es un delito de "lesa majestad", pérdida de protección o ingratitud imperdonable. Y los consideran irremplazables para asegurar el mantenimiento del status quo. Esas actitudes complacientes llevan a los partidos a estrellarse con la realidad, cuando es tarde. Esa inamovilidad de los caudillos era fácil conseguirla cuando fungían también como dictadores. Ahora es otra cosa.

Hay casos que ilustran. Por ejemplo, Emiliano Chamorro fue como caudillo la pieza más importante del conservatismo. No obstante, a la altura de l969 había acumulado tantos traspiés políticos que resultaba urgente apartarlo, aunque nadie osaba procurarlo. Sin embargo, frente al descrédito del Pacto de los Generales (1950) y el fracaso de la invasión de Olama y Mollejones (1959) hubo un grupo de militantes conservadores que se atrevió a plantearle a Chamorro la crisis del conservatismo, proponiéndole que convocase y asistiese a un seminario ( 1965) para analizar la crisis y formular recomendaciones. Los promotores de esa idea fueron Luis Pasos Argüello, José Joaquín Cuadra, Aquileo Venerio, Fernando Agüero y quien esto escribe. Terminada la "encerrona" le comunicamos a don Emiliano la conclusión, que era abstenerse el caudillo de influir en la convención extraordinaria convocada para elegir a las nuevas autoridades del PC.

Fue entonces que Chamorro preguntó: "¿quieren decir que debo hacerme el hara-kiri político para que el conservatismo se recupere? Le contestamos con respeto: "así nos parece", a lo que replicó: "pues los dejaré en libertad para que procedan, porque me duele más mi partido que mi persona". Cumplió su palabra al punto que cuando los convencionales, como era tradición, le preguntaban su preferencia, él contestaba: "use su criterio". Así surgió con mucha fuerza un movimiento renovador alrededor de los nuevos directivos, con la "tolerancia" del dos veces Presidente de la República. Dejado sin tutela, el conservatismo escogió democráticamente a nuevos dirigentes, seleccionando a Fernando Agüero como nuevo "primus inter pares", por considerarlo de mayor popularidad. En efecto las concentraciones en todo el país demostraron que el conservatismo había recuperado la confianza de la ciudadanía. Si no se pudo rematar ese esfuerzo concurriendo a elecciones generales, fue porque no se logró conseguir garantías de libertad. Más recientemente, el liberalismo estaba desprestigiado en 1989 por su somocismo. Sin embargo, cuando se abrió el juego democrático en 1990, cuatro dirigentes se dedicaron a resucitar al PLC. Ellos no reivindicaron a la dictadura, ni lucharon entre sí por el liderato. Este fue reconocido al surgir un conductor con gran poder de convocatoria. Pero una vez más el nuevo líder supremo en el poder empezó a equivocarse reiteradamente, hasta que la rueda de la vida lo atrapó. Eso obliga a los liberales a hablarle claro, para que voluntariamente suelte a sus devotos haciéndose a una lado para que el partido exprese su fuerza. Hay esta vez una ventaja, y es que cinco aspirantes, con méritos para ello, pretenden llenar ese vacío: Wilfredo Navarro, Eduardo Montealegre, Francisco Xavier Aguirre Sacasa, José AntonioAlvarado y José Rizo. Lo lógico es que se junten para apoyar coordinadamente las candidaturas del PLC a las alcaldías. Después vendrá la escogencia del nuevo conductor en base a la actividad y entusiasmo que despierte en la clientela partidaria.

Lo anterior presupone que aquellos cinco activistas de alto nivel dediquen tiempo completo a la tarea, renunciando a puestos funcionarios. Esta unidad en acción de personas importantes daría al país más tranquilidad. Debe contarse, sin embargo, con que tanto el presidente Bolaños como el doctor Alemán respalden esa entente de trabajo con escogencias ya confirmadas por el CEN. Es esencial dejar que el grupo de los cinco se desenvuelva con independencia y sin obstáculo. Aún más, habría que escoger un comité de ética para garantizar transparencia. A don Enrique ese plan le proporcionaría una dosis de gobernabilidad. Mientras, el doctor Alemán no tendría nada mejor que un PLC robusto, vencedor en noviembre. Es verdad que el liberalismo nicaragüense está enredado por ahora, pero tiene un hilo de Ariadna que lo sacaría de la trampa y ese es el proceso de democratización interna del Partido Liberal Constitucionalista.

* El autor es analista político
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