MARTES 13 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23509 / ACTUALIZADA 12:33 am





EL HUMOR DE




Algunas lecciones de la educación superior en Estados Unidos

Humberto Belli Pereira*

Ahora que estamos en vísperas de una discusión nacional sobre el futuro de nuestra educación superior, puede ser oportuno examinar experiencias positivas de otros países. La apertura para aprender de los mejores es una de las claves del éxito. Los países del Sudeste Asiático que obtuvieron los mejores índices de crecimiento en el siglo XX, lograron su despegue imitando a Occidente sin pena ni prejuicios nacionalistas.

Lo que propongo es que examinemos algunas características del sistema de educación superior norteamericano, con el objetivo de reflexionar sobre aquellos aspectos que podrían adaptarse creativamente a nuestro entorno. Parto de la afirmación de que el sistema de educación norteamericano es el mejor del mundo. Este hecho lo demuestran, en parte, los porcentajes extraordinariamente altos de estudiantes extranjeros que lo buscan, incluyendo muchos que provienen de los países más desarrollados, y el papel de vanguardia en el pensamiento científico que ostentan las universidades gringas. Para muestra un botón: en toda su historia América Latina ha logrado obtener trece premios Nobel, cinco de ellos en ciencias. Pero sólo el profesorado de la Universidad de Chicago ha obtenido 76.

Podría alegarse que la causa de semejante contraste es un asunto de recursos. Pero para hacer buena economía, filosofía o sociología, no se requieren equipos costosos sino rigor intelectual. Chicago lleva nueve premios Nobel en economía, mientras que nuestra región Iberoamericana ninguno. Países como Japón, España, Francia y Alemania, que tienen ingresos muy altos, están lejos de igualar el prodigio investigativo norteamericano. Esto no quiere decir que el factor recursos no sea importante. Lo es y mucho. Pero hay otros factores que entran en la fórmula y que influyen poderosamente en el éxito del sistema.

Uno de estos factores es la forma en que los norteamericanos financian su educación superior. En lugar de orientar todos sus recursos al financiamiento directo de algunas universidades, gran parte de los fondos van a los estudiantes en forma de becas y préstamos blandos que los facultan a elegir la universidad de su preferencia, sea ésta privada o pública. Un primer efecto de este sistema es que fomenta la competencia entre las universidades. Nada conspira más contra la calidad de cualquier institución o empresa que disponer de fondos presupuestarios asegurados, independientemente de la eficiencia con que los usen. Un segundo efecto, de mucha equidad social, es que el sistema faculta a los estudiantes pobres pero talentosos a optar por las mejores universidades. Ya no están condenados a estudiar en las peores universidades públicas. El tercer efecto es que al tener que pagar, al menos parte de su educación, el estudiante adquiere una actitud más responsable y exigente ante la enseñanza, y que cuando repaga sus préstamos contribuye a financiar a las nuevas generaciones.

Otro factor del éxito del sistema norteamericano es la exigencia de acreditación, o de estándares mínimos, que las instituciones de educación superior deben satisfacer a fin de poder otorgar diplomas. En Estados Unidos las universidades establecen mecanismos de mutua evaluación múltiple que dictaminan su buen o mal funcionamiento y que permiten clasificar a las universidades por su rendimiento académico. Igual que la competencia, la transparencia y la rendición de cuentas públicas que este sistema implica fomentan la excelencia y castigan la mediocridad.

Otro factor también importante en la buena educación que brindan las universidades del Norte es la flexibilidad de su currículo, con su mezcla de clases electivas y obligatorias, y el sistema que se conoce como “Liberal Arts” que no es más que la exigencia de que todos los estudiantes, independientemente de la profesión que elijan, deben tomar un mínimo de cursos en todas las áreas del saber: ciencias, humanidades y matemáticas. Esto contribuye a que el estudiante adquiera una formación más redondeada que lo faculta a adaptarse mejor a los cambios y a saber relacionar y aprender el resto de su vida.

El currículo americano se caracteriza por su énfasis en el trabajo investigativo y en la discusión. No privilegia la memorización, como el sistema latino, sino el escribir ensayos o artículos originales, el consultar con muchas fuentes, y el debatir en clase.

¿Se pueden extrapolar estas características a nuestra realidad? Definitivamente, siempre y cuando no nos afanemos por mantener el sistema actual de enseñanza masificada (Este tema habrá de abordarse en otra oportunidad). Si concentramos nuestros recursos en aquéllos comprometidos con aprovecharlos podríamos emular al sistema norteamericano. Nuestras universidades tendrían que contentarse con una relación maestro alumno que deberá ser el doble o triple de la norteamericana (40 a 1 en lugar de 20 a 1), y con laboratorios menos sofisticados. Pero aún con esas limitaciones darían un salto en calidad, espectacular.

* El autor es rector de Ave Maria College of the Americas.
President@avemaria.edu.ni

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