¿Es bueno tener empatía?
Ernesto González Valdés ernesto-gonzalez@laprensa.com.ni
No recuerdo la vez que la escuché, creo que en un postgrado.
¿Empatía? Terminada la clase, recurrí a mi amigo el diccionario y la encontré: Proviene del término griego empatheia que significa sentir dentro, facultad para comprender las emociones y sentimientos de los otros.
¿Cómo se manifiesta? Tal vez lo hemos visto y no lo sabemos hasta ese momento.
Es el caso cuando un niño sobre todo los de recién ingreso a la escuela primaria o pre-escolar. Se pone a llorar y otro lo imita casi inmediatamente o cuando la risa se contagia.
La multiplicación del hecho puede llegar a identificarse como una manifestación de solidaridad.
Se plantea que a medida que crecemos, la empatía va modificando su forma de manifestación: En la primera infancia es una empatía más física, imitativa en el sentido corporal.
A partir de los cinco o seis años el niño muestra una empatía más madura capaz de responder al estado emocional de otra persona porque ha desarrollado un modelo interno de sentimientos que podrá usar para comprender a los demás.
Entre los diez y doce años aparece la empatía abstracta o social.
El interés por grupos desfavorecidos o marginales puede determinar su colaboración en actos caritativos o altruistas.
¿Cómo lograr la empatía en nuestra familia? Una vez más, siendo nosotros los padres ejemplos de una conducta empática.
Sobre todo, en los momentos en los que las relaciones con los hijos se hacen difíciles, por ejemplo: “… el profesor me aplazó…” diría el hijo (poco crítico), “…realmente, no estudiaste lo suficiente…” diría el padre (exigente), pero lo que está claro es que ha surgido un conflicto y que este enfrentamiento entre las partes, a menudo lleva a la tensión y a la ruptura, aunque sea momentánea, de la relación.
Indiscutiblemente que la disminución de la “tensión” lo resolverá la comunicación, sobre la base del esclarecimiento imparcial, inclusive de localizar al tercer actor (el/la docente).
Esto nos permitirá comprender realmente qué es lo que le sucede a nuestro hijo, al margen de que estemos o no de acuerdo o de que aprobemos o no sus acciones.
Después ya resolveremos lo que haya que resolver. Primero hemos de ser capaces de sentir cómo se siente él, ponernos en su lugar e intentar comprender por qué ha actuado o ha hablado como lo ha hecho.
Es importante siempre iniciar con los más pequeñines. ¿Cómo? Alimentando nuestra amabilidad, el respeto y la colaboración, alabando sus iniciativas.
De lograrlo, garantizaremos que estamos cubriendo las dos áreas principales de incidencia de la empatía: la que tiene que ver con la respuesta emocional ante la alegría, la tristeza o el dolor de los demás y la que se relaciona con la respuesta cognoscitiva que mueve a la persona a actuar apoyando o ayudando a otros cuando lo necesitan.

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