El cristiano que cumple
Douglas Carcache
El sacerdote Oswaldo Tijerino le decía a sus fieles hace unos días que los cristianos tienen que ser cumplidos en sus labores, dar calidad y ser puntuales, porque de nada sirve ir todos los días a misa si después, en el trabajo, hacen mal las cosas y nunca entregan a tiempo las obras.
Parece que al sacerdote Tijerino le han quedado mal los carpinteros o las costureras que ha buscado para las obras de su parroquia en Managua, pero en realidad los nicaragüenses en general tenemos problemas con la calidad, como asalariados o como negociantes.
Tengo la impresión de que a veces anteponemos la ganancia antes que la preservación del cliente; queremos ganar mucho ya, sin importarnos que no vuelva ese cliente al que hoy cobramos en exceso o atendimos mal, cuando tal vez sería mejor tener ese cliente llegando de forma constante, por mucho tiempo, satisfecho por un cobro justo y una calidad superior del servicio.
Ahora que se avecina la apertura comercial entre Centroamérica y Estados Unidos (Cafta), el problema de la calidad tiene preocupados a los funcionarios del gobierno y a los representantes de los gremios de Nicaragua, porque el Estado carece de mecanismos suficientes para certificar la calidad de los productos nacionales que tratarán de conseguir mercados en Norteamérica.
Un funcionario del Ministerio de Fomento, Industria y Comercio (Mific), señalaba la semana pasada que la estructura administrativa y técnica, para garantizar la calidad de los productos exportables, “está muy débil”.
Dos días antes un ministro había denunciado que tres industrias nicaragüenses, de productos lácteos, habían hecho trampas con certificados de exportación hacia El Salvador. Este comportamiento es tan criticable como el del carpintero que se compromete a entregar el mueble tal día y no lo hace por desidia, o lo entrega con una calidad inferior a lo prometido.
La búsqueda de la calidad, en cualquier actividad productiva o de servicio, surge de una norma cultural, de una actitud, antes que del acceso a créditos o tecnologías novedosas, porque a veces culpamos a la computadora de lo que no logramos por falta de un esfuerzo o interés nuestro, como creadores o productores.
Por eso vemos cómo algunos propietarios de restaurantes cobran, sin sonrojarse, un 10 por ciento más al cliente, por propina que incluyen en la factura, para complementar el salario de sus empleados. O sea que el cliente paga lo que se come y parte del salario de quienes lo cocinaron y se lo sirvieron, aunque se lo hayan llevado de mala gana o haciéndole esperar hasta una hora.
Ese comentario del sacerdote de la Iglesia Pío X, me hace pensar que los cristianos deben preocuparse más por las acciones cotidianas, como la eficiencia laboral o la iniciativa empresarial honesta, porque a veces se cree que ser cristiano consiste nada más en rezar y pedir perdón por los pecados, para no ir después al infierno. ¡Qué más infierno que la quiebra de un ineficiente!

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