Encuentros con Borges
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 | Un recorrido por la personalidad de los Borges que
habitaban otros Borges, esa bella contradicción que el poeta describe y que los lectores van descubriendo |
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El presidente francés, Francois Mitterrand, nombra en 1983 comendador de la Legión de honor a Jorge Luis Borges. |
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Julio Ortega*
1 Borges recibe la noticia de que el hijo de un amigo suyo ha muerto. Le pide a su asistente redactar unas líneas de condolencia para que él las firme, pero la muchacha duda sobre las palabras justas. Borges le dicta dos líneas, pero las descarta enseguida. Las encuentra injustas, dice. Me ofrezco a redactar algo menos obvio: un poema de condolencia borgiano. Es cierto que Borges no ha escrito nunca un poema así pero también que en su poesía están todos los elementos (como en un diccionario) para escribirlo. A él le gusta la idea y me pide, curioso, seguir adelante. Escribo la primera estrofa: es directa, sencilla; menciona la luna, que el padre mira, y la noche que lo rodea: aunque periódicas, y algo simétricas, ambas son únicas ahora. Luego, el poema habla del hijo muerto; entre los árboles de la colina, dormido. Los versos son de nueve sílabas. Leo y releo el poema, y lo encuentro sobrio, enumerativo; la tragedia no está declarada, la dice mejor el mundo. Pero al final, el poema cambia: vuelvo a leer, memorizando el juego de palabras: boca, mudo, música... La música muda de la boca, o mejor: de este mundo nos quedan las palabras, su música. Ya no es un poema borgiano: lo repito con los ojos cerrados, antes que desaparezca.
2 Esa mañana de febrero del 82, en que desayunamos en su hotel, una llamada urgente lo siguió de la recepción al restaurante; la tomó, trastabillando un poco, de la mano de María Kodama, junto a la cajera. Balbucía Borges, asintiendo, pero le pasó el teléfono a María, quien escuchó, abrumada; una señora tejana, me dijo, demandaba que Borges conociera a su hijo y leyera sus poemas. No había lugar para otra cita, pero María aceptó que el encuentro se produjera en el aeropuerto, poco antes de partir, pasado mañana.
3 El dios que creó esa luna es el mismo que me habita. Los dioses me niegan la luna que esta noche deshabita. La luna que me quitan duerme en la colina esta noche deshabitada; los árboles lloran como ángeles sin oficio. El tiempo es esta luna derivada, entre dos cielos sucesivos: el mío es oscuro, y el otro, tuyo, me sueña soñado. Soy el padre que imaginó la música del mundo en la voz que lo nombraba habitado: no la mudez que comprobó a la deriva de un dios feroz, de la noche desalojado. Esta luna es todo lo que me queda de la noche que me quitan; terminaron las voces de la espera; los pájaros sin nombre gritan.
Ninguna de estas aproximaciones es fiel al poema dictado por el sueño. En el diccionario borgiano la poesía nombra con un rumor neutro, como un río tranquilo del otoño maduro. Esa elocución interior que discurre en los versos, es una forma superior de recordar: vamos con la plenitud de las cosas hacia el río de la lengua, de aguas plateadas y riberas rojizas, quemadas por la hojarasca del otoño profundo. El poema ya no es de Borges: se expande en los versos que se despliegan en palabras que a su vez se desgranan en sílabas claras, serenas; y este discurrir es una articulación sonora y flexible, que nos incluye.
4 Fui con Borges y María a su antiguo despacho en la universidad: una de las oficinas del segundo piso de Batts Hall, cuyas ventanas dan al campus central. Borges quería reconocer los lugares donde había estado hacía veinte años, lo que, en su caso, era un ejercicio de la memoria. Se sentó en la silla del escritorio y probó su comodidad, divertido; pasó la mano derecha, una mano grande y tímida, sobre la madera, queriendo recordar su textura. “Es liviana”, dijo, y “¿de qué color es?”, preguntó. María respondió que un arena dorado, yo que sepia claro. Es un objeto platónico, dije: “un arquetipo”, asintió Borges. La oficina era ahora de un profesor de literatura germánica, y los voluminosos tomos de filología cubrían los estantes; se lo advertí a Borges: son libros en alemán indudable, dije: “peor sería si fuesen libros irreparablemente alemanes”, bromeó; y se corrigió en seguida: “le debo mucho al alemán”, y empezó a recitar un poema de Goethe. “Liviano” era una palabra que entonces le resultaba justa: casi todo lo bueno era liviano. En otro momento, charlando en una sala, me pasó su bastón: “vea qué liviano”, dijo. Pero lo liviano no era sólo el peso o la suavidad del objeto sino la adecuación de su idea y su nombre. Creí entender que lo liviano es aquello que la palabra rescata del espesor indistinto y dramático del mundo. Esperábamos por el fotógrafo de algún diario, y viendo que tenía el nudo de la corbata desajustado, se lo dije, y lo arreglé. La corbata no era un objeto liviano. Era una costumbre. En el delgado diccionario borgiano lo liviano, lo leve, designan la textura interna de las cosas: los nombres son la materia ganada al mundo. Por eso, el nombre en este diccionario de los idiomas es la inteligencia de su objeto.
5 Esa nostalgia del nombre puro, del nombre como la estructura transparente del objeto pleno, como una espiga clásica; esa diferenciación de los frutos más livianos del habla, como flores encendidas por su tintura linfática; esa teoría del peso de las cosas en la balanza del idioma, donde los valores no son de economía o precisión sino de identificación; alimentan el diccionario de la poesía de las cosas, de donde brota el hilo de la memoria, la red anudada por el habla.
6 El motivo del hijo muerto está ausente de la poesía borgiana. Talvez pensó que los hijos pertenecen a la vida, no a la muerte; y que un hijo, como en su propio caso, lo es para siempre. De muchacho, Borges vivió la extraordinaria amistad de su padre, que fue una suerte de anarquista teórico o al menos así prefirió recordarlo él; su muerte lo dejó desconcertado, solo en la calle de los hombres donde los compadritos de barrio modesto eran ya personajes de una época heroica de sus primeros relatos. Ese pequeño submundo patriarcal y oral pronto fue sustituido por los acertijos del tiempo, la arbitrariedad del amor, los libros reescritos. La madre se ocupó de la casa y de su vida, casi para siempre. La ceguera, pronto, lo liberó del mundo y le perfeccionó el lenguaje.
En cambio, Borges sí fue inquietado por la idea del Gólem, según la cual el padre de la criatura, en lugar de engendrarla (la cópula como los espejos es repugnante porque multiplica a los hombres, escribió), la idea en el laboratorio alquímico, en la página recóndita, en la metafísica judía. Esta criatura es menos que un hijo y más que un monstruo: hecho sin habla, contradice el orden natural del lenguaje; y, por lo mismo, es un acto blasfemo contra la ley.
Más tarde, Borges soñó que era su propio hijo, o más bien el padre de sí mismo. Ya viejo y repetido, se encontró en el sueño con el joven Borges. Al parecer, nunca estuvo ciego en sus sueños: todo lo volvía a ver. Y se vio joven otra vez; y el joven se vio anciano y vagamente irreal. El joven quería ser Borges, y Borges quería ser el joven para dejar de ser él mismo. En ese instante, en esa página, hablan en la banca de un parque invernal, y saben que el tiempo es un milagro.
7 Lo primero que hizo Whitman esa mañana del verano tejano fue matar a su madre. Salió en seguida, loco y armado, y nadie sospechó de él cuando subió los treinta pisos de la torre de la universidad de Texas, en Austin, hasta el cuartito del reloj, arriba; apertrechado allí, dominaba toda la extensión del campus y buena parte de la avenida Guadalupe. Empezó a disparar. Borges, me cuentan, pidió que lo llevaran a la torre y subió en el ascensor hasta el piso más alto. Quiso sentir el tiempo del asesino dirigiéndose a su guarida. El cuarto del reloj había sido clausurado por las autoridades de la universidad para evitar algún nuevo culto local, pero el reloj de la torre seguía dando la hora musicalmente; tanto las campanadas como la música eran grabaciones que unos parlantes propagaban. Antes de regresar, Borges tocó con ambas manos las puertas y paredes del cuartucho, y dijo: “Pensar que se llamaba Whitman”.
8 Luis Loayza, en Ginebra, me llevó a conocer el colegio donde Borges había estudiado durante los primeros años de la primera gran guerra. Borges había dicho que en Ginebra no hay dos esquinas iguales, y esa hipérbole posiblemente se basaba en el recorrido a su colegio (esos recorridos suelen ser verdaderas travesías) que se levanta en una intersección de colinas, y puede dar la impresión de una de esas calles barrocas del cine mudo alemán.
Cuando le conté de ese paseo, Borges se animó, y empezó a enumerar Ginebra, una de sus ciudades favoritas, donde eligió morir. Vivía en la memoria, que no era el pasado sino el espacio de un presente dilatado: vivía en la actualidad de toda su vida. No le conté, en cambio, que en otra visita conocí la plaza ginebrina de amueblados donde una noche lo llevó su padre para iniciarlo en la vida adulta. El padre pagó por los servicios de una prostituta, y esperó tras las puertas. El joven tímido se inició, más bien, en la agonía de la sexualidad. Vivió toda su vida enamorado y hubo siempre una mujer cerca de él. Pero casi al final de su vida llegó a una conclusión estoica: no fui feliz, dijo.
9 De los postes del alumbrado en el campus: Estas son las únicas lunas que se le escaparon a Lugones. De Cien años de soledad: Me dicen que es una novela que dura cien años. De Merlín, que olvidó las llaves de una oficina: Qué raro, un Merlín que necesita llave. ¿La peor metáfora de la poesía Argentina?: “Florero con plumas”, llamó el poeta a un canario. Nombre favorito de calle bonaerense: Calle de los Hermanos Jiménez. De Whitman: Creyó que ser feliz era su obligación de norteamericano. ¿La mejor poeta?: Emily Dickinson. Del éxito de la novela latinoamericana: Es incomprensible porque no tenemos nada comparable a la novela rusa. De María Kodama: Sus cuentos fantásticos son mejores que los míos. De Joyce: Fue un magnifico poeta, por su sentido de la música. Del amor: Sí. De Borges y yo: Hay demasiados Borges: Tal vez usted está hablando con un tercer o cuarto Borges.
(Fragmento) * Catedrático y escritor 
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