Conjunciones borgeanas
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 | En la poesía de Ernesto Mejía Sánchez |
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Ezequiel D’León Masís*
Hay escritores que logran rebasar la aparente contradicción entre vitalismo y culturalismo, sobre todo en el sentido en que sus obras son el testimonio directo de experiencias vitales frente a los asuntos estéticos. Esa cualidad podría ser la principal actitud coincidente en Jorge Luis Borges (1899-1986) y Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), aunque podría ser, al mismo tiempo, la causa por la que el segundo es uno de los poetas menos explorados por la crítica literaria en Nicaragua.
Estos dos autores superan el mero “culto a lo cultural”, ya que en sus obras las referencias culturalistas se hallan justificadas de manera suficiente: citas, menciones eruditas, apropiaciones y calcos bibliográficos que —antes de ser hijos de la gratuidad— poseen la función de convertir al texto en un ente verbal cerrado en sí mismo y abierto a las posibilidades mentales del lector.
Paralelamente, la poesía de Mejía y en las narraciones, poemas y ensayos de Borges, en los cuales subyace una aguda percepción poética de las cosas. No se trata sólo del empleo de imágenes ingeniosas, sino de una lógica que contrapone perspectivas y rumbos semánticos de lo que, a primera vista, consideramos insignificante o poco esencial.
Otro elemento recíproco es el laconismo y la minuciosidad de la expresión. Tanto en el caso de Mejía como en el de Borges, este rasgo característico proviene, en buena medida, de la asimilación del estilo conceptista de Francisco de Quevedo y Villegas.
Al menos, yo no dudo que un punto de contacto para ambos se localice en la figura misma de Quevedo, reconocida en cuanto que símbolo personificado de la pasión y la maestría esteticista. Mejía escribió Homenaje a Quevedo, un poema en verso en el que —desde la visibilidad de la poesía hispanoamericana del siglo XX— se lleva a cabo una peregrinación hacia el conceptismo barroco; ahí aparecen alusiones a Luis Cernuda, Alfonso Reyes, Pablo Neruda, el propio Borges y otros herederos quevedianos. Borges, a su vez, tiene aquel íntimo soneto titulado A un viejo poeta, con dedicatoria implícita a Quevedo.
No está de más observar que Homenaje a Quevedo y A un viejo poeta finalizan con un enlace intertextual idéntico, relacionado con un endecasílabo de Quevedo que se encuentra dentro del soneto Memoria inmortal de don Pedro Girón, Duque de Osuna, muerto en la prisión. El verso en mención es: “…y su epitafio la sangrienta luna”. Borges solía admirar ese verso afirmando que su eficacia no estaba en el contenido como sí en el goce lingüístico que propiciaba (1).
De modo, pues, que hay un innegable parentesco de actitudes: estética vital, visión poética del mundo, nexos quevedianos. Pero, en un rango similar, también está una destreza lúdica basada casi siempre en lo irónico. Mientras en Borges los frutos de la ironía socorren a la ficción y sus artificios, en Mejía la ironía se proyecta a favor de lo que la voz poemática, en primera persona, presume como real.
Es fácil rastrear, por otro lado, la clara recurrencia de Mejía respecto de ciertas obsesiones del Borges legendario; recurrencia que, si bien se inicia en la reinvención de paradigmas temáticos, enseguida pasa por la refutación literaria hasta desembocar en la mofa intelectual. A continuación, reseño algunas de estas conjunciones borgeanas y anti-borgeanas.
En un poema que es un sueño, El otro tigre, Borges aspiró al hallazgo de un tigre que fuera “un sistema de palabras humanas y no el tigre vertebrado”(2). Mejía parece haber creado ese “tercer tigre” con su prosema El tigre en los ojos, donde aglomera una enunciación múltiple en consonancia con diferentes fuentes: “El tigre en la casa, el tigre en la historia natural y moral, tigres de Blake, de Borges, de Roy Campbell, de Lizalde. Tigre del tigre”(3). Para Borges el tigre resulta ser una criatura que habita insospechados jardines mitológicos, para Mejía es, tan sólo, un punto de partida, una imagen visual que se intenta redefinir o recrear.
En Los puñales de Oaxaca, Mejía cuenta que en un mercado mexicano descubrió, entre muchos otros, un puñal que en su hoja mostraba la imperativa inscripción: “No seas cobarde”. De ese puñal, dice Mejía: “Alguien se me lo llevó a Borges; el de Palermo quizá ya no pudo leer la leyenda; quizá se la leyeron; quizá no quisieran leérsela; quizá tomó coraje con ella. Quizá no le dieron el puñal por temor a herirlo”(4). Debemos asumir que Mejía ocupó aquí el puñal como emblema de la valentía y el arrojo, para reprocharle a Borges su retórico miedo a la vejez o al tiempo. Todo está ligado a la ficción borgeana acerca de la fatalidad que acarrean los puñales gauchescos o aquéllos que pertenecieron a los compadritos del antiguo Buenos Aires, por ejemplo, a como ocurre en la trama de El puñal y El encuentro, dos narraciones en las que el cuentista argentino describe encarnizadas peleas con cuchillos.
Al comienzo del relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges hace comentar a Adolfo Bioy Casares que, en una enciclopedia apócrifa, se explica que para los heresiarcas de Uqbar —país ficticio— son abominables los espejos y la cópula, debido a que multiplican la cantidad de los seres humanos. Se ha dicho que la teoría malthusianista de restricción poblacional es el soporte de esa especulación; yo no lo creo así.
En Los pulsares, segmento que concluye la serie de prosemas Del cielo y de la tierra, Mejía recurre a la física cuántica para sospechar que la substancia del universo se da como proyección en el individuo a través de unidades diminutas: “Los pulsares son técnicamente invisibles; ni Borges los quiere ver. Se ignora su tamaño”(5).
NOTAS:
1. Ver Carrizo, Antonio. Borges el memorioso. México: FCE, 1986.
2. Jorge Luis Borges. Antología poética 1923-1977. Madrid: Alianza Editorial, 1981, p. 29.
3. Ernesto Mejía S. Recolección a mediodía. Managua: ENN, 1985, p. 132.
4. Ibíd., p. 141.
5. Ibíd., p. 215.
* Escritor. 
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