SáBADO 10 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23506 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




visión académica
Educar para la paz y la seguridad en Centroamérica

Carlos Murillo Zamora (*)

Durante la mayor parte del siglo XX se habló de “seguridad nacional”, hacia finales de ese siglo la atención se centró en la “seguridad humana”; mientras que en Centroamérica se hizo referencia a la “seguridad democrática” y a nivel continental a la “seguridad hemisférica”. Sin embargo, hoy en el istmo es necesario considerar la inseguridad como el fenómeno dominante. Por eso más que de “seguridad humana”, es casi indispensable hablar de “inseguridad humana”.

Esto a pesar que en los años noventa, tras la firma de los acuerdos de paz, los gobiernos consideraron que se había logrado construir una paz firme y duradera; y era el momento de comenzar la fase del desarrollo y la democracia (recuérdese la trilogía de Esquipulas: paz-democracia-desarrollo). Se consideró que habíamos alcanzado una condición propia de un “edén terrenal”; que Centroamérica no sería afectada por los problemas que enfrentaban otras regiones; que podían lanzarse las campanas al vuelo, porque los millones de centroamericanos y centroamericanas disfrutarían de las condiciones de vida propias de los países desarrollados.

Ante ese panorama los dirigentes locales, nacionales y regionales se despreocuparon de las tareas de consolidación y mantenimiento de la paz. Hoy estamos comenzando a ver las consecuencias de lo que se dejó de hacer; sobre todo en materia de educación (especialmente de educación para la paz)

En los últimos años los índices de violencia y de criminalidad han mostrado una tendencia ascendente, ante lo cual las autoridades gubernamentales no reaccionaron ni a tiempo ni en forma apropiada. Ejemplo de ello es la ola de muerte que azota a la región. Lo grave del asunto es que se continúa sin adoptar las medidas necesarias.

Los gobiernos parecen evidenciar gran incapacidad para atender sus responsabilidades mínimas. Sencillamente se pretende resolver la violencia con más violencia. Ante el fenómeno de la violencia intrafamiliar, de la expansión de las maras y del crimen organizado (narcotráfico, secuestro, etcétera), de la delincuencia común y de la crisis de valores que conllevan esas situaciones sólo se responde con el endurecimiento de las penas y con las “limpiezas” disfrazadas, entre otras acciones.

Pero no se identifican las causas del problema y no se trabaja para erradicarlas; no se educa para resolver conflictos desde el nivel primario; no se implementan programas comunales de prevención del conflicto; no se les brindan oportunidades a jóvenes, niños y niñas para superar las condiciones de pobreza integral (no sólo económica) que le impiden desarrollarse como seres humanos.

En todos los países centroamericanos, sin excepción, la educación dejó de formar a ciudadanos y ciudadanas, de crear valores cívicos; parece estar sólo destinada a informar (y de paso en forma inapropiada, pues hoy saber leer y escribir no garantiza que una persona deje su condición de analfabeta). Esto conduce a una “crisis de identidad”.

Los y las jóvenes, los y las niñas centroamericanas no tienen una clara noción de su identidad, un preciso sentido de pertenencia; no entienden qué es realmente ser nicaragüenses, hondureños o costarricenses y menos centroamericanos. Pero tampoco tienen noción de pertenencia a su pueblo natal o a su barrio; sino al grupo que los acoge durante la mayor parte del día y les brinda la oportunidad de ser parte de algo. Lo grave es que ese grupo cada vez más tiene fines ilícitos y contribuye a ahondar la inseguridad.

Precisamente esa crisis de identidad y la pérdida de valores, personales y sociales, se torna en una de las causas básicas del conflicto; nos insensibiliza ante la violencia y nos lleva a recurrir a la vía más fácil: responder con mayor violencia. Esta situación es típica de lo que se denomina “cuasi-estados” y “estados fracasados”; lo cual requiere de un análisis en otra oportunidad.

* Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional.
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