El reto de Montealegre
El Secretario de la Presidencia de la República, Eduardo Montealegre, está desafiando cada vez con más decisión la hegemonía de Arnoldo Alemán en el PLC. Al parecer, el haber sido despojado del cargo de convencional del Partido ha motivado a Montealegre a retar el férreo liderazgo que ejerce hasta ahora el doctor Alemán en el Partido Liberal Constitucionalista.
El pretexto para despojar a Montealegre de su condición de convencional es el de que sigue formando parte, con un alto cargo de confianza política, del gobierno de presidente Enrique Bolaños, a pesar de que éste fue declarado traidor por el PLC, que además se declaró como partido de oposición. Sin embargo, está claro que la verdadera causa de la “decapitación” política de Montealegre es que quiere ser el candidato presidencial del PLC en las elecciones del 2006. Pero el doctor Alemán aspira a ser de nuevo Presidente de la República, a pesar de que —o precisamente por eso— ahora se encuentra en la cárcel condenado por delitos de corrupción. Y en el caso de que no consiguiera salir de la cárcel y recuperar sus derechos ciudadanos, el doctor Alemán, después de su amarga experiencia con el presidente Enrique Bolaños sólo avalaría a alguien en quien tuviera absoluta seguridad de su lealtad personal.
Sin dudas que no será fácil para Montealegre, derrotar a Alemán. En la historia de Nicaragua ningún disidente del líder de un partido mayoritario ha podido ganarle la pelea. Ni siquiera personalidades de gran prestigio y arraigo en sus organizaciones partidistas, como Ramiro Sacasa Guerrero en el Partido Liberal y Sergio Ramírez en el FSLN, pudieron lograrlo. Pero tampoco nadie puede asegurar que Montealegre no podría ser el primero.
En realidad, las posibilidades de éxito de Montealegre no dependen sólo del difícil predicamento en que se encuentra el doctor Alemán, sino de lo que él mismo —Montealegre— sea capaz o incapaz de hacer, en el momento oportuno.
Al respecto parece correcta la decisión de Montealegre, de retar a Alemàn pero no lanzarse ya a la lucha frontal contra él, pues debilitaría la campaña electoral municipal del PLC. Y lo culparían por la derrota en el caso de que los sandinistas ganaran los comicios del 7 de noviembre.
Pero si Montealegre quiere realmente rescatar al PLC del caciquismo y tener posibilidad de ganar la candidatura presidencial por el PLC, no puede postergar más allá de las elecciones municipales la renuncia a su alto cargo de confianza política en el gobierno del presidente Bolaños. La verdad es que Montealegre debió renunciar desde que su partido se declaró en oposición. Así le hubiera resultado más fácil ganarse la confianza de las bases y sobre todo de las estructuras intermedias del partido. O, convencido de que el presidente Bolaños tenía la razón —y no la directiva del PLC—, debió renunciar al partido y unir su suerte al proyecto político del presidente Enrique Bolaños, o sea promover la tercera fuerza política y electoral que desea la mayoría de los ciudadanos nicaragüenses, según las encuestas, y que pretende ser la Alianza por la República (Apre)
En todo caso, a fines de año Eduardo Montealegre tendrá que haber renunciado a su alto cargo en el Gobierno, así como invertir lo que sea necesario de su fortuna personal en su proyecto político, para dedicarse a tiempo completo a ganarse el corazón, la mente y el apoyo no sólo de las bases del PLC sino de la mayoría de nicaragüenses que están hastiados de los caudillos, para desalemanizar el partido y reconstruir su prestigio político y moral que está gravemente dañado por el caudillismo y la corrupción.
Y por cierto que por el bien del país algo igual debería ocurrir en el FSLN. Es decir, que alguien con suficiente respaldo de las bases sandinistas y con autoridad política y moral, debería desafiar el liderazgo empedernido de Daniel Ortega, para modernizar y democratizar al Frente Sandinista y transformarlo de lastre de la democracia en instrumento para su fortalecimiento y desarrollo.
La democracia requiere no sólo que haya pluralidad política e ideológica. También necesita partidos que sean fuertes por su transparencia, autoridad moral y credibilidad, no por la imposición de sus caudillos.

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