JUEVES 8 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23504 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Cielo azul bajo sol radiante

Foto  

 

Sergio Ramírez

Los procesos electrónicos permiten como nunca antes trastocar las fotografías, de modo que los cielos tormentosos de un paisaje pueden ser cambiados en cielos azules bajo un sol radiante, y quienes aparecen de manera inoportuna en un retrato de familia, o se volvieron inoportunos con el tiempo, pueden ser borrados sin complicaciones, algo que antes de la era digital se hacía de manera más burda.

Stalin, al inicio rodeado de firmes y entusiastas dirigentes que sonreían con gusto a la cámara, llegó a quedarse absolutamente solo en las fotos, después que los demás que habían posado con él fueron desapareciendo de ellas en la medida en que iban cayendo en desgracia. El poder se vuelve, tantas veces, un paisaje desolado; “el que se mueve no sale en la foto”, llegó a ser la frase que resumía la política mexicana.

Quitar a alguien de la foto costaba en viejos tiempos un tedioso retoque con pinceles en el cuarto oscuro, y aún así el hueco de los proscritos no dejaba de quedar visible. Hoy no sólo es posible alterar con absoluta perfección las imágenes fijas de las fotografías, sino también las imágenes en movimiento. Vaciar el paisaje urbano de una ciudad de todos sus habitantes, como en esa aterradora secuencia de las calles desiertas de Nueva York en la película Vanilla Sky, y lo contrario, hacer que un líder de simpatías magras se vea rodeado de una inmensa multitud en una plaza, a la hora del noticiero de televisión.

Llegará un momento, ya está llegando, cuando uno podrá escoger el final que más le guste de una película, triste o feliz, y a lo mejor, más tarde, pasar del papel de espectador al de actor, y meterse dentro de la película, o salir de ella a conveniencia, como en La rosa del Cairo de Woody Allen. No crean que bromeo. El mundo virtual podrá llegar a ser tan poderoso como el mundo real; pero, de todas maneras, ¿qué es el mundo real? ¿Y qué es el pasado y qué es la historia en términos de la memoria, y de las imágenes de la memoria, o peor, de la manipulación de la memoria?

Depende de quién cuenta la historia y cómo la cuenta, y con qué intereses. Depende de que ése que cuenta la historia necesite que el pasado sea diferente, y que las cosas no tengan ninguna textura odiosa al recuerdo, sobre todo si se trata de una conveniente reconciliación entre antiguos enemigos, o adversarios. No borrón y cuenta nueva, sino borrón y cuentas falsas; en lugar de exponer con franqueza todos los hechos del pasado, y ventilarlos, aceptar las culpas mutuas y a partir de allí perdonarse mutuamente, mejor practicar una cirugía plástica a la historia.

La historia, independientemente de la perfección de las artes empleadas en trucar las fotos, o las películas, ha estado siempre expuesta a los remiendos visuales. Ya sabemos que los jerarcas aztecas, en la cúspide de su poder político, se confabularon para desaparecer todos los anales, y reescribirlos de la manera como mejor les convenía; fueron de los primeros expertos en contar la historia oficial, cambiándola a su conveniencia.

Bernal Díaz del Castillo se decidió a escribir en su retiro de Antigua Guatemala, ya anciano, su Verdadera Relación de la Conquista de México, cuando vio que López de Gómara había publicado otra, por encargo de Hernán Cortés, para dejar a Cortés bien parado. Pero nadie podía venir a contarle a Bernal la historia que él mismo había vivido. Había estado allí. Ya se ve que quienes son capaces de ajustar los hechos a su propia medida, como el sastre que corta la tela según el tamaño del dueño de la prenda, han existido siempre.

He reflexionado sobre este tema ahora que en Nicaragua el cardenal Miguel Obando y Bravo y el comandante Daniel Ortega, dos acérrimos contendientes por más de veinte años, han decidido reajustar sus cuentas, un acontecimiento por supuesto feliz. Pero al hacerlo, tiran a saldos perdidos muchas de las incomodidades del pasado, escogen retocar ese mismo pasado con colores más que amables, y se dan el abrazo de la paz, como en el cuadro La rendición de Breda, de Velásquez. Sólo que aquí el escenario del cuadro ha sido vaciado de armaduras, caballos, y ruidos de batalla. El lienzo, alrededor de los dos, se queda en un blanco que enceguece.

Según las declaraciones del comandante al salir de una de sus muchas recientes reuniones con el Cardenal en la curia metropolitana, nunca hubo ningún conflicto entre la jerarquía de la Iglesia Católica y la jerarquía del sandinismo durante los años de la revolución, lo cual llena de asombro a no pocos, a mí el primero, porque igual que Bernal, estuve allí. Si hubiera sido de esa manera, tal como se nos cuenta ahora, de cuántas amarguras cotidianas el país se hubiera librado.

De acuerdo a esa misma abrupta recomposición tardía, la visita del Papa Juan Pablo II, el 4 de marzo de 1983, se dio en la mayor concordia, y aquella grave trifulca ocurrida durante la misa campal en Managua, vista en la televisión por millones en el mundo, se ha esfumado. Nunca ocurrió: “el Papa vino a Nicaragua a elevar oraciones por todos los nicaragüenses y lógicamente allí estaban incluidos los héroes y mártires, quién le puede negar una oración a un muerto”, dice el comandante; “el Santo Padre oró por la paz y por todos los difuntos, como se lo pedía a gritos una multitud en la antigua Plaza de la Revolución”, dice el Cardenal. Y todos satisfechos.

¿Qué color ponerle entonces al cielo de aquella lejana tarde, lleno de nubarrones inconvenientes? Azul radiante, por supuesto.

El autor es escritor

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