LUNES 5 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23501 / ACTUALIZADA 11:43 pm





EL HUMOR DE




Lo que le decimos a los niños

Ernesto González Valdés

“Mirá que sos torpe” o “le encanta mandar a esta cipota” o “no seás llorón” son algunas de las etiquetas que en ocasiones les colgamos a nuestros hijos cuando reiteran una conducta. Por supuesto que la intención no es ofender, pero si lo repetimos varias veces el niño es casi seguro que se sentirá limitado y por mucho que le insistamos no lo hará cambiar.

La cuestión de las etiquetas es, pedagógicamente hablando, una cuestión de límites, pero en el sentido negativo de la palabra.

La capacidad de aprendizaje del niño está limitada por un lado por su herencia genética y por otro por el ambiente más o menos favorable en el que se desenvuelva.

Es muy común decir o escuchar las palabras por parte de los padres, con que iniciamos el primer párrafo, pero también otras relacionadas con la escuela, como: ¡Qué burro sos! Cuando hace referencia a notas no adecuadas o suficientes que pueden considerarse mensajes “neutros” y la mayoría de ellos hasta a veces inconscientes. Debemos revisar si ayudamos con ellos a nuestros hijos a avanzar correctamente o cerramos la puerta al cambio y al aprendizaje.

El niño es, como todo ser humano, un ser en constante cambio y transformación. Sus capacidades adaptativas son muy grandes, pero debe encontrar un ambiente que le estimule y le aliente para el éxito.

Cuando los padres resaltamos con mayor énfasis las facetas negativas de nuestro hijo, estamos yendo en contra de principios fundamentales en educación: la comprensión, el aliento y el reconocimiento del esfuerzo y los logros.

Es mucho más productivo cuando un hijo ha cometido un error intentar sentirnos como él. Verle como alguien que está sujeto a cambios y que, en ese proceso, el fracaso y las equivocaciones forman parte de las oportunidades de ver los propios problemas y mejorarlos.

Cuando él reciba el mensaje: “Te equivocaste, pero te comprendo y aquí estoy para ayudarte”, en vez de: “¡Otra vez, ya estoy harto de que no te esforcés por cambiar!”, entonces cumpliremos realmente con lo que ser padres significa: amar a nuestros hijos incondicionalmente, servirles de aliento constante y ser capaces de ver en él un ser humano sujeto a cambios, capaz de lograr lo que se proponga más allá de las dificultades.

Nosotros somos los primeros que hemos de pensar que nuestro hijo puede cambiar. Si no es así, difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos, los logros mínimos que darán paso a logros mayores y difícilmente encontraremos las oportunidades o situaciones en que él pueda verse de otra manera y modificar la imagen que tiene de sí mismo.

Goethe diría en una ocasión: “Trate a las personas como si fueran lo que deberían ser y las ayudará a convertirse en lo que son capaces de ser”.
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