Cambios
Edgardo Jiménez López
No me sorprendió el despido, sin explicación, del ingeniero Eduardo Urcuyo, de Telcor. Lo hicieron los Somoza, los sandinistas, doña Violeta, el doctor Alemán y ahora el ingeniero Bolaños. Lo que no me explico es cómo personas como Urcuyo, provenientes de familias conocidas y acomodadas, se presten a ser avergonzados como en los despidos sin explicación.
Sé de algunos políticos que por hambre se arrastran, aunque sean profesionales, porque sus trabajos no dan para lujos y prebendas como las que tienen en el Gobierno. Pero los que no tienen necesidad no sé por qué se dejan humillar.
Lo que deben hacer quienes andan detrás de los puestos públicos es firmar un contrato por el tiempo que dure el Presidente en el Gobierno, en el que se establezca que no podrá ser despedido ni movido a ningún otro cargo sin su consentimiento.
Lógicamente, la tentación de un puesto en el Gobierno es muy grande por los altos salarios, viajes para ellos y sus familias, lujosas oficinas y automóviles, posibilidad de recibir atención médica en el extranjero por cuenta de los impuestos de los ciudadanos, tarjetas de crédito sin límites y una que otra metida de mano cuando el tiempo y el espacio se lo permitan. ¿Qué tal?
En esas condiciones, ¿quién va a rechazar un cargo? Exceptuando algunos pocos, entre ellos yo, la mayoría lo acepta gustoso aunque después sean humillados pues para ellos la vergüenza, el honor y la dignidad no cuentan.

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