DOMINGO 4 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23500 / ACTUALIZADA 11:23 p.m.





EL HUMOR DE




Dios en el lenguaje popular

Jimmy Avilés Avilés*

Por sobre diferencias rurales y urbanas e inclusive las de clase, se erigen en el lenguaje popular —por sobre el resto— las expresiones que aluden a Dios, y aunque en tales sectores es generalizada su utilización, tienen mayor arraigo —por su ingenua religiosidad— entre la población campesina.

El sistematizado proceso de cristianización —con su carga de valores— iniciado desde los primeros momentos de la conquista, fue penetrando en el pueblo y al hacerlo propio se han venido expresando en variadas formas y maneras, que en sincrético proceso, por referencia oral y uso continuado, han llegado hasta el presente. Éstas forman parte, aún cuando no necesariamente “por su origen”, de nuestra cultura popular, fuertemente marcada por un sentido religioso de la vida; aquí la cosmogonía mágica del pasado indígena, también ha sido un factor determinante que se coadyuvó para el arraigo y afirmación de la realidad cultural nicaragüense.

En la estructura y ámbito del mundo ideológico/religioso del habla popular, Dios ocupa el primer eslabón jerárquico, establecido por el mandamiento que impone “amar a Dios por sobre todas las cosas”, determinando así su situación de primicia, sólo comparable con él mismo, por lo que “no se puede dejar a Dios por Dios”. Como augurio de seguridad, confianza y fe, el pueblo nicaragüense hace precedir cualquier acto de su vida con el “Dios primero” o “¡primero Dios!"

Indistintamente del uso de las conjunciones copulativas “me” o “te”, a Dios se le hace asumir funciones de: guardar, bendecir, amparar, valer, o liberar, en expresiones tales como: “Dios me guarde”, “Dios me ampare”, “Dios me libre”, “Dios me valga”.

El cambio del “me” personal por el “te” de interlocutora, segunda persona, transforma las frases, adquiriendo por el énfasis y la entonación de los signos admirativos (¡ !), significados distintos, pasando de la individual petición afirmativa y temerosa (me) a la dicha con ánimo de precavida sentencia.

Así, “Dios” evocado en primera persona —y por primero—, guarda, ampara, libra y vale, explicitando la relación individualizada del hombre con la divinidad, en donde cuenta únicamente el pedimento del propio individuo, excluyendo a los restantes.

En el otro caso, la acción por el “te” se desplaza a la segunda persona en el “¡Dios te guarde!” Y pasa a ser advertencia del castigo por cualquier desliz o mal comportamiento; como paliativo y en boca de quien habla se expresa el “Dios te bendiga”.

Acentuada la entonación y la expresión corporal, estas mismas frases continúan enriqueciendo sus múltiples significados, al darles con el tono de la respuesta un brevísimo gesto de arqueado de cejas abertura ocular, la connotación de rechazo asustadizo, ante alguna proposición que no es aceptada. Adquiere la frase su mayor fuerza expresiva, cuando se unen —para el mismo fin— “¡Dios me guarde con Dios me libre!”

Sincopada la frase, concentra la entonación por la rapidez y espontaneidad con que se pronuncia el “¡Dios guarde!”, para significar amenaza, muy usado por los padres de familia en las reprimendas a los menores.

Por un velado proceso inductivo, reminiscencia inconsciente del temor a Dios que debe transmitirse a los niños como parte de un proceso educativo y que éstos asumirán en futuras concepciones tradicionales del Dios castigador; ya adultos sentenciosos repetirán: “Dios castiga sin palo y sin coyunda”, “Cuando Dios se propone castigar a los mortales, no valen nacatamales”, “Dios tarda, pero no olvida”.

Siempre reconociéndole a Dios la primacía en la escala jerárquica de los valores de nuestra sociedad, expresados en el lenguaje popular, el “¡Dios quiera!” es un estribillo en la conversación cotidiana, sujetando a su voluntad todos los actos de la vida humana (“a la voluntad de Dios”), estableciendo una relación de entera dependencia, que lingüísticamente disminuida, se transforma en “Dios mediante”, en el que el protagonismo se establece por el verbo, que lo sitúa entre la acción a realizarse y su ejecutor, convirtiéndose Dios en el enlace del hombre y su quehacer, porque tiene la absoluta certeza de su omnipotencia, expresada en poderes que están más allá de su control y dominio, como el resignado “Dios lo quiso” o el temeroso “ni quiera Dios”, reafirmándose en: “Cuando Dios quiere hace sol y llueve”; “Para Dios querer hace sol y llueve”.

La superioridad y el poder de Dios es una de las características más difundidas en las expresiones populares y no se agotan para afirmarlo. Tal es el caso de: “¡Con el poder de Dios!”, que lo tiene todo: omnipotenete, omnipresente y omnisapiente. La fe en ese poder superior del que permanentemente se depende, establece que por agradecimiento o en recompensa por favores recibidos, “darle gracias a Dios”. Previo a lo adverso de una enfermedad, esperando sanar con la toma de algún remedio, se le invoca con el “a mano de Dios” y si alguna actividad marcha sin participación debida por parte de sus ejecutores se dice que: “¡hay va, a la buena de Dios!”, y en contraposición a “a Dios rogando y con el mazo dando”.

El prestigio de Dios dentro del pueblo hace que éste, ante situaciones dubitativas o de poca credibilidad lo ponga de testigo, como una suerte de juez supremo y haciendo la señal de la cruz que además sella con un beso, mientras indistintamente dice: “¡por Dios!”, “¡por Diosito!” Sentando así lo afirmado como verdad, que de no serlo atenta contra el “no jurar su santo nombre de Dios en vano”, que establece el mandamiento. Si algo de lo que está en discusión no lo sabe, al ser preguntado uno de los participantes responderá con desdén, para dejar en claro su desconocimiento: “¡Sabrá Dios!”

De índole muy personal y sin que suponga interlocutor, exclamaciones típicas son: “¡Dios mío mi lindo!”, “¡Diosito lindo!", “¡Dios mío!"

Denotando todas ellas el grado de participación y presencia que tiene Dios, hasta en los actos más triviales de la vida del pueblo nicaragüense, la familiaridad del trato se observa en el diminutivo “Diosito” y el calificativo de “lindo”, con los que se refiere a Él.

La jerarquía ya aludida, no sólo atañe al género humano, sino a los que sobrepasan por sus cualidades, llevándolos a santos, sintetizado en: “Cuando Dios quiere, los santos no pueden”. Que se ha popularizado —corroborándose ambas— por la copla popular, refiriendo que hasta en el cielo hay jerarquía. Ejemplo: “Hasta los palos del monte tienen su separación unos nacen para santos y otros para hacer carbón”.

Para reafirmar y no quepa la menor duda, sobre los niveles de mando que existen en la corte celestial, se precisa con un ejemplo concreto, en el que el apóstol sobre el que se edificó la Iglesia, protagoniza el papel de segundón: “A quien Dios da, San Pedro se lo bendice”.

Traducido por la mentalidad popular y el amor y temor a Dios, prescritos por el dogma, se establecen normas que permitan —estableciendo— formas, maneras y modos de relacionarse con Él, que bien podría partir del: “No hay que tocar a Dios con las manos sucias”.

Regla subyacente en la conciencia de los hombres, desde los tiempos del Antiguo Testamento y el Arca de la Alianza, en que la prohibición no era únicamente de “tocar”, sino hasta de “ver”; para establecer la relación, la primera distancia se establece con la negación de tocar, porque tal acción se presta a convertirse en “manoseo” irrespetuoso e irreverente.

Si a lo anterior se suma el que por impureza moral y física, las manos están “sucias”, la dificultad para acercarse o tocarlo se hace doblemente difícil, pues carga limitaciones duplicadas que cargan la balanza de la imposibilidad.

* El autor es lingüista.

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