DOMINGO 4 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23500 / ACTUALIZADA 11:23 p.m.





EL HUMOR DE





Especial
La ciudad de las calles sin nombre

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Johnny Cajina Guillén

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Managua es un laberinto. Turistas, carteros, vendedores, cobradores y hasta quienes han vivido siempre en ella, alguna vez se han extraviado en busca de un domicilio. Es una urbe sin rótulos, sin nombres ni números, y quizá continúe así hasta que las autoridades implementen un nuevo sistema de nomenclatura que sirva para identificar las casas, calles y avenidas. Aunque para algunos ir de “arriba” para “abajo” es algo muy propio de los capitalinos que no debería cambiar

Encontrar una dirección en nuestra ciudad semeja al juego del tesoro escondido. Nadie sabe cómo y desde cuándo se empezó a utilizar ese extraño y peculiar sistema de direcciones basado en referencias, que hace cada día más difícil la alborotada ciudad en que vivimos, que se torna más extraña y peliaguda para quienes la visitan por vez primera.

La periodista Gabriela Selser llegó a Nicaragua hace 23 años y desde entonces vive en la capital.

“Cuando llegué a Managua no entendía porqué las calles no tenían nombre ni las casas tenían número, como en Buenos Aires o Ciudad de México. De hecho, cuando tenía que buscar una dirección como de la Mazarello, una al lago, no daba con ella jamás porque no veía el lago por ninguna parte”, explica.

“Ciudad Jardín L 30, por favor”, dijo con acento argentino la primera vez que abordó un taxi. Esa era la dirección oficial de su primera casa en la capital. Sonaba elegante, pero quizá el taxista se rió en su cara. Había dejado México por Managua y estaba acostumbrada simplemente a decir Patriotismo 767. Al poco tiempo descubrió que lo más lógico era pedir que la llevaran del Banco Nacional de Desarrollo, 75 varas al sur.


LA CIUDAD MÁS DIFÍCIL

Gareth Richards es británico y llegó hace más de diez años. La Óptica Nicaragüense fue la referencia de su primera dirección en la ciudad. “Era de ahí una cuadra al lago y estaba perdido porque ni siquiera sabía dónde estaba la óptica. Me dijeron que por Plaza España pero quedé igual de perdido”, relata Richards con acento español un tanto pausado.

“Luego aprendí que para llegar por primera vez a un sitio, lo mejor era tomar un taxi, además pedir referencias más exactas y señas como árboles y color de la casa”, explicó. “En Inglaterra las direcciones también son difíciles. Te perdés si no tenés un mapa y para dar con una calle hay que preguntar y preguntar”, asegura.

María Manuela arribó al aeropuerto de Managua procedente de España una mañana de mayo de 1987. “Jamás tuve problemas con las direcciones. Allá me decían que aquí alucinaría con todo y rieron mucho con mi dirección nueva que era de la Iglesia El Carmen una al lago, una abajo”, relata.

Atrás dejó la Gran Vía 19, tercera derecha, dirección que usó en su natal Zaragoza por muchos años “y donde cualquier taxi te lleva sin más detalles”, expresa. “En España habrá ciudades grandes muy difíciles, pero ninguna como Managua”, añade.

Para María Manuela, lo curioso de nuestro sistema de direcciones es que se basa en cosas transitorias, en recuerdos o cosas que ya no existen.

“Es como si la gente se aferrara a un recuerdo o como si todo fuera temporal. Me parece una tontería que alguien quiera quitarlo porque es lo mejor que tiene Managua. Las referencias le dan un sentido de propiedad a la gente, pues se trata de cosas que ha hecho y vivido. Es algo muy propio de los nicaragüenses”, concluye.


NÚMEROS QUE ATRASAN

Sin embargo, este mismo sistema de señas tan engorroso como confuso, es indispensable en la rutina de centenares de carteros y repartidores que se desplazan por las arterias de la ciudad.

Víctor Manuel Abarca tiene 27 años y desde hace tres se desempeña como agente postal en el departamento de Transportación de Correos de Nicaragua. Diariamente entrega paquetes y correspondencia por toda la ciudad a bordo de un pequeño vehículo azul propiedad de la empresa.

“Sería fantástico que rotularan todas las calles de Managua, pero también creo que sería un poco difícil adaptarnos a ese nuevo sistema, pues estamos acostumbrados a llegar a los lugares por medio de referencias”, explica.

Abarca considera que la numeración de las viviendas también es necesaria, pero su experiencia le indica que tales números son poco útiles si no se implementan con rigor en todas partes.

“De nada sirve que el paquete diga: Altamira B 75 o Colonia Centroamérica C 222, si al final no sé por dónde queda ese grupo de casas. La situación es peor si una casa tiene el número en la puerta y las otras no. Entonces hay que adivinar cuál de todas es la que busco y eso nos atrasa”, dice Abarca.

La peor pesadilla de los agentes postales ocurre cuando el destinatario vive en un asentamiento. “En los barrios viejos no tenemos problemas, pero en los asentamientos todo es nuevo y nadie conoce los puntos de referencias”, agrega Juan Moncada, con 11 años de experiencia en la entrega de paquetería. En todo ese tiempo, incontables paquetes han retornado a la oficina postal bajo el sello “Dirección Insuficiente”.

Es lo mismo que le ha pasado a casi todos los ciudadanos. Dan mil vueltas por una dirección, se enojan y se van sin encontrarla. Pero así es Managua, la ciudad en la que les tocó vivir, quizá el único lugar del mundo en el que un “lago” puede quedar “arriba” o “abajo” de “la montaña”.


BRUJULA PARA EXTRAVIADOS

Aunque no existe una fórmula exacta para guiarse en la ciudad, es muy importante dominar los peculiares puntos cardinales, aparentemente utilizados desde tiempos remotos, cuando Managua era apenas una incipiente villa indígena.

El Este es “arriba”, porque es donde “sube” el sol (amanece) y el Oeste es “abajo”, porque es donde “baja”.

La montaña como sustituto del Sur, es un término casi en desuso que supuestamente hacía referencia a la Loma de Tiscapa, primitivo límite de la capital. No obstante, es válido suponer también que se refería a las no muy lejanas Sierras de Managua, frontera sur de la urbe actual.

Y aunque la referencia del Xolotlán no necesita mayor explicación, alguna vez hasta el más avispado se ha visto extraviado, sobre todo porque la ciudad perdió con el último terremoto la trama urbana típica de la cuadrícula española conservada aún en sus viejos barrios y en los centros históricos de algunas capitales de América, y se convirtió tras el consabido desorden posterior en una urbe concéntrica, atravesada por un enredo de diagonales, curvas, vías radiales y calles sin rumbo definido.


MANAGUA NO OLVIDA

Rotonda El Periodista, Palí Altamira, Plaza Inter, La Tiendona y Monte de los Olivos forman parte de las nuevas referencias de la ciudad, a las que quizá algún día se les agregue “de donde fue”.

Así ocurrió con el Aladino, el Bombe, el Rex, el Aguerri o el Salinas, salas cinematográficas que desaparecieron hace ya varios lustros pero que continúan vivas en el directorio popular.

Otras como La P del H, Repuestos La Quince, Lozelsa, Lacmiel, Ferretería Lang, Restaurante Aragón o el Sandy´s de carretera a Masaya, sustituidas por toda clase de tiendas, iglesias, bancos, supermercados y hasta rotondas, se están perdiendo en el tiempo.

Muchos lugares, incluso desaparecidos, son inmortales en la memoria colectiva. La Racachaca, El Zumen, El Arbolito, Armando Guido, la Clínica Santa María, la Pepsi, el Siete Sur, El Ceibo, el Puente El Edén, las estatuas de Montoya y Monseñor Lezcano, el cine Colonial, son algunos de ellos.

El Gran Hotel, la Alianza Francesa, el Cine Ruiz, El Tropical, el Ramírez Goyena, F. C. & Reyes, Trajes Gómez, el Banco de Londres, la Iglesia San Antonio, el Banco Central, la Casa Lilliam, Carlos Cardenal, la Ferretería Bunge, la Towico y la Hormiga de Oro, fueron puntos esquineros que sólo el último terremoto pudo borrar junto a sus famosas calles y avenidas como Candelaria, 15 de Septiembre, Roosevelt, Quinta Avenida o El Triunfo.


VIEJAS Y NUEVAS ARTERIAS

En octubre de 1928, la municipalidad capitalina administrada por el general José María Zelaya Cardoze, dispone numerar las casas y dar inicio a la nomenclatura de las calles de la ciudad. Para ello se establece un impuesto de 30 centavos por cada placa de madera o metal colocada por la Alcaldía al frente de las viviendas que serían pagadas por su respectivo propietario. “Por la nomenclatura de las calles no se cobrará impuesto alguno”, reza la disposición publicada en La Gaceta, número 237.

En septiembre de 1931, el Distrito Nacional que por disposición presidencial sustituyó a la Alcaldía, acuerda bautizar las principales calles y avenidas de la capital con nombres de próceres y artistas nacionales.

La segunda calle sur quedó inmortalizada como la Calle 15 de Septiembre y la primera avenida este se le bautizó como Avenida Martínez en honor al ex presidente don Tomás Martínez. Años después la vía que terminaba en la Plaza de la República y una esquina de la Catedral, pasó a llamarse Avenida del Centenario.

La Calle Central, que atravesaba de Este a Oeste los barrios Santo Domingo y San Antonio, recibe el nombre de Calle Darío.

La Avenida Central conocida popularmente hasta entonces como Avenida Campo de Marte, se designa oficialmente como Avenida Estrada en honor al general José Dolores Estrada. En 1945 una visita del presidente estadounidense Franklyn Delano Roosevelt fue motivo para cambiar su nombre.

Esos mismos ejes centrales fueron mantenidos en la nomenclatura de la ciudad emitida en 1967 por la Empresa Aguadora de Managua.

Viejas arterias como las calles Colón y 27 de Mayo aún sobreviven. La antigua Avenida Bolívar, ampliada y remozada, la Carretera Norte, las pistas Suburbana, Larreynaga, Juan Pablo Segundo o By Pass, y la Carretera a Masaya son las vías más importantes de la capital.


UNA COSTOSA NOMENCLATURA

Un proyecto de nomenclatura para rotular y numerar las casas y calles de Managua está en manos de la oficina de urbanismo de la municipalidad capitalina desde hace varios años, tiempo en el que los ejes centrales de la ciudad se han movido al vaivén de los alcaldes de turno.

El primer intento por restituir la nomenclatura capitalina ocurrió en 1981 cuando la Junta de Reconstrucción de Managua emite un nuevo Reglamento de Nomenclatura que sería implementado por el Ministerio de la Vivienda y Asentamientos Humanos (Minvah).

Los nuevos ejes Norte-Sur eran la carretera a Masaya como continuación de la Roosevelt y la pista de la Resistencia conectada en algún lugar con la pista de Sabana Grande como eje Este-Oeste. La intersección de Metrocentro era el nuevo centro, pero el proyecto no se implementó y naufragó.

Todos los cambios propuestos posteriormente quedaron archivados en la comuna.

El más significativo, aprobado en el 2000 por el Concejo Municipal, movió el eje central Norte-Sur hacia la antigua Quinta Avenida (la del cine Aguerri), que se conecta con la carretera a Masaya o avenida Rubén Darío a través del paseo Tiscapa.

El eje central Este-Oeste quedó establecido sobre la pista Sabana Grande hasta llegar a Rubenia, donde hace un giro a la izquierda y toma la pista de la Solidaridad hasta enlazar con la nueva pista Suburbana.

A la fecha, muy pocos saben que la rotonda Centroamérica, donde se interceptan los ejes, se convirtió desde entonces en el centro de la ciudad.


EL ÚLTIMO INTENTO

La última propuesta, que no ha sido discutida ni aprobada, propondría retomar los ejes de la Managua terremoteada. El eje Norte-Sur, conformado por la avenida Roosevelt o Central, sería ampliado a través de la carretera a Masaya, saltando sobre la laguna de Tiscapa.

La Calle Central que se extendía por aproximadamente 35 cuadras y atravesaba de Este a Oeste los barrios Chico Pelón, Santo Domingo y San Antonio, se mantendría. Hoy, la zona Este de esa vía ha sido invadida por el mercado Oriental. En el centro sólo son usadas las aceras de los edificios de Petronic y la Cancillería, además de algunas cuadras del reparto San Antonio. En general está derruida y abandonada.

El arquitecto Leonardo Icaza, jefe del departamento de Planeamiento Urbano, explica que dichos ejes se retomarían a fin de evitar conflictos legales con Enacal, Unión Fenosa, Correos de Nicaragua y Enitel, compañías que utilizan el viejo sistema de nomenclatura en sus transacciones.

Según el arquitecto Gerald Pentzke, director de Urbanismo, el proyecto supone la entrega gratuita de unas 220 mil placas para igual número de viviendas y la colocación de unos 11 mil postes direccionales para identificar calles y avenidas.

La nomenclatura implica además la aprobación de un reglamento que definiría las reglas y criterios para numerar o nombrar todas las vías.

“Porque existen calles que por su tamaño o proximidad con la anterior se les denomina interpolaciones y ameritan el apelativo de callejón, calzada, callejuela o cualquier sinónimo que inicie con la letra C, para identificar que esa vía se desarrolla de Este a Oeste”, explica Icaza.


CUESTION DE COSTUMBRE

Las interpolaciones de las avenidas —dirección Norte-Sur— serían definidas como bajada, bulevar o andén. Por su forma y posición, existen otras vías más grandes que ameritan los nombres de pista, paseo, diagonal, anillo, circuito, entre otros.

Se estima que el proyecto costaría aproximadamente un millón de dólares, más los costos adicionales de mantenimiento. El vandalismo y las papeletas de todo tipo serían los primeros enemigos de esta rotulación.

“Quizá se sigan dando las direcciones actuales, pero al final el uso de la numeración será algo común. Recordemos que la gente no estaba acostumbrada a usar su cédula y cuando se exigió a nivel institucional, por fuerza se nos hizo costumbre. Ahora se nos ha vuelto indispensable”, asegura.

Desde 1973, Managua carece de una nomenclatura que ordene la ciudad y permita a los ciudadanos orientarse a través de letreros que indiquen los números y nombres de casas, calles y avenidas.

Para el arquitecto Icaza, de ponerse en práctica el proyecto, lo más importante es implementar la nomenclatura, pues de lo contrario todo moriría otra vez en el intento.


ASENTAMIENTOS QUEDARIAN FUERA

Cualquiera de los ejes propuestos en una nueva nomenclatura no incluiría a unos 300 asentamientos de Managua, donde se encuentran aproximadamente 47 mil parcelas que enfrentan problemas de propiedad.
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