Si los cerros se derrumban algo malo hay en la Tierra
Jaime Incer
Creían los antiguos indígenas sumus que en el cerro Musún habitaban las almas de los héroes desaparecidos y que cuando el cerro retumbaba algo malo se hacía en la tierra, que los hombres deberían rectificar.
Esta creencia supersticiosa ha cobrado cierta vigencia en estos días, al producirse numerosos derrumbes en las inclinadas laderas de la montaña, que desde hace varios años han sido deforestadas, sustituyendo los frondosos bosques que originalmente las recubrían por cultivos de subsistencia, o pastos para la ganadería, derrumbes que siguen cobrando vidas y bienes entre los pobladores de las comarcas vecinas.
Es común culpar a las lluvias, pero en Río Blanco donde 15,000 habitantes hoy están viviendo bajo la espada de Damocles, un sacerdote recordó en su sermón dominical que “no debemos culpar a Dios, sino a los hombres”.
En Nicaragua siempre se han producido lluvias fuertes y perturbaciones climáticas de mayor intensidad que las ocasionadas por las ondas tropicales en la semana pasada, y se seguirán produciendo. Sin embargo, las consecuencias de las lluvias se han tornado desastrosas en los últimos años, porque encuentran un país cada vez más deforestado, es decir más expuesto a los efectos de la erosión y un suelo vulnerable a mayores impactos naturales. Pero seguimos culpando a la lluvia y corriendo a socorrer a los damnificados del momento pero, una vez pasada la tragedia y superada la emergencia, no se toman medidas ni acciones preventivas sobre el territorio afectado para que estas desgracias no vuelvan a ocurrir, sino se anticipan más pronósticos desesperantes de lo que podría ocurrir en el futuro. ¡Sálvese quien pueda!
La vulnerabilidad de Nicaragua es directamente proporcional a la irredencia de aquéllos que desconocen las características del territorio, o hacen mal uso de él, ya sea por ignorancia o codicia (algunas veces disfrazadas de pobreza), como de los responsables de las políticas de desarrollo, que fingen ignorar las medidas preventivas que urge tomar y presupuestar a fin de evitar la destrucción irracional de los recursos naturales, en este caso los bosques, las aguas, los suelos y la biodiversidad.
A estos planificadores parece sólo interesarles los recursos únicamente por su valor comercial, o bien ubican proyectos agropecuarios en suelos para bosques. No es posible que en un país donde existen tantas tierras agrícolas que permanecen ociosas se estimule la agricultura de laderas en condiciones ecológicas inestables, o se promueva el avance de frontera agropecuaria hacia la Costa Atlántica, donde los suelos son de definitiva vocación forestal.
Algunos sugieren que es necesario enseñar ecología a los niños, lo cual parece razonable si tuviéramos la seguridad que, a la escala de destrucción ambiental que viene sufriendo el país en forma vertiginosa, existirán suficientes ríos y bosques cuando esos niños sean “grandes”.
Otros sostienen que la economía no puede crecer sino a costa de suplantar a la ecología. Piensan en oportunidades comerciales basadas en los potenciales forestales, pesqueros, agropecuarios, energéticos y, últimamente, turísticos, que suponen el país contiene en forma inexhaustita. Aunque todos estos proyectos dependen de la buena conservación de los recursos naturales, no vemos muchas iniciativas inspiradas en ese principio, antes bien notamos un olvido presupuestario y falta de voluntad en los respectivos estamentos de la nación, para conservar produciendo, o producir conservando, sin caer en el jueguito de palabras de qué fue primero, si el huevo o la gallina.
Basta de tantas declaraciones, conferencias, reuniones, jornadas, proyectos y leyes que no conducen a resultados tangibles y de tan obcecada visión cortoplacista del desarrollo. Librémonos de las opiniones de los eco-analfabetas, enfrascados en resolver los problemas de lo que llaman “la realidad nacional”, a la que no se atreven a cambiar por injusta que sea socialmente, e inconveniente para la ecología y para la economía.
Hoy se sigue acabando con los bosques y demás recursos naturales, mañana se destruirá lo último que queda a nuestros hijos para que puedan sobrevivir con seguridad y dignidad. En Nicaragua no sólo hemos perdido valores cívicos, sino también el concepto de autoestima y autosuperación. Estamos donde estamos, porque seguimos siendo lo que somos.
No es hoy el cerro Musún ni ayer el volcán Casita. Es Nicaragua entera la que se está derrumbando, mientras persista en el país la premonición que una vez inquietara a Rubén Darío: “Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste”.
El autor es miembro de la Asociación Amigos del Bosque

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