SáBADO 3 DE JULIO DEL 2004 / EDICION No. 23499 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Los derechos de la Diáspora

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Eduardo Enríquez

La mayoría de los nicaragüenses que han hecho su vida en el exterior no han salido de Nicaragua porque quisieron, sino porque las circunstancias los obligaron.

Guerra, represión, pobreza, ésos son los factores que han llevado al nicaragüense a buscar la vida en otra parte. Por eso considero no sólo una actitud mezquina, retrógrada e incluso desagradecida que en 14 años de “democracia” no se hayan tomado medidas para incluir a la Diáspora como parte de Nicaragua.

El colmo de la mezquindad de los políticos criollos es que no sólo no han hecho nada por facilitar la inclusión de “los hermanos separados” a nuestra sociedad, sino que han dictado leyes para alejarlos. Como ésa de obligar a alguien a tener cuatro o cinco años de residencia en el país para optar a cargos de elección popular.

Quizá más importante sin embargo es el tema de la cédula y el voto. La cédula se ha convertido, como debe ser, en un instrumento elemental para realizar cualquier gestión en el país, pero tomando en cuenta la situación particular de nuestra Diáspora, ya es hora que se hayan dado pasos para facilitarle a los que viven fuera la obtención de este documento. Y por supuesto, para que tengan posibilidad de votar.

Eso además de mezquino es retrógrado. En una época de globalización, en la que se están borrando fronteras, en Nicaragua todavía estamos preocupados porque alguien haya optado por otra ciudadanía, y le ponemos trabas.

Sin embargo, lo peor de todo es lo mal agradecidos, lo ingratos que esta situación nos hace lucir a los nicaragüenses que vivimos en Nicaragua. Esa gente, que en su mayoría se fue ilegal, es la que —junto a la comunidad internacional— mantiene al país.

Cálculos del Banco Interamericano de Desarrollo ponen las remesas que envían los nicas en los 800 millones de dólares anuales. El Banco Central, con un registro deficiente, las calcula en 600 millones. En ambos casos son superiores a las exportaciones del país.

Pero además hay un gran potencial de inversiones que no está explotado precisamente por todas esas tontas trabas que le hemos puesto a los “hermanos separados”.

¿Cómo podemos siquiera justificar que estas personas no sean parte del país, de la nación? ¿cómo podemos argumentar que lo que falta es dinero cuando son ellos los que nos están proporcionando una gran cantidad de ingresos?

Es obvio que lo que está deteniendo la integración total de “los hermanos separados” es la mezquindad, la obsolescencia y la miopía política.

La mayoría de los nicaragüenses que viven fuera pagarían gustosos una cantidad moderada, que financie el servicio de obtener su cédula en los consulados y que aporte a una cuenta que cada cuatro años garantice el voto en el exterior.

No es el agua helada lo que se está inventando, son muchos los países que garantizan ese derecho a los ciudadanos que viven fuera de sus fronteras, es cuestión de tener la voluntad.

La integración de la Diáspora es un paso hacia el desarrollo. Pero sobre todo es un derecho.
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