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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 3 DE JULIO DE 2004
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Mahler: poesía y sinfonía

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.Concentrada admiración y triunfos en los 144 años de vigencia de la música de Gustav Mahler (1860-1911)

 

JoaquÍn AbsalÓn Pastora/(Crítico musical)

Uno de los directores que más ha contribuido al enaltecimiento de su memoria después de Bruno Walter, es Lorin Maazel, quien conduciendo la Philarmonica de Viena, se ha propuesto no obstante su versátil repertorio, difundir La quinta sinfonía en do sostenido mayor, escrita en 1902. Sólo mencionar el nombre de Lorin Maazel sobrecoge la sensibilidad y capacidad memorística de los nicaragüenses inscritos en el invencible placer espiritual de oír a los grandes maestros. Maazel es quizá el director de mejor categoría del mundo venido a Nicaragua en la función plena de dirigir la orquesta sinfónica de Cleveland en un solo concierto en el Teatro Nacional Rubén Darío.

A Bella Bartok se le quitaron los velos del folclorismo húngaro y se le pusieron los de oriente en su Mandarín. Y a Brahms, la otra ribera de la opulencia sonora, le tocó La primera sinfonía calificada por los críticos del tiempo, posiblemente por la similitud temática, como La décima de Beethoven.

Han quedado las rondas en el milagroso y natural auricular que Dios nos dio, íntima atmósfera donde están prendidas para no apagarse jamás aquéllas y tantas notas que siguen visitando los recodos auditivos como si fuese una procesión.

Esas manos saben insinuarle al arpa lo correspondiente a su jerarquía celestial. Pareciendo ser adorno el figurón estético en otras obras, canaliza la melodía viajera situada muy encima de la tierra cuando en La segunda de Mahler, junta la muerte con la resurrección. La distinción de esas cuerdas se siente en las nueve sinfonías, admitiendo que entre mayor es el número de músicos y por lo tanto de instrumentos diversificados, mayor es Mahler, nacido el 7 de julio de 1860 en Kalisch, Bohemia y fallecido el 18 de mayo de 1911, pero en quien caben como si fuera hoy, la incorporación de la más sofisticada instrumentación. Lo mismo le sirve como ofrenda introductoria el inmenso órgano de la Catedral de Colonia probado en La segunda sinfonía que la versión más condensada dada por el recetario en disminución de la tecnología moderna.

Vayamos al trofeo: La quinta sinfonía puesta en escena en los festivales de recordación con motivo de la renovación de su aurora natalicia, es una marcha fúnebre sólo descubierta por la curiosidad de conocer la existencia de fondo. El primer tiempo recuerda la marcha nupcial de Mendelssohn. Sin embargo no es la reverberación de ella. Es el anuncio en la alta voz de la trompeta, de un ambiente fúnebre y pastoral. La fibra aguda de los metales va disolviéndose lentamente y quedando como fisgonas sopranas en comparsa con las cuerdas de abajo para competir tenuemente con el mensaje épico y fúnebre a la vez de una obra que también nos acerca a un Haydn en su Sinfonía militar llenándose de las glorias circundantes en los palacios de los reyes. La introducción sentida como la épica de un millar de proezas es un llamado al dolor. Vocero de la tristeza parece el autor con sus gotas espesas de música contrastante. Siguiendo la trayectoria de sus cinco tiempos, pasando por las castañuelas del scherzo, se nota la tendencia de convertirse la trompeta en un suspiro incesante en su afán de hacerse notar en la concha donde predomina la gravedad.

En el segundo movimiento adquiere más vehemencia y proclama la característica solemne del compositor. En el tercer tiempo, el scherzo con sus tríos, en el cuarto el adagieto y en el quinto un rondó. Pareciera La quinta de Mahler una concertante para cuerdas y arpas. Y así lo vemos en las cúspides de la santa poesía con la compañía de ese instrumento y del órgano a los cuales tanto quiso e hizo lucir, cantando los versos de Klopstock.

Inseparables estarán en su canto—tiempo y compás—la naturaleza y el amor, la muerte y la resurrección.  
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Mahler: poesía y sinfonía