Quien mal anda… mal acaba
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José Luis Cuevas. Serie Dibujos, 2000. |
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Gilberto Bergman Padilla
El sargento Lindo, jefe del comando policial de Diriamba, era visitante asiduo de la pulpería de Doña Sobeyda. Todas las tardes pasaba echando una platicadita en la que le contaba los últimos sucesos del pueblo. Además tenía garantizada su taza de café de leche y una hermosa empanada rellena de piña.
Una tarde le comentó que mi hermano Saúl era cliente asiduo del billar de “Chiveto Culo”, y que él estaba muy preocupado, pues los billares son centros de vicio, venden guaro, se fuma y además es un lugar de apuestas. Mi mamá le dijo que ya le habían llegado a poner las quejas de mi hermano, que lo había regañado pero que era imposible controlarlo.
El Sargento Lindo le dijo que él podía darle una escarmentadita, y le garantizaba que no volvería a visitar esos antros de perdición. Doña Sobeyda, no se preocupe, le vamos a dar su “pasadita de violín”, o sea un escarmiento. Que sea lo que Dios quiera Sargento, con tal que deje ese vicio del juego.
A la salida del IPD (Instituto Pedagógico de Diriamba) y como era la costumbre, mi hermano Saúl y sus amigos entraron al billar de Chiveto, se quitó la corbata y con ella amarró los libros. Estaba ensimismado en el juego que no se dio cuenta de la entrada de dos alistados que portaban sus respectivos Garand.
Vos chavalo, le dijeron, tenés que pasar pues sos menor de edad y no podés estar en este lugar. Mi hermano los quedó viendo y les dijo, no estoy yendo a ninguna parte y déjense de molestar que ustedes no saben con quién se están metiendo.
Mirá chavalo jodido, o pasás o te damos tu culatazo. Ustedes no saben que el Sargento Lindo es amigo de mi mamá, y cuando se entere que ustedes me quieren echar preso, los van a tener su buen rato en la bartolina. O pasás o te “verguiamos” y dejá de hablar “chochadas”, que éstas son órdenes del sargento Lindo.
Cuando mi hermano vio que los guardias estaban enojados agarró los libros y salió hacia el Cabildo con un alistado a cada lado.
Cuando llegaron le quitaron la camisa y lo amarraron a un palo de jícaro. Llamaron al preso de confianza y le dijeron que le diera “cuatro pasaditas de violín” al chavalo que estaba amarrado.
El preso de confianza sacó una “verga de toro” ( chilillo de cuero crudo) y le dio el primer chilillazo que le produjo un enorme cardenal en la espalda, el segundo, tercero y cuarto chilillazos fueron espantosos.
Los gritos que pegaba mi hermano eran peores que los de una mona mal tirada y cuando terminó el castigo, salió en una sola carrera, que ni los libros recogió.
Llegó a la casa pegando gritos y llantos. Cuando mi mamá le vio la espalda se pegó un enorme susto pues tenía cuatro enormes cardenales tan morados que hasta ganas de llorar le dieron.
Rosa, Rosa le gritó a la empleada, traeme una candela de sebo y manteca de cacao para ponerle en la espalda, pobrecito muchacho qué barbaridad lo que te hicieron, pero qué jodido estabas haciendo para que la guardia te hiciera esto, le preguntó.
Mamá, mamá, perdoname, estaba jugando billar donde Chiveto. Mi mamá le volvió a ver y le dijo, ¿no te he dicho mil veces que no quiero verte en esos lugares que son antros de perdición, que no es bueno visitarlos? Ya ves vos lo que te pasó, ¿es que nunca vas a aprender que…quien mal anda…mal acaba? 
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