El viejo y el mar:
Una concepción angustiosa de la existencia
Pablo Sanabria L./(Abogado)
Cuando en mi adolescencia leí por primera vez El viejo y el mar de Ernest Hemingway, no pude cerrar el libro hasta terminarlo. Desde entonces lo he re-leído varias veces y cada vez que lo hago me conmuevo como al principio. Esta es una obra fascinante por varias razones. Primero, porque está bien escrita. Cada adjetivo y cada sustantivo es como una nota musical en la partitura de una obra musical grandiosa. Nada es allí superfluo. Nada está de más. Segundo, porque El viejo y el mar plantea el problema fundamental de la razón de la existencia humana. La historia de Santiago, un viejo pescador cubano, expresa el desconcierto del autor ante la complejidad de la vida. Tercero, porque la historia enaltece el amor y la amistad representados en la relación de Santiago y su joven amigo “Manolín”, talvez como lo único que en la vida no necesita explicaciones.
Santiago había entrado en una mala racha de pesca y aunque ya pasaban ochenta y cuatro días de repetidos fracasos, no se daba por vencido. Al cumplirse el día ochenta y cinco, con el corazón lleno de fe, Santiago se metió temprano al mar en su bote de remos y aunque sabía más o menos dónde quería ir, se dejó llevar por la corriente hasta que se encontró solitario y sin horizonte, rodeado de azul. Había ido verdaderamente lejos (“demasiado lejos”) pero no se preocupaba por ello. Santiago era un viejo lobo de mar que no tenía miedo de la soledad. Allí estuvo practicando lo que mejor sabía hacer en la vida: pescar.
Pasado algún tiempo, el pez anhelado mordió uno de los anzuelos y Santiago supo de inmediato que se trataba de algo extraordinariamente grande. Santiago tendría que luchar contra el enorme pez, contra sí mismo y contra la naturaleza hostil (excepto las estrellas). Había que vencer o morir. Y esta vez, Santiago venció, y con gozo/dolor en el alma, Santiago mató al pez, lo amarró al bote y celebró por breve tiempo su victoria. Por breve tiempo porque los tiburones olieron la sangre del pescado herido y comenzaron a llegar primero uno, después dos, y finalmente, en oleadas.
Santiago hizo lo que pudo. Peleó día y noche con todo lo que tenía. Usó cada gramo de su viejo cuerpo para defender lo que era suyo (¿Suyo o del mar? ¿Suyo o de los tiburones?), pero los tiburones despedazaron su pez/trofeo. Lo único que dejaron fue la gran cabeza del pescado y su largo espinazo. Esta vez Santiago había sido derrotado y no le quedaba mas alternativa que aceptarlo.
Santiago maniobró el bote para ponerlo en dirección a casa, pero una vez en la corriente, se dejó llevar por ella que empujó el bote -y lo que quedaba del pescado- hacia las playas de la Habana. El viejo pescador se arrastró hacia su choza y se quedó dormido sobre los periódicos que hacían las veces de colchón sobre su catre. Manolín fue el primero en llegar al escenario seguido de otros pescadores. Todos estaban asombrados de las dimensiones del pez. Manolín corrió a la choza de Santiago y allí lo encontró todavía dormido sobre su catre. La historia concluye con acciones y palabras de ánimo y de tierno amor expresadas por el niño hacia el viejo pescador.
Hemingway presenta por medio de esta historia una concepción angustiosa de la existencia. Los seres humanos y no humanos hemos sido puestos en un mundo hostil en el que, sin alternativas, estamos obligados a pelear y a matarnos mutuamente para obtener lo que necesitamos. Este mundo es como el mar inmenso que guarda tesoros codiciables y que a la vez, está lleno de peligros, de retos y de enemigos que tratan de despojarnos de nuestros trofeos, o que talvez tratan de recuperar lo que nosotros les hemos arrebatado. La confusión es tal que es imposible saber quién arrebata a quién.
Además, los humanos vivimos en un eterno monólogo tratando de explicarnos la existencia, pero nada ni nadie nos responde porque simplemente no hay nada que explicar. Las cosas son como son: absurdas e ininteligibles, sin meta ni propósito. Es necesario aceptar ese hecho y hacer/decidir lo que podamos mientras somos llevados por la corriente. La virtud no consiste en ganar o perder sino en luchar, en hacer lo mejor que se pueda, en aceptar la derrota cuando ésta llega y en volverse a levantar para seguir luchando. La única verdad que no necesita explicaciones, es el amor.
El existencialismo filosófico adoptado por Hemingway no le permitió aceptar la sencilla pero coherente explicación cristiana de la realidad. Sin considerar la existencia y la participación de Dios en la historia, Hemingway presenta al ser humano solo, peleando con sus circunstancias que casi siempre son adversas. La verdad es que si Dios no existiera, como pensaba este gran escritor, la vida sería el mayor de los absurdos y los seres humanos seríamos básicamente marionetas del destino sin mucho margen para poder cambiarlo. 
|