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Recordando a Ana

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.Un repaso por la historia de Ana Frank, a los 75 años de su natalicio, quien escribiera uno de los diarios más leídos

 

Pablo Gámez/(Redactor de Artgos Int.)

Durante más de medio siglo la Medweplein ha sido uno de los lugares más emblemáticos de la Segunda Guerra Mundial. Su casa, ubicada en la garganta de la ciudad de Ámsterdam, se hizo con el tiempo símbolo de la resistencia a la tiranía nazi. Su diario personal, escrito durante los años de cautiverio, es un desgarrador testimonio de la máquina de miedo y muerte encarnada por la Alemania de Adolf Hitler. ¿Pero quién sabe de ella, setenta y cinco años después de su nacimiento?

En Frankfurt nació el 12 de junio de 1929 y dejó Alemania cuatro años después, en 1933, huyendo de la persecución nazi. Su padre había adquirido una licencia para la fabricación en Holanda de Opekta, un producto utilizado en la elaboración de mermeladas.

La empresa tuvo su sede en un edificio ubicado a orillas del canal Prinsengracht 263 y como tantos otros edificios amsterdameses, el inmueble estaba constituido de una casa que da a la calle y otra casa al fondo. Esta última fue la que su padre acondicionó con cuatro habitaciones que funcionarían como refugio a partir de 1942, año en que los primeros judíos residentes en Holanda recibieron una citación para ser enviados a los campos de concentración nazis.

La primera de los Frank en recibir la orden de parte del ejército nazi fue Margot. Corría el mes de julio y en cuestión de horas la vida de aquella familia judía sufrió un cambio dramático. A partir de entonces, la Achterhuis, un complejo de cuartos secretos, se convertiría en el refugio que los mantendría protegidos de la pesadilla nazi, temporalmente.

En el mayor de los anonimatos y privados de todo contacto con el exterior, vivieron durante dos años escondidos del ejército de Adolf Hitler. Solamente por las noches podían permitirse mirar a través de una pequeña ventana, lo cual constituía el único contacto visual con el exterior. Una vieja radio les mantenía informados sobre la ocupación nazi en Holanda. Las precauciones, sin embargo, les impedía escucharla regularmente.

El desasosiego era inmenso. La ilusión se desvanecía. Al verse privada de toda oportunidad de amistad y obligada a llevar una vida secreta, limitada y silenciosa, aquella niña se volcó a escribir extensas cartas a Kitty, su amiga imaginaria y suerte de confesor.

Con apenas 13 años, esa niña fue capaz de escribir lo que posteriormente se convertiría en uno de los testimonios más puros y desgarradores de la Segunda Guerra Mundial.

“Es un símbolo que continúa vigente, a pesar de que hoy tengamos una situación muy diferente a la que aconteció durante la Segunda Guerra Mundial”, explica Hans Westra, director de la Casa Ana Frank, y agrega: “El punto es que no tenemos genocidios tan industrializados como los que presenciamos en los años del dominio nazi en Europa. No obstante, ella simboliza los horrores perpetrados durante el Holocausto contra el pueblo judío. En la actualidad, ella representa la causa y dignidad de los perseguidos, de aquellas personas privadas de sus derechos individuales. Es un símbolo contra toda forma de discriminación e intolerancia”.

El diario, compuesto en forma de cartas y escrito entre el 12 de junio de 1942 y el 1 de agosto de 1944, constituye uno de los documentos más impresionantes escritos en primera persona por una de las víctimas del Holocausto. Es el compendio del miedo que siente al vivir encerrada con su familia. Es la añoranza de poder acariciar nuevamente la libertad y verse acompaña de sus amigas. Es el confesionario de una difícil relación con su madre y de un profundo respeto y confianza hacia su padre. Es el testigo de los cambios que su cuerpo de adolescente experimenta. Es el testimonio de la desesperación y del dolor de ser privado y excluido.

Confinada en las pequeñas habitaciones de la Achterhuis y viendo los mismos rostros durante dos años, esa niña supo captar la esencia del ser humano al describir y comprender a las personas que sufren por el temor.

Hans Westra explica que “en Europa su nombre es de dominio de todas las generaciones. En casi todos los países europeos su diario es lectura obligatoria, tanto en colegios como en escuelas. Pero en el caso de Latinoamérica es distinto. Ahí tenemos más trabajo que realizar para que su historia llegue a entenderse en su totalidad. No es sencillo explicar quién era. Sin embargo, la gente, aunque no conozca nada de su historia, se entusiasma por la sinceridad, por el estilo y forma que ella utilizó para transmitir sus sentimientos y valores”.

En el diario quedó todo escrito. El diario se hizo su voz y se convirtió en su mundo. Ella se describía a sí misma como un pequeño puño de contradicciones. Quería volver a ser libre, a estar bajo el sol, a pertenecer nuevamente a la vida y al mundo que únicamente podía ver por la ventana durante la noche. Ella sufrió en los insondables abismos de la soledad, y a pesar de esto su actitud fue siempre positiva, mantenida por una hermosa filosofía que nació de una adolescente que comprendía la amenaza que estaba por devorarla.

“A pesar de todo sigo creyendo que las personas tienen buen corazón. No puedo llenarme de esperanza si pienso en la confusión, la miseria y la muerte. El mundo gradualmente se está convirtiendo en un bosque. Escucho la tempestad que nos destruirá. Siento el sufrimiento de millones y, sin embargo, si miro hacia el cielo, creo que todo saldrá bien, que esta crueldad también terminará y que la paz y la tranquilidad volverán nuevamente”, dejó escrito en su diario.

¿Entienden las nuevas generaciones el peligro que encierra la intolerancia y la discriminación? Westra responde: “Depende mucho del país del que hablemos. En Holanda existe esa conciencia de luchar contra la intolerancia y la discriminación, siendo un sentimiento profundamente arraigado en las nuevas generaciones de jóvenes. El problema es que los grados de conciencia son muy diferentes entre una nación y otra”.

Cuatro soldados alemanes irrumpieron violentamente en el escondite, la Achterhuis había sido descubierta y sus ocupantes habían sido delatados. Es el 4 de agosto de 1944. Los soldados destruyeron la casa en busca de joyas y dinero, jamás se interesaron por el diario de aquella niña.

Todos los miembros de la familia quedaron detenidos y fueron deportados al campo de concentración de Westerbork. Ante la inminente liberación de Holanda por las fuerzas aliadas, los nazis ordenaron el traslado de los prisioneros a Auschwitz y poco después a otro campo de exterminio.

Después de ser evacuada de Auschwitz, aquella niña llegaba al campo de Bergen-Belsen en octubre de 1944. Pero el hambre, el frío y las enfermedades fueron deteriorando a los prisioneros de los campos de concentración.

Margot, su hermana, murió por haber desarrollado tifoidea. En abril de 1945 y a la edad de quince años, Ana fallecía por la misma enfermedad. Poco después moriría su madre.

Únicamente sobrevivió el padre, Otto Frank, que recogió el diario del lugar secreto donde yacía escondido y gracias a él se divulgó este texto que fue un pilar en la literatura y en la historia.

Aquella niña le heredó a la humanidad un testimonio de valor, optimismo, espiritualidad. Una detallada descripción de los horrores perpetrados durante la Alemania nazi y la ocupación de Holanda.

Pero el setenta y cinco aniversario del nacimiento de Ana Frank llega en un contexto de alarmantes indicios de una judeofobia reinante en Europa.

Son muchos los que callan ante realidades como la fuerte custodia policial en los colegios judíos y sinagogas. Es un hecho que se multiplican los casos en que en distintas capitales europeas se les pega e insulta a judíos que andan por las calles. Lo mismo sucede con la profanación de cementerios y tumbas judías. Son aún más los que guardan silencio ante la amenaza del integrismo islamista a las comunidades judías europeas.

Paradójico es que la memoria de la humanidad sea una memoria delgada, tan fina como irresuelta. Que su envoltura no la proteja de los olvidos que impone la conveniencia de los tiempos y la Historia con sus trampas y encrucijadas. Las distorsiones del recuerdo son muchas, variadas en su naturaleza, generalmente dictadas por la generalidad de las conveniencias y por los vientos políticos que asechen. No hay garantías para que la historia se repita, es cierto, pero el recuerdo de un personaje como el de Ana Frank es un remedio contra las hordas de la ignorancia y la demagogia del olvido.  
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