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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 28 DE FEBRERO DE 2004
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El Pícaro y El Güegüense

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Jorge Eduardo Arellano*

Sin trascender el nivel folclorista, la adaptación de El Güegüense, concebida y adaptada por Irene López es un espectáculo digno y meritorio. Digno porque la Directora del Centro Cultural del Folclor y Danza Popol Vuh, vuelca en su montaje toda la experiencia acumulada en su carrera, manteniendo el ritmo que le otorga a la ópera prima veterana de la nicaraguanidad; meritorio por constituir un gran esfuerzo de equipo bajo su atenta e inteligente conducción con la asistencia de Flor de María Pérez.

Dicho esfuerzo incluye una coreografía creativa, una sobria escenografía, el diseño variado de vistosísimos trajes y la recreación de nuestros parlamentos desde nuestro claro, comunicativo español “nicaraguanizado”. Un acierto novedoso, en línea de Carlos Mejía Godoy. De hecho el avispado niño que interpreta al protagonista —El Güegüensito— que obsequia Irene parece inspirarse en el pupilo que le ayuda a Carlos a conducir su programa televisivo El Clan de la Picardía. Así lo demuestra una fonética similar.

En su versión, nacida de lecturas y estimulada por anteriores puestas escénicas, Irene incorpora personajes extraños al original, representado durante más de tres siglos. La Muerte Quirina, que refleja la desgracia en que ha caído la gobernación o cabildo real, es uno de ellos. Otros dos: El Diablo, enropado de oro— el mayor símbolo de la ambición humana— que se va a llevar a las autoridades corruptas, y el Zopilote que representa a los cobradores de impuestos. Tomados del acervo popular se armonizan con el hilo narrativo y didáctico que les asigna a otros personajes anónimos y complementarios, aportados por su imaginación. Ellos conforman una especie de coros o señoras del tiangue, sobresaliendo Las Chismosas: otra novedad acertada de Irene.

Ella, asimismo, dio vida a grupos de gitanos que -afirman en el correspondiente programa de mano- se mantenían por los diferentes países de América y que seguro pernoctaban en los mismos lugares donde dormían los güegüenses. Como licencia cabeceña de la adaptadora, resulta válido e incluso no desentona en su ejecución y concepción de la obra; pero se desconoce registro documental alguno de esos grupos (que el siglo XIX el pueblo llamaba húngaros), en la mesoamérica colonial. Los gitanos aparecidos por Centroamérica datan del siglo XIX y su impronta en nuestro folclor y narrativa fue importante, Irene conoce a fondo las danzas que nos heredaron. Yo me sé dos cuentos: uno de Adolfo Calero Orozco (Polvo de oro); y el otro de Fernando Silva (Los húngaros).

Lo que sí resultó superfluo fue la incorporación del Jarabe Tapatío, interpretado por el mariachis Vargas de Tacalitlán, pues son ajenos a la urdimbre barroca de nuestros sones güegüensianos y, por el contrario, apuntan hacia una tipicidad turística a los Amalia Hernández que sólo lo justifica, aunque no lo salva, un entusiasmo musical y danzario desmedido. No sobra por su parte, El Son de Pascua No. 5 del compositor masatepino Carlos Ramírez Velásquez, interpretado por la Camerata Bach.

Los mismos personajes de la obra —niños y adolescentes— no son teatristas. Por ello no se le puede exigir capacidad actoral. Realmente la comicidad estructural güegüensiana brilla por su ausencia: esta versión no produce, como la de César Páez, la espontánea y sostenida carcajada batiente. Pero no era ese el objetivo verdadero de Irene, ajena al arte dramático.

Otra peccata minuta es su interpretación de hilo azul; “el hilo azul celeste que tejió la bandera nicaragüense”. Tiene razón en cuanto a ese tono de azul; pero el hilo azul aludido en la obra era, más bien, hilo morado —así se le llamaba—, extraído por lo indios de un molusco en la costa del Pacífico.

Con todo, asistimos a su montaje fiel a su originalidad en su potencialidad crítica, ya que no pocos parlamentos se asocian inmediatamente a situaciones actuales de nuestra vida política. A un muestrario de música y danza, revelador de la singularidad creadora de nuestro pueblo en general, y de nuestra juventud en particular, en tales artes. Más que una comedieta —a veces cansona—, se trata de un superbailete (43 bailarines lo integran, incluyendo a personas de la tercera edad). O bailete deslumbrante. ¡Enhorabuena, Irene y Flor de María!

* Académico de la lengua  
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