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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 28 DE FEBRERO DE 2004
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Saramago: “A mí no me preocupa tanto el yo como el otro”

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.La historia de la última novela del autor de El hombre duplicado

 

AP

El premio Nobel contó cómo surgió la historia de El hombre duplicado, “surgió por el título un día, mientras me afeitaba. No es un libro sobre la identidad propia, sino sobre los otros. A mí no me preocupa tanto el yo como el otro. Porque en este tiempo, esos otros entran todos los días por todos los puertos de Europa y tenemos que tratar de entenderlos en su condición. El mundo no es sólo la ciudad donde estamos”.

La historia de la última novela del autor de Todos los nombres se inicia cuando Tertuliano Máximo Afonso descubre a sus treinta y ocho años que en su ciudad vive un individuo que es su copia exacta y con el que no le une ningún vínculo de sangre. Ése es el interrogante que Saramago, explorando de nuevo las profundidades del alma, plantea en El hombre duplicado.

El hombre duplicado significa una continuidad y una ruptura con su obra. “Por un lado, continúa con una línea de pensamiento, porque el autor tiene una determinada visión del mundo que manifiesta. Pero también hay una ruptura, porque el estilo es más austero y hay una economía de la narrativa, a diferencia del lenguaje barroco que caracterizó, por ejemplo, a Memorial del convento. Eso no significa que no vuelva a escribir con este estilo”.

El escritor portugués ha sostenido en varias entrevistas que sus obras; Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La caverna componen una trilogía. “Creo que en lugar de La caverna, esa trilogía voluntaria se completa con El hombre duplicado”, dijo.

Por último, también se refirió a la situación política del mundo. La palabra democracia fue el punto de partida para hilvanar una serie de reflexiones: “El ruido ocupa hoy el lugar de la reflexión. Hay una palabra que me interesa porque se está vaciando de contenido: democracia. Hoy podemos discutir sobre todos los temas, menos sobre la democracia, que se está convirtiendo en una fachada”.


BREVE BIOGRAFIA

José Saramago nació en Azinhaga (Portugal) en 1922. Antes de responder a la llamada de la literatura trabajó en diversos oficios, desde cerrajero y mecánico, hasta editor.

En 1947 publicó su primera novela, Tierra de pecado. Pese a las críticas estimulantes que entonces recibió, el autor decidió permanecer sin publicar más de veinte años porque “no tenía nada que decir”.

Sin embargo, a finales de los sesenta se presentó con dos libros de poemas: Los poemas posibles y Probablemente alegría (parte de un ciclo que completaría en 1975 con El año 1993).

Saramago es dueño de un mundo propio, minuciosamente creado, libro a libro, y su obra lleva muchos años situándolo en el primer plano literario de su país. Ya sus primeras publicaciones en prosa; Manual de pintura y caligrafía (1977) y Alzado del suelo (1980), lo acreditan como un autor de indiscutible originalidad, por su controvertida visión de la historia y de la cultura.

No obstante, la celebridad y el reconocimiento a escala internacional le llegaron con la aparición en 1982 de su ya legendaria novela Memorial del convento, a la que siguió El año de la muerte de Ricardo Reis. En esta última, su precisa y sentimental indagación del universo de Fernando Pessoa —a través de uno de sus heterónimos— se convierte casi de inmediato en una obra “de culto”, que cruza todas las fronteras.

El trabajo narrativo de José Saramago goza desde entonces de una admiración sin límites, que cada nuevo título va confirmando: La balsa de piedra (1986), Historia del cerco de Lisboa (1989), El evangelio según Jesucristo (1991), Casi un objeto (1994), Viaje a Portugal (1995) o Ensayo sobre la ceguera (1996).

Todos estos textos —que suscitan tantos elogios como reñidos debates— consagran a José Saramago como una de las principales figuras de la literatura de este siglo. Distinguido por su labor con numerosos galardones y doctorados honoris causa (por las universidades de Turín, Sevilla, Manchester, Castilla-La Mancha y Brasilia), José Saramago ha logrado compaginar sus viajes y su labor literaria con su amor a Lisboa y sus estancias en Lanzarote, lugares en los que reside alternativamente y donde lleva adelante su búsqueda artística. Algo que señala con justificada reiteración en Cuadernos de Lanzarote, verdadera autobiografía espiritual donde Saramago subraya las líneas maestras que guían su escritura.

Ha recibido el Premio Camoes, equivalente al Premio Cervantes en los países de lengua portuguesa.

El trabajo narrativo de José Saramago goza desde entonces de una admiración sin límites, que cada nuevo título va confirmando: La balsa de piedra, Historia del cerco de Lisboa, El evangelio según Jesucristo, Casi un objeto, Viaje a Portugal, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres y La Caverna. Todos estos textos —que suscitan tantos elogios como reñidos debates— consagran a José Saramago como una de las principales figuras de la literatura de este siglo.


LIBROS

Poesías

Poemas posibles (1966)

Probablemente alegría (1970)

El año de 1993 (1975)

Novelas y relatos

Tierra de pecado (1947)

Manual de pintura y caligrafía (1977)

Casi un objeto (Cuento, 1978)

Alzado del suelo (1980)

Memorial del convento (1982)

El año de la muerte de Ricardo Reis (1984)

La balsa de piedra (1986)

Historia del cerco de Lisboa (1989)

El Evangelio, según Jesucristo (1991)

Ensayo sobre la ceguera (1996)

Todos los nombres (1997)

Cuento de la isla desconocida (Cuento, 1998)

La caverna (2000)

El hombre duplicado (2002)

Ensayo

De este mundo y del otro (1985)

El equipaje del viajante (1973)

Las opiniones que DL tiene (1974)

Apuntes (1976)

Viaje a Portugal (1981)

Teatro

La noche (1979)

¿Qué haré con este libro? (1980)

La segunda muerte de Francisco de Asís (1987)

In nomine Dei (1993)

Diario

Cuadernos de Lanzarote (4 volúmenes) (1994-1997).


BRUJULA DE LECTURA

El hombre duplicado

Ni el propio Tertuliano Máximo Alfonso sabría decir si el sueño volvió a abrirle los misericordiosos brazos después de la revelación tremebunda que fue para él la existencia, tal vez en la misma ciudad, de un hombre que, a juzgar por la cara y por la figura en general, es su vivo retrato.

Después de comparar demoradamente la fotografía de hace cinco años con la imagen en primer plano del recepcionista, después de no haber encontrado ninguna diferencia entre ésta y aquélla, por mínima que fuese, al menos una levísima arruga que uno tuviese y al otro le faltara, Tertuliano Máximo Alfonso se dejó caer en el sofá, no en el sillón, donde no habría espacio suficiente para amparar el desmoronamiento y moral de su cuerpo, y allí con la cabeza entre las manos, los nervios exhaustos, el estómago en ansias, se esforzó por organizarlos pensamientos, desenredándolos del caos de emociones acumuladas desde el momento en que la memoria, velando sin que él lo sospechase tras la cortina corrida de los ojos, lo despertara sobresaltado de su primer y único sueño.

Lo que más me confunde, pensaba con esfuerzo, no es tanto el hecho de que este tipo se me parezca, de que sea una copia mía, un duplicado, podríamos decir, casos así no son infrecuentes, tenemos los gemelos, tenemos los sosias, las especies se repiten, el ser humano se repite...

Todos los nombres

Era verdad que no se le había ocurrido algo tan simple y cotidiano como consultar la guía telefónica, que es lo habitual cuando se quiere conocer el número o la dirección de la persona a cuyo nombre está al teléfono. Su primera acción, si pretendía averiguar el paradero de la mujer desconocida, debía haber sido esa, en menos de un minuto sabría dónde encontrarla, después, con el pretexto de esclarecer las imaginarias dudas de la inscripción en el Registro Civil, podría concertar con ella un encuentro fuera de la Conservaduría, alegando que deseaba ahorrarle el pago de una taza, por ejemplo, y luego, arriesgando todo en un gesto temerario, en ese momento o días más tarde, cuando ya tuvieran confianza, pedirle, cuénteme su vida.

No había procedido así y, aunque fuese bastante ignorante en artes de psicología y arcanos del inconsciente, comenzaba ahora, con apreciable aproximación, a comprender por qué. Imaginemos un cazador, iba diciéndose a sí mismo, imaginemos un cazador que hubiese preparado cuidadosamente su equipo, la escopeta, la cartuchera, el morral de la merienda, la cantimplora del agua, la bolsa de red para recoger las piezas, las botas camperas, imaginémoslo saliendo con los perros, decidido, lleno de ánimo, preparado para una larga jornada como es propio de las aventuras cinegéticas y, al doblar la esquina más próxima, todavía al lado de casa, le sale al encuentro una bandada de perdices dispuestas a dejarse matar, que levantan el vuelo pero no se van de allí por más tiros que las abatan, con regalo y sorpresa de los perros, que nunca en su vida habían visto caer el maná del cielo en tales cantidades.

Cuál sería, para el cazador, el interés de una caza hasta este punto fácil, con las perdices ofreciéndose, por decirlo así, ante los cañones, se preguntó Don José, y dio la respuesta que a cualquiera le parecerá obvia. Ninguno. Lo mismo me pasa a mí, añadió, debe de haber en mi cabeza, y seguramente en la cabeza de todo el mundo, un pensamiento autóctono que piensa por su propia cuenta, que decide sin la participación del otro pensamiento, ese que conocemos desde que nos conocemos y al que tratamos de tú, ese que se deja guiar para llevarnos a donde creemos que conscientemente queremos ir...

El evangelio, según Jesucristo

Las fuerzas de José cedieron de golpe ante el desastre. Como un ternero fulminado, de aquellos que vio sacrificar en el templo, cayó de rodillas y, con las manos contra el rostro, se le soltaron de una vez todas las lágrimas que desde hacía trece años venía acumulando, a la espera del día en que pudiera perdonarse a sí mismo o tuviera que enfrentarse con su definitiva condena. Dios no perdona los pecados que manda a cometer.

José no regresó al almacén, había comprendido que el sentido de sus acciones estaba perdido para siempre, ni el mundo, el propio mundo, tenía ya sentido, el sol iba naciendo y para qué, Señor, en el cielo había mil pequeñas nubes dispersas en todas las direcciones como las piedras del desierto.

Viéndolo allí, secándose las lágrimas con la manga de la túnica, cualquiera pensaría que se le había muerto un pariente entre los heridos recogidos en el almacén, y lo cierto es que José estaba llorando sus lágrimas naturales, las del dolor de la vida.

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Saramago: “A mí no me preocupa tanto el yo como el otro”