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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 28 DE FEBRERO DE 2004
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Recuerdos de Julio

Foto  
.A Claribel Alegría

 

Alejandro Serrano Caldera*

Mi secretaria colombiana, Beatriz Díaz, abrió la puerta del despacho y me preguntó si el señor Cortázar había hecho la cita directamente conmigo, pues ella no lo tenía registrado en la agenda de entrevistas.

¿Cortázar? ¿Julio Cortázar?, pregunté. Sí, me respondió. Por favor hágalo pasar de inmediato, dije, mientras caminando tras mis palabras, me dirigía yo mismo a abrir la puerta de la pequeña oficina de la Embajada ante la UNESCO, que ocupaba también, hasta ese momento, para el desempeño de mi cargo de embajador ante el Gobierno de Francia.

Frente a mí se puso de pie Julio Cortázar, altísimo, de mirada dulce, y barba poblada, como lo había visto en las fotografías. Pidió disculpas por haber llegado sin anunciarse; yo le di las mías por haberlo hecho esperar. Me preguntó si era posible enviar a Nicaragua algunos de sus libros por la valija diplomática; yo le respondí afirmativamente. Creo que era enero de 1980. A partir de ese momento nacería entre nosotros una entrañable amistad que sólo se interrumpiría con su muerte en febrero de 1984.

De Julio recuerdo tantas cosas en el París de esos años: su sencillez, su bondad, su amor por Nicaragua y la Revolución, las reuniones en mi casa en las que coincidiría algunas veces con Armando Morales, Roberto Armijo, Henri Lefebvre, con quien se encontró en el ascensor. Julio no conocía personalmente a Lefebvre pero sentía por él una gran admiración, fruto de la lectura de algún libro del filósofo francés. Pero hasta entonces, según me contó, nunca se había encontrado con él. Esa noche la cena en mi casa estuvo presidida por la conversación entre el autor de Rayuela y el de Critique de la vie quotidienne.

En mi memoria, y en la de mi esposa Giovanna, están presentes esas visiones de los momentos compartidos con Julio en nuestra casa, que era la casa de Nicaragua en París, y alguna vez, y en ocasión de recepciones a Ernesto Cardenal o Sergio Ramírez, con Michel Foucault, Jacques Derrida, Francois Chatelet y Manuel Scorza, el novelista peruano, muerto trágicamente en un accidente aéreo en 1982, en las cercanías de Madrid, y con quien, junto con Roberto Armijo, tuve la idea, nunca cumplida, de fundar una revista de escritores latinoamericanos en París.

La sencillez de Julio era admirable. Recuerdo que en una ocasión en la UNESCO, saliendo con él de un concierto de mi cuñada, la pianista brasileña Licia Lucas, fue reconocido por un grupo de estudiantes latinoamericanos que muy pronto le rodearon. Uno de ellos, un boliviano, se le acercó con un libro pidiéndole el autógrafo. Julio tomó su pluma y al momento de firmar se detuvo, miró sonriendo al joven y le dijo: pero este libro no es mío; Cien Años de Soledad es de García Márquez. Ya lo sé, le respondió el estudiante, pero es el libro que tengo a mano, además, esto es único, pues no creo que nadie más tenga un libro de García Márquez autografiado por Julio Cortázar. Está muy bien, dijo riéndose mientras firmaba; por mi parte encantado y pienso que a Gabo tampoco le importará.

Julio estaba presente en todo lo relacionado con Nicaragua. En Radio France International grabamos juntos toda una tarde un programa sobre mi país, que él amaba como propio. El programa fue transmitido por entregas durante una semana en la misma Radio France International, con los comentarios de Alain Rouquier. Estuvo también en el Palais des Congres, un día de diciembre de 1983 en donde quinientos intelectuales europeos brindaban un homenaje a Nicaragua. Ya estaba muy enfermo. Esperó que concluyera mi discurso para despedirse. Me dijo que no se sentía bien. Estaba a menos de dos meses de su muerte.

Días antes había cenado en casa, acababa de regresar de Buenos Aires, agotado, según nos dijo, por el viaje y la actividad intensa desplegada en Argentina: visitas a familiares, amigos, recorridos extenuantes por el país, conciertos, recitales, como para atrapar todo el paisaje de sensaciones de su tierra en una sola y última emoción. Pienso que fue la ceremonia del adiós y que él lo sabía... El año anterior había muerto Karol Dunlop, su compañera, nuestra amiga, la autora de ese libro maravilloso de fotografías, Niños de Nicaragua.

Antes de hospitalizarse habló conmigo por teléfono, me dijo que se internaría por varios días, que a su regreso revisaría el texto de la declaración cuyo borrador escribí y discutí con Jean-Pierre Chevenement, ex Ministro del Gobierno de Pierre Mauroy, bajo la presidencia de Francois Mitterrand, y a quien yo había visitado en su nuevo despacho en Saint-Mitchel con ese propósito. Ambos convenimos pasárselo a Cortázar para su revisión final.

Julio era el promotor de la idea de una declaración de respaldo a Nicaragua que debía ser suscrita por científicos, filósofos e intelectuales franceses. Chevenement estuvo de acuerdo y se ofreció a hablar con los científicos y escritores con los cuales mantenía estrecha relación desde su época de Ministro de Educación, Ciencia y Tecnología y con los filósofos que se agruparon en el Colegio Internacional de Filosofía, que él organizó por sugerencia de Mitterrand, en colaboración con Francois Chatelet y Jacques Derrida. Con la muerte de Julio murió también el proyecto de declaración.

Julio murió el 13 de febrero de 1984. Las hijas de Claribel Alegría, Patricia y Karen las gemelas, me lo comunicaron. Después llamó (¿o fui yo quien lo hizo?) Saúl Yurkevitch y luego Aurora Bernardes, su primera esposa, invitándome a que llegara esa noche a la vela, en su casa del dizhuitieme parisino, en donde en otros momentos había compartido largas conversaciones con él.

Al día siguiente llegó Tomás Borge, su gran amigo nicaragüense. A pesar de todos sus esfuerzos no pudo estar a la hora del funeral. Por la tarde fuimos todos a Pere Lachaisse en compañía de Aurora y Tomassello, el amigo y escultor argentino que luego haría la escultura sobre su tumba. De Nicaragua había llegado también Claribel Alegría, una de las amigas más cercanas y más queridas de Julio y Aurora desde la primera época.

Revisando con Giovanna y nuestros hijos álbumes familiares, vi de nuevo la fotografía que alguien nos tomó en 1982, en la Sala Pleyel. En ella estamos Aurora Bernardes, Giovanna y yo. Julio está de pie al lado nuestro, inaugurando el majestuoso aplauso con el que todo el público celebraría el concierto que acababa de ofrecer Miguel Angel Estrella, el gran pianista argentino (tucumano, preferiría él, probablemente).

Miguel Angel estuvo preso en Uruguay, en una cárcel llamada La Libertad, víctima de la represión de los militares argentinos y otros cómplices uniformados. Julio Cortázar trabajó incansablemente con la solidaridad internacional y con la UNESCO para liberarlo de La Libertad. Su enorme estatura resalta aún más en la fotografía, pues el resto del público está sentado y dirige hacia él miradas de admiración y sorpresa. Algunos le habían reconocido.

Fueron segundos que la cámara capturó, pues casi instantáneamente, con la diferencia de esos fragmentos de tiempo, la sala entera estuvo de pie atrapada por la magia de esos dos argentinos excepcionales...

*Filósofo nicaragüense  
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Recuerdos de Julio