JUEVES 26 DE FEBRERO DEL 2004 / EDICION No. 23374 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Sofía Coppola, hija de tigre

Foto  

Sofía Coppola.

 

Fabián W. Waintal

Se sonroja si le remarcan que es prima de Nicolas Cage o hija del famoso Francis Ford Coppola y agacha la cabeza al escuchar el récord del año, al haber recibido tres nominaciones al Oscar como Mejor Dirección, Mejor Guión Original y Mejor Película por Lost in Translation. Apenas si se anima a susurrar “No puedo creerlo”. Así de tímida es Sofía Coppola.

La forma de hablar, en voz baja y calmada, demuestra la vergüenza que le da hablar en primera persona, cuando la entrevistamos en el Four Seasons Hotel de Beverly Hills. Y expuso la misma timidez cuando tuvo que posar para la foto del Oscar, rodeada de los otros cuatro directores nominados, como Clint Eastwood o Peter Jackson (El señor de los anillos).

Le cuesta creer el éxito logrado con una mínima inversión de cuatro millones de dólares en una producción independiente que ya recaudó más de 40 millones de dólares, solamente en Estados Unidos, demostrando que en Hollywood todavía se puede hacer mucho, con muy poco.

—Todos, en general, buscamos la aprobación de nuestros padres en nuestro trabajo ¿pero cómo es en tu caso cuando le llevas una película tuya a alguien como Francis Ford Coppola?

—Por supuesto me encanta que a mis padres les guste mi trabajo. Los dos me apoyaron siempre. Me ayuda mucho mostrarle una película a papá, porque él siempre salta con buenas ideas que a mí no se me hubiesen ocurrido. Y a veces me sugiere ciertos temas como “Esto sería bueno que lo mostraras más adelante” o “Deberías ser más clara en esto”.

Me acuerdo que la primera vez que vino a verme dirigir, me sugirió que gritara más fuerte la palabra “Acción” (se ríe). Pero me ayuda, aunque también a veces molesta cuando los padres opinan con ciertas ideas fijas, porque yo igual quiero hacer una película mía, a mi manera. Así que trato de incorporar los consejos que me gustan, pero mantengo mi estilo propio.

—¿Y le gusta que tu estilo de cine sea tan diferente al de él?

—Creo que le gusta que haga películas tan personales. Pero como también es director, quiere que las cosas se hagan como le parecen a él. Por eso, necesito mostrarle que mi trabajo es diferente.

—¿Ahora que lo empezaste a sentir en primera persona, cómo fue crecer al lado de un director tan famoso?

—Por un lado me gustó observar la locura de la fama desde cierta perspectiva, apartada a un lado. Me acuerdo cuando era chica y me llevaban al Festival de Cannes, veíamos la manía de los papparazzis, en situaciones donde se olvidan los límites que pueda tener cualquier persona, empujándome para llegar a mi padre... cosas así.

—¿Y habiéndote casado con otro director como Spike Jonze? ¿cómo viven dos directores bajo el mismo techo?

—Hablamos mucho de trabajo con mi esposo, pero también tenemos una vida personal fuera del cine. Hay días en que es bueno tener a alguien en casa, que entiende lo que yo hago.

—¿Es verdad que hay un champagne con tu nombre?

—Sí. Mi padre también tiene viñedos y cuando yo era chica, me dijo que quería hacer un champagne con mi nombre. Pero yo no tuve nada que ver, sólo tiene mi nombre.

—¿Es dulce? ¿tiene algún sabor particular?

—Es difícil describirlo. Creo que es seco... es rico. Es genial tener un champagne con tu nombre. Me gusta.

Habla seriamente, aunque a veces se le escapa una retraída sonrisa. Y cubre las manos entre las piernas cruzadas, como si pudiera esconderse por completo, para dejar de hablar sobre ella. Sofía Coppola no está acostumbrada a las entrevistas. Desde siempre, sólo escuchó hablar sobre el padre, Francis Ford Coppola. El mismo que le abrió camino en el Mundo del Espectáculo, cuando siendo apenas un bebé la incluyó como extra en las dos primeras versiones de El Padrino. En la última película sobre la mafia, incluso la eligió para reemplazar a Winona Rider, en el papel de la hija de Michael Corleone.

La faceta de actriz reapareció en la película La guerra de las galaxias: episodio I; pero Sofía terminó inclinándose por la misma profesión del padre, dirigiendo las películas Lick the Star y Virgin Suicides, para consagrarse con las tres nominaciones al Oscar que recibió este año por Lost in Translation, además de haberse convertido en la primera mujer estadounidense que fue nominada al Oscar como Mejor Directora (las anteriores Lina Wertmuller y Jane Campion, eran de Italia y Nueva Zelandia).

—¿Personalmente crees que te mereces el Oscar? ¿en qué se diferencian tus películas de otras?

—No sé... A mí me gusta el tipo de cine que sostiene cierta atmósfera de estados de ánimo, con impresiones de sentimientos, en vez de llevarse mas por la historia.

—¿Le prestas atención también a los trajes que te vas a poner en las entregas de premio?

—Cada vez que voy a un lugar donde sé que hay cámaras, me planteo si me gustaría verme en una foto con ese vestido, dentro de seis meses. Sin ser demasiado extravagante, trato de ser presentable. La moda es divertida.

—¿Qué pasó con la línea de ropa propia que tenías con la marca Milk Fedí?

—Todavía la tengo. Cerramos los negocios de Estados Unidos, porque es demasiado trabajo, pero en Japón seguimos con la marca.

—Otra de las nominaciones al Oscar se la llevó Bill Murray como Mejor Actor. ¿Con tan poco presupuesto, fue difícil conseguirlo para protagonizar la película?

—Lo difícil fue ubicarlo. Cuando llamé al representante, me dijeron: “Hace meses que no hablamos con él”. Tardé ocho meses en encontrarlo. Lo llamaba todos los días a un teléfono con contestador automático. Y cuando él me contestó, yo justo me había lastimado un dedo del pie y no estaba en casa porque había ido a ver un médico. Cuando llegamos a Japón, pensábamos que Bill nos había dado el OK, pero no era nada seguro. Al final apareció, cuando faltaban un par de días para la filmación.

—¿Por qué tanta insistencia? ¿por qué Bill Murray?

—Lo admiro y siempre quise trabajar con él. Combina perfectamente su forma de ser históricamente divertida, con ciertas expresiones trágicas. Yo quería que el personaje fuera emocional, pero también gracioso, en la situación que vive en Tokio.

—¿No pensaste en otro actor antes que él?

—No. Bill Murray siempre fue mi primera elección. No podría imaginarme a ningún otro actor en ese personaje. Improvisó bastante, aunque hay mucho en el guión. Pero hay escenas, como la sesión de fotos del aviso comercial, donde Bill reaccionó naturalmente y morimos de risa filmándolo. Otra toma, donde come sushi, yo solamente escribí que él la hacía reír. Y Bill se encargó del resto.

—Sobre el final de la película, Bill Murray le susurra un secreto al oído de Scarlett ¿qué le dice exactamente?

—Lo agregué como un secreto entre amantes. Puede ser cualquier cosa, pero es algo que queda entre ellos, nada más.

—¿Escribiste el guión que también nominaron al Oscar, basándote en experiencias personales?

—Sí. Puse mucho de los viajes que hice a Tokio en mi adolescencia y las veces que paré en hoteles de allá, cuando había ido a promocionar la película Virgin Suicides. Esas experiencias las reflejé en los personajes de Scarlett (Johansson) y Bill (Murray). Había ido por primera vez con mis padres, cuando era muy chica. Después volví, a los 20 años, porque una compañía me contrató para armar un espectáculo de moda. También me contrataron de una revista para hacer fotos... Fue mi primer trabajo profesional y seguí viajando seguido.

—¿No tuviste miedo de ofender a los japoneses con ciertas bromas?

—La verdad, los japoneses se ríen más que el resto del mundo, porque hay diálogos en japonés que nosotros no entendemos y ellos sí. También se rieron cuando destacamos que cambian la letra “r” por la “l”. Trabajé con un equipo de filmación japonés y sentí que no iba a ofender a los espectadores, si mis compañeros japoneses no se sentían ofendidos.

—¿Durante la filmación, ustedes también se “perdieron” con la cultura diferente?

—Tuvimos nuestros problemas, con un horario muy específico, porque apenas teníamos programados 27 días de filmación. En el restaurante Shabu-Shabu, por ejemplo, nos dejaban filmar, solamente hasta las cuatro de la tarde. Y cuando nos pasamos diez o quince minutos, el dueño desenchufó las luces. Era como una deshonra para él. Las tomas en la calle, son con gente de verdad como extras. Por suerte teníamos una cámara muy liviana y portátil. Pero no podíamos filmar en lugares como el subterráneo y nos movíamos constantemente, para que no nos pararan.

—¿Y si no podían filmar... cómo es que igual lo hicieron?

—Se puede decir que “robamos” varias tomas en la calle. Un día nos cruzamos con una “Yakuza”, un barrio donde pedían que les paguemos para filmar. Y fue el final de ese barrio para nosotros.

—¿Y más allá de la filmación? ¿en lo personal disfrutaste de Tokio o te “perdiste” por completo?

—La pasé bárbaro. Unos amigos nos llevaron a bares escondidos. Es lo divertido de Tokio, si conoces a alguien que vive allá. Hay lugares perdidos que cambian todo el tiempo. Y me gusta encontrar nuevos horizontes. Todavía no volví desde que terminamos de filmar. Pero quiero volver a Japón.

—¿Con el Oscar?

—(Riendo) ¿Qué te parece?
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