MIéRCOLES 25 DE FEBRERO DEL 2004 / EDICION No. 23373 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Dos conversaciones en el cementerio de Acoyapa

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León Núñez
leonn@ibw.com.ni

A finales del año pasado asistí en Acoyapa al entierro de un tío mío: Alfonso Núñez. Toda su vida fue un trabajador incansable, excepto los dos años de la década de los ochenta cuando estuvo preso sin que los “centinelas de la alegría” (DGSE) de Tomás Wigberto y Luis Fernando le dijeran por qué.

Murió a los 82, y murió como vivió: trabajando. Su cadáver fue encontrado en el llano de San Sebastián, en el suelo, al lado de su caballo. Sólo un infarto pudo haberlo bajado.

En Acoyapa, después de los entierros, y sobre todo después de los entierros de primera, las cantinas situadas muy cerca, casi en el propio cementerio, se suelen llenar de gente, principalmente de los amigos que acompañaron al difunto hasta su “última morada”.

Fiel a esta costumbre estuve en dos cantinas. En la primera permanecí más o menos una hora, escuchando conversaciones sobre la prevención del sida. Desde el principio tuve la impresión de que todos los que conversaban sobre el VH/Sida eran expertos en este tema.

Mientras que conocidos adúlteros del pueblo defendían a ultranza el principio de la fidelidad matrimonial para evitar la mortal enfermedad —también en Acoyapa lo que se dice no coincide con lo que se hace— algunos solteros, empedernidos mujeriegos, apoyaban la teoría “teológica” de la abstinencia, no faltando los que defendían la tesis del “sexo seguro” a través del uso del condón.

Sin embargo, hubo algunos que sostuvieron que tampoco el condón era seguro, y dieron una serie de explicaciones técnicas con las que pretendieron demostrar que tampoco con el condón podía haber “sexo seguro”. Después de estas explicaciones la mayoría de los presentes llegó a la conclusión de que no era en un ciento por ciento seguro el uso del condón.

Cuando ya el tema parecía haberse agotado, de pronto uno de mis coterráneos afirmó que podía haber “sexo seguro” sin hacer uso del condón en los casos de hombres jóvenes y sanos que hicieran el amor con mujeres mayores de sesenta años y de mujeres jóvenes y sanas que también lo hicieran con hombres de la tercera edad, porque de conformidad con un estudio estadístico que tenía en su poder no existían en Nicaragua hombres ni mujeres mayores de sesenta años que fueran seropositivos.

Después que mi paisano empezó a vaticinar la “reivindicación erótica de los viejos”, pintando el panorama de una “vejez feliz”, asediada por una juventud ansiosa de hacer “sexo seguro”, me despedí de mis amigos y me trasladé a la otra cantina.

Fue una lástima. Llegué tarde. Se acababa de exponer con lujo de detalles cómo el poder había cambiado la personalidad del ingeniero Bolaños. Les manifesté que era evidente que el poder transformaba dramáticamente a los nicaragüenses, pero que a don Enrique no lo había transformado; que era una excepción histórica. Me dijeron que mi criterio no era válido; que era cierto que la transformación del ingeniero Bolaños no se había producido al principio de su mandato, pero que sí se había producido después del desafuero de Arnoldo Alemán.

Todos los asistentes, ante mi petición de que se volviera a conversar sobre este tema, se negaron a hacerlo, pero me prometieron que a principios del mes de marzo de este año nos íbamos a reunir para probarme la transformación del “alma” de don Enrique; que me iban a demostrar escénicamente —con base a las observaciones realizadas en cada caso— cómo el ingeniero Bolaños hablaba antes, y cómo habla ahora; cómo se reía antes, y como se ríe ahora; cómo caminaba antes, y cómo camina ahora; cómo se sentaba antes y cómo se sienta ahora; cómo saludaba al público antes, y cómo lo saluda ahora; cómo daba la mano antes, y cómo da la mano ahora; cómo alzaba la copa antes, y cómo alza la copa ahora; cómo miraba de reojo antes, y cómo mira de reojo ahora; cómo regañaba a los ministros antes, y cómo los regaña ahora...

A las diez de la noche, caminando sobre la avenida Ruiz Ibargüen de Acoyapa, con la tristeza a cuestas por la muerte de Alfonso, los amigos que tuvieron a bien acompañarme de regreso a mi casa volvieron a insistir en mi equivocación, asegurándome que don Enrique no era el mismo; que había cambiado. Yo les manifesté que los equivocados eran ellos.

Quizás porque estábamos protagonizando una discusión de nunca acabar, mis amigos se despidieron de mí pidiéndome que cuando ellos me hicieran en el próximo mes de marzo la “demostración escénica” de que el poder había transformado la personalidad de don Enrique, tal demostración la diera a conocer a los nicaragüenses por medio de La PRENSA —les prometí hacerlo— para que fuera el público de este país el que dijera quién tenía la razón: si ellos, con su “teoría” de que don Enrique había cambiado, o yo, con mi “tesis” de que el ingeniero Bolaños seguía siendo el mismo.

El autor es abogado y escritor.
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