MIéRCOLES 25 DE FEBRERO DEL 2004 / EDICION No. 23373 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE





Opinión económica
La huella del labial

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Gretchen Robleto Lupiac
gretchen.robleto@laprensa.com.ni

Eran las 8:30 de la mañana de un sábado. FFin de semana libre. No tener que trabajar. Las condiciones se prestaban para tomarme un rico café con leche y comerme un delicioso nacatamal. Lo decidí y llegué a una famosa cafetería. El lugar, ubicado en Carretera a Masaya, se veía muy bien. La decoración agradable, la repostería y los panes provocaban a la vista. Pero yo sabía muy bien qué pediría. Ordené. Una mesera que no me dio los buenos días me tomó la orden. Unos diez minutos después llegó mi pedido.

Ya mi paladar estaba más que ansioso por probar el café con leche. Le agregué un poco de azúcar, tomé la taza con las manos, la acerqué a mi boca y fue entonces que contrario a degustar el contenido, me encontré con una huella de labial en la taza. Era roja. Y para mí era la evidencia de que la taza estaba sucia. Enojo, desilusión y frustración. Eso sentí. Llamé a la mesera y educadamente le dije: “Señorita, esta taza está sucia. ¿Me la cambia por favor?” Yo esperaba al menos una disculpa, pero no obtuve más que un: “Bueno”. Regresó. Colocó la taza sobre la mesa y se retiró a seguir platicando con sus compañeras, quienes atendían, comiendo, con la boca llena y las manos ocupadas, a una clienta. Pedí paciencia y serenidad y rogué en silencio que la taza estuviera limpia y que no se tratara de un engaño visual. Tomé el café con leche, ya con un mal sabor por el mal rato y me comí la mitad del nacatamal porque estaba mal calentado.

Mientras desayunaba empecé a reflexionar sobre por qué algunos nicaragüenses actuamos así. ¿Será que cuesta tanto hacer bien nuestro trabajo? ¿Será que cuesta tanto trabajo tratar a los demás con respeto?, y sobre todo pensé: ¿será que cuesta tanto trabajo desear y hacer algo por mejorar la economía de nuestro país? Y es que por mucho que se invierta en la infraestructura de un lugar, por mucha publicidad que se le haga y por mucho esfuerzo que realicen los pequeños empresarios por hacer exitoso su negocio, si no se invierte en el capital humano, que es el más importante, todo ese empeño se verá empañado por el mal servicio.

Pensé en los esfuerzos que quizás hicieron los propietarios del lugar para abrir su negocio. Tal vez pidieron un préstamo, tal vez los ahorros de toda su vida los invirtieron en esta empresa. Y esta mesera, a quien he tratado con respeto y he esperado al menos lo mismo, no piensa en todo eso cuando da un mal servicio. Después de esas reflexiones decidí que llamaría a una de las dueñas del lugar y compartiría con ella lo ocurrido. Pedí la cuenta, pagué. No dejé propina, por supuesto.

Dos días después hablé con la empresaria. La señora muy apenada se disculpó y agradeció que le hiciera saber lo ocurrido. La intención de mi llamada no fue que le llamaran la atención a la mesera, ni siquiera precisé el nombre de la joven, no me interesó conocerlo. La intención de mi llamada fue evitar que eso se lo hagan a otra persona, a otro cliente nacional o extranjero que visita un negocio nicaragüense, que confía en que será bien atendido y que el precio que paga lo vale. Pero sobre todo llamé porque es injusto que una nicaragüense que confió en invertir en su país pierda clientes por una mala actitud de sus empleados. Tal vez mi llamada le dejó grabado aquel viejo refrán: “El ojo del amo engorda el ganado”. Pero hay una cosa que agradezco después de ese mal episodio y es que gracias al labial me enteré de las evidencias de la suciedad de la taza. A partir de entonces reparo detenidamente en las tazas y vasos cuando como fuera de casa y ¡qué suerte la mía! Dos semanas después del incidente, en otro lugar, esta vez de inversión extranjera con empleados nicaragüenses, me sirvieron café con leche en una taza sucia. Y otra vez la evidencia fue la huella de labial en el borde de la taza.

La autora es periodista.
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