A Tomás Borge
Doctor Ramiro Granera Padilla (hijo)
Durante veinticinco años he guardado un respetuoso silencio ante el cadáver de mi padre, doctor Ramiro Granera Padilla, apegado estrictamente al sentido de respeto y admiración que me provoca el coraje de los hombres que a lo largo de la historia de nuestro país han sabido ofrendar sus vidas defendiendo sus ideas sin mayor ambición que el beneficio de la colectividad nacional. Particular respeto me merecen aquéllos que han aceptado el martirio sin renunciar a la argumentación, aún ante la evidencia de la muerte a manos de sus detractores. Pero, aquéllos que rechazan la natural y humana inclinación de recurrir a métodos violentos para defenderse o defender sus ideas alcanzan la estatura sublime de merecer el calificativo de ideólogos. Cuando los violentos atentan contra el ideólogo y lo callan por la vía del asesinato político, atentan contra la colectividad nacional, y el daño que provocan sólo puede resumirse en la airada y certera expresión: “¡Estúpidos… las ideas no se fusilan!”
Debo, señor comandante, expresar que no pocos mártires militantes y sobrevivientes del FSLN encuentran cabida en mi altar personal del “sentido de respeto y admiración”, y que como condición reclamo únicamente haber tenido una actitud que pueda o hubiera podido calificarse de consecuente con sus ideas políticas. Lamentablemente, debo consignar que después de pasar actualmente por este filtro a las más importantes figuras políticas de su organización me queda una sensación de despoblado, tanto por la falta de integridad en la práctica de los principios que afirman defender como por la trágica carencia de ideólogos.
Permítame, señor comandante, acortar esta carta confesando que el esfuerzo personal que me reclama dirigirme a usted con el respeto que merece la memoria del doctor Ramiro Granera Padilla y la ciudadanía nicaragüense está cediendo ante el peso despiadado de la ofensa del hijo ante el asesinato de su padre; por supuesto, no esperará usted merecer la posición de pretender darnos a los nicaragüenses una lección que ejemplifique la diferencia entre el valor y la cobardía.
Para terminar, ya habrá notado el silencio deliberado acerca de las motivaciones y circunstancias que rodearon el cobarde y vil asesinato del doctor Granera Padilla, pero es fácil deducir que comentar sobre estos tópicos en una carta dirigida a usted equivaldría a considerar correcto que usted o uno de sus asociados político-militares me escribiera sobre el tratamiento de un tipo determinado de fractura ósea siendo yo cirujano ortopédico. Cada quien a su oficio.
Sin más a que referirme por el momento, consigno ante la ciudadanía nicaragüense una realidad confesada públicamente por los autores: el doctor Ramiro Granera Padilla fue víctima de un asesinato político planificado y ejecutado por órdenes directas de los máximos dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Por supuesto me veo obligado a adelantar que la facción del FSLN que planificó y ejecutó la acción fue la GPP, de la cual usted era su máximo jefe.
Cirujano ortopédico.

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