MARTES 24 DE FEBRERO DEL 2004 / EDICION No. 23372 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




El destino que merecemos

En La Prensa Literaria del sábado 21 de febrero se publicó una excelente entrevista con el filósofo español contemporáneo, Fernando Savater, bajo el título La libertad es irremediable.

Savater asegura que los seres humanos somos irremediablemente libres, en el sentido que en todos los ámbitos de la vida personal y social no podemos dejar de elegir entre diversas opciones, independientemente de que la escogencia sea mala o buena. “No podemos dejar de ser libres (…) No podemos elegir la no elección”, enfatiza el prestigioso filósofo español. Y sin duda que tiene razón.

En realidad, aún las personas y pueblos que viven bajo la opresión de tiranos y sistemas despóticos, de una u otra manera ellos han elegido esa situación, al menos en el sentido de que no se rebelan y en general porque no hacen nada o hacen muy poco por sacudirse el yugo de sus opresores. Inclusive, como dijera en alguna ocasión el filósofo comunista Carlos Marx —anticipándose a lo que ocurriría después en los países que se gobernarían por su doctrina— hay esclavos que veneran las cadenas de su esclavitud.

Pareciera que Savater se dirige expresamente a los nicaragüenses, al decir que: “A Hitler o Mussolini (Adolfo y Benito, los sangrientos tiranos fascistas de Alemania e Italia en los años treinta y cuarenta del siglo XX) no los tiraron en paracaídas: la gente los empujó, los apoyó y los convirtió en lo que fueron”. Lo mismo puede decirse acerca de que los Somoza, Ortega y Alemán —los primeros, dictadores despiadados y corruptos; el tercero, insaciable saqueador de los recursos del Estado— no cayeron del cielo ni subieron al poder sólo por su voluntad, sino que lo hicieron en hombros y con el beneplácito de las multitudes. Y en el caso de Alemán y Ortega, para mayor desgracia y vergüenza nacional no son pocas las personas que los siguen aclamando.

Pero el concepto de Savater y el fenómeno que refleja no son nuevos. Hace 2004 años la multitud repudió a un pacífico y divino libertador llamado Jesús de Nazareth, y escogió a un desalmado ladrón y asesino conocido como Barrabás. Y pidió que crucificaran a Jesucristo mientras se gozaba paseando en hombros a Barrabás.

Seguramente que a la libertad de elegir entre el bien y el mal, entre la democracia y la tiranía, entre el progreso y el atraso; y a la oscura tendencia de la gente atrasada e ineducada de abrazar a Barrabás y sacrificar a Jesucristo, se refería Einstein cuando advirtió que: “Tendremos el destino que hayamos merecido”. Y también por eso es que el gran autodidacta y estadista argentino Domingo Faustino Sarmiento, llamó la atención a que para preservar la democracia y la libertad hay que “educar al soberano” en los principios cívicos y la conciencia y la responsabilidad libertaria.

Precisamente por eso mismo es que la sabiduría popular asegura que los pueblos tienen los gobiernos que merecen, frase que alguien ha completado señalando que tienen también al gobernante que se les parece. Lo cual es muy cierto, pues así como los pueblos primitivos creaban los dioses paganos a su imagen y semejanza, así mismo ahora los pueblos escogen y apoyan a los líderes y caudillos en los que se ven —o creen verse— reflejados.

En realidad, sólo en los casos en que los individuos despóticos, corruptos y criminales se imponen a sangre y fuego y mandan a base de la intimidación y del terror, es que no se puede culpar a la gente —a los pueblos— por tenerlos encima. Pero no tiene justificación que hampones y matones gobiernen o dominen la política de oposición institucional, cuando hay libertad de escoger y elegir de manera consciente y voluntaria. Y la única explicación de este degradante fenómeno social es que la gente disfruta o aspira a disfrutar las migajas del botín, sin importarle el precio que deba pagar por ello.

“De allí la importancia de la educación”, explica Fernando Savater. “Si no creyéramos que las personas marginadas puedan ser tan capaces de gestionar sus propios asuntos e intereses como cualquiera no tendría sentido ni la democracia ni la educación”.

El problema es: ¿y quién educa a los educadores del “soberano”?
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