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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 21 DE FEBRERO DE 2004
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La lancha Cinco Estrellas

Foto  

Colección Museo fundación Hugo Palma-Ibarra. Escultura de Javier Orozco.

 

Róger Fischer S.*

Era el 8 de mayo del año 1945, aproximadamente a las 4:00 p.m. (h de N.) cuando el Gobierno alemán presidido por el almirante Karl Doenitz, se rendía incondicionalmente a las tropas Aliadas. Mi padre, mi madre y yo, reunidos escuchábamos atentamente por nuestra radio Blau Puntk, la capitulación de Alemania. Las noticias emitían paso a paso las distintas informaciones provenientes de Europa a través de la onda corta. Mi padre de origen alemán fumaba y sudaba copiosamente, se adivinaba su nerviosismo que iba creciendo en la medida que el Punto Azul anunciaba el final de la guerra en Europa. Mientras mi padre lloraba de alegría y de tristeza, colocó su mano derecha sobre mi hombro y me dijo en tono grave y muy emotivo: “He perdido mi patria, pero he ganado la libertad”. La vieja casa hacienda de Montelimar tenía un segundo piso de cuatro corredores, en su entrada estaba una campana que anunciaba diariamente el inicio y el fin de la fajina. De pronto mi padre habló de nuevo para decirme: “Todavía sos muy pequeño para comprenderlo, pero yo voy a tocar la campana de mi libertad...” Se dirigió hacia el frente de la casa e inició frenéticamente el toque de la campana, mientras la gente se iba arremolinando alrededor de la vieja casona. Los campesinos y obreros miraban sorprendidos al ingeniero que de manera apasionada doblaba la campana del campamento. Finalmente, ante el impetuoso movimiento se rompió el cuero que sostenía el de abajo, quedando éste en las manos de mi padre como testigo del momento quizás más importante de su vida. La muchedumbre se preguntaba qué pasaba. Mientras mi padre con sus manos lastimadas, alcanzó a gritar: ¡Viva Alemania! ¡Viva Nicaragua! ¡Viva la paz! Y se metió al fondo de la casa dando instrucciones para que empezáramos a empacar nuestra ropa y enseres de la manera más rápida posible. Luego, ya más sereno, nos dijo: “Hemos vivido como prisioneros de guerra, sacrificados, nuestros bienes fueron confiscados y yo empecé a hacer un ingenio azucarero de maquinarias parcialmente destruidas por el tiempo. He hecho de campesinos obreros especializados. El General Somoza dueño de Montelimar, me dio Montelimar por cárcel para que le hiciera gratis este ingenio. Hemos vivido vendiendo alhajas de familia y algunos muebles para sobrevivir, pero esto ya se acabó”. Se acercó a un teléfono de magneto y dando vuelta a la manivela, llamó a Masachapa, diciéndole al telegrafista de apellido Rico, que le urgía comunicarse con el General Anastasio Somoza García. Tacho viejo, tenía entre ceja y ceja hacer un ingenio como San Antonio a través de los fondos del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua, la empresa más rica e importante del país. Los materiales y equipos para el funcionamiento de Montelimar salían de la antigua Casa de Artes, central de mantenimiento de las locomotoras del ferrocarril y bodegas que almacenaban cuanto uso fuese indispensable para el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. Somoza manejaba el FC del PN como su propia hacienda; y todo lo que salía con destino a Montelimar se contabilizaba bajo el rubro: Lancha Cinco Estrellas, pequeña embarcación de carga y pasajeros que surcaba el Lago Cocibolca, como extensión del ferrocarril y cuyo valor para el pueblo de Nicaragua, fue tanto o más que un transatlántico de lujo.

Pocos minutos después que mi padre solicitó la llamada, contestó su ayudante el capitán Luis Ocón, diciendo que el general Somoza estaba muy ocupado, a lo que mi padre respondió: “Dígale al generals Somoza que se ponga al teléfono, que es muy urgente”. Fue la firmeza de su voz y su decisión la que obligaron a Tacho a atender el teléfono. Mi padre descargó toda su adrenalina diciendo: “General Somoza, o me manda a la cárcel, o me saca del país, o me paga como profesional mi sueldo de ingeniero. Ahora soy libre y esta situación se terminó”. Somoza, el General de Cinco Estrellas, contestó: “No se preocupe don Julio Fischer, a partir de hoy el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua le va a pagar el sueldo que usted se merece”...

Al mismo tiempo que los generales alemanes Alfred Jodl, (ejército de tierra), Hans-George von Friedeburg (marina) y Wihelm Oxenius (ejército del aire), firmaban con Dwight D. Eisenhower la rendición incondicional de Alemania, la lancha Cinco Estrellas del Gobierno de Nicaragua flotaba aún en el Lago Cocibolca.

A petición de la URSS la ceremonia de la capitulación se repitió el 9 de mayo en Berlín-Karlshorst.

*Narrador y publicista nicaragüense.  
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La lancha Cinco Estrellas