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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 21 DE FEBRERO DE 2004
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La utopía de la imaginación o la nostalgia por el humor

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.A propósito de la segunda edición de Todo Tiempo Futuro fue Mejor de Alejandro Serrano Caldera

Alejandro Serrano Caldera.

 

Ricardo Pasos Marciacq*

Recuerdo que hace ya algún tiempo, cuando escribí un corto ensayo sobre la filosofía implícita en la poesía de Alfonso Cortés, contaba que éste siempre mostró una profunda admiración ante la extraordinaria metáfora que empleó una vez el poeta Azarías H. Pallais para titular uno de sus poemas: A la Sombra del Agua.

Recuerdo esta anécdota porque ahora nos toca a nosotros sorprendernos ante la dramática e irónica metáfora que el filósofo Alejandro Serrano Caldera utiliza para nombrar su nueva obra: Todo tiempo futuro fue mejor.

La imaginación en ninguno de los casos le usurpa nada a la realidad, sino que más bien y por el contrario, nos muestra ese modo de realidad posible en metáfora, que viene a ser en cierto modo lo que yo llamaría La Utopía de la Imaginación.

Alejandro Serrano Caldera en esta nueva obra no hace filosofía del humor o de la ironía, ni una historia del humor o de la ironía en la filosofía —que no sería un tratado de fácil digestión— sino que nos da, con humor e ironía, eso que su imaginación le sugiere: una perspicaz modalidad del quehacer filosófico, pero sonriendo, y a veces riéndose a pierna suelta, frente a los más serios planteamientos de la filosofía occidental.

Esta perspicaz modalidad es una original dimensión de eso que me he permitido sugerir llamar: La utopía de la imaginación o la nostalgia por el humor, inaugurada hoy en Nicaragua, por Alejandro Serrano Caldera, quien con esto, sin lugar a dudas, también enriquece considerablemente la veta de las posibilidades en la filosofía latinoamericana. Estoy convencido que Alejandro ha abierto una puerta por la que necesariamente se tendrá que entrar para continuar haciendo filosofía en la América indo-hispana, sobre todo si deseamos que ésta sea entendida y amada no solamente por las cada vez más reservadas minorías intelectuales dedicadas a la abstracta filosofía de los lívidos ceños fruncidos.

Pero vayamos a nuestro texto. En el capítulo octavo del libro Todo tiempo futuro fue mejor y denominado El bautismo de Aristóteles, nos encontramos a todo un Santo Tomás de Aquino —apodado por sus contemporáneos de la universidad de la Sorbona como el Buey Mudo— que después de haber volado desde París hacia el Oriente a fin de encontrarse con el sabio árabe Averroes, va a discutir con él sobre la metafísica de Aristóteles, mientras cena y bebe abundante vino, trabado en discusión.

En este corto capítulo, Serrano Caldera nos da a conocer, con maestría y pedagogía inigualables, haciéndonos sonreír constantemente, uno de los temas más controvertidos y oscuros como fue el de la aristotelización del cristianismo. En una conversación sólo posible en la temporalidad de la imaginación, pero creíble, en la que se habla de los ingleses, de los gringos, del beisbol, de Octavio Paz, de Dinamarca y de Shakespeare, se plantea uno de los problemas más serios del cristianismo a partir de la modernidad, haciendo juegos con las palabras, con el tiempo, el espacio, y con diferentes épocas de la historia.

Ante un hecho imposible como es el encuentro de Santo Tomás con Aristóteles —sólo verosímil en la utopía— pero tan bien planteado, no nos queda más remedio que situarnos frente a él con seriedad y realismo para repensarlo desde hoy y ahora con toda la gravedad del caso. Pero esa conversación que se desarrollan en la imaginación —ámbito de la realidad en su modo de “sería”— desde hace ya varios siglos y de manera tan original en la pluma de Serrano Caldera nos provoca una sonrisa de gusto debido a la claridad con que terminamos comprendiéndola, debido a la ironía y al humor del texto. Es la ironía y el humor convertidas en método.

Vale la pena recordar lo que nos decía el propio Aristóteles en su Tratado sobre la poética: “Es necesario dar preferencia a lo imposible que es verosímil, sobre lo posible que resulta increíble”.

El humor, pedagógicamente usado, convierte este diálogo imaginario, en todo un acierto de realidad.

Uno de los aspectos más difíciles de la filosofía occidental, por la rigurosidad lógica y la ruptura de hermetismos tradicionales que ofrecen los pensamientos de Inmanuel Kant sobre como conocemos el espacio y el tiempo, y de Albert Einstein, sobre la relatividad de los mismos en una nueva dimensión, es tratado, en el capítulo llamado “La Relatividad de lo Absoluto”, con tal desenfado y sentido de la ironía que bien merecería un privilegiado lugar en una posible antología sobre el humor en la filosofía latinoamericana. Además, ocuparía el primer lugar en esa antología.

Pero el capítulo realmente insólito en su género y que nos muestra a un Alejandro Serrano Caldera desconocido y provisto de un extraordinario sentido del humor, se llama: “Descartando a Descartes”. ¡No es fácil hacer filosofía riéndose de uno de los filósofos más desabridos de la historia de la filosofía!, como lo es nuestro amigo Descartes.

Aquí el estilo fluido, la prosa ágil y limpia, la conceptuación clara y los juegos de palabras bien estructurados para hacernos comprender los planteamientos más sutiles, son ejemplo de lo que se puede hacer en filosofía cuando —dominando el tema y amando la vida— uno está dispuesto a reírse de la filosofía, pero con el cariño y el profundo respeto que exige su implícita e innegable sabiduría.

Haciendo gala de una envidiable habilidad para efectuar traslapes temporales y espaciales, al igual que para manejar personajes pertinentes y confrontativos o si quiere dialécticos, Serrano Caldera nos hace escuchar, aún en medio de los sones estridentes de la Sonora Matancera:

“Songo le dio a Borondongo
Borondongo le dio a Bernabé,
Bernabé le pegó a Muchilanga,
le echó Burundanga...”.

Las controversiales y animadas charlas de dos de los personajes de este cuento —ya que el capítulo en cuestión llena los requisitos del cuento— discutiendo los diferentes significados del Cógito Cartesiano y de los efectos de Cogitar, con un estupendo y fino doble sentido erótico. Doble sentido erótico que le permite al lector captar de inmediato otras acepciones humorísticas e irónicas del Cógito —precisamente por el doble sentido— sin enredos y sin inútiles divagaciones conceptuales, para volver después al sentido original que le dio Descartes, pero ya con una visión decantada, más acá del mero concepto, hecho sentir intelectivo, es decir, hecho carne.

Pero en medio del humor, de la risa y del doble sentido, Alejandro Serrano Caldera deja claro, con toda seriedad, respeto y sentido pedagógico, que no debemos de olvidar que el pensamiento — la cogitatio — es un dato radical, porque el pensamiento se tiene siempre así mismos, ya que es lo único que es a sí mismo presente y consiste en encontrarse consigo mismo. Si pienso que dos más dos son igual a cinco, pienso un hecho falso, pero no es falso el hecho de que estoy pensando.

Resumen del epílogo de la edición Todo tiempo futuro fue mejor.

*Novelista nicaragüense.  
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