Entre la comodidad y la apatía política
Xavier Argüello Hurtado
La opinión pública tiene mucha confianza que éste va a ser un buen año para Nicaragua. El Gobierno arrancó bien, con la condonación de casi toda la deuda externa. La posibilidad de un tratado de libre comercio con Estados Unidos representa nuevos retos y oportunidades para el país. Pero la tendencia de los nicaragüenses a ignorar los problemas estructurales que son la raíz de nuestro subdesarrollo no ha cambiado mucho.
En Nicaragua vivimos día a día, resolviendo un problemita ahora, otro después. Nos llenamos la boca con pequeñas victorias. Celebramos con bombos y platillos diez kilómetros de carretera, mientras la juventud se prostituye para comprar drogas. No se trata de que no conozcamos el carácter de nuestras enfermedades. Periódicamente se publican con gran despliegue bien documentados planes nacionales de desarrollo a largo plazo, que llenan de valentía moral al gobernante de turno.
Lo que nos ha faltado es la visión y el desprendimiento necesarios para llevarlos a la práctica. Los planes estratégicos de desarrollo toman —por definición— mucho tiempo en ejecutarse. De hecho nunca terminan de completarse; son parte de la misma evolución de la vida y los gobiernos que se enfrentan a ellos, lo hacen sin esperar ningún reconocimiento. El gobernante que invierte recursos y energías en ellos sabe que serán gobiernos futuros (en esa carrera de relevos hacia la prosperidad que caracteriza a la democracia) los que se llevarán el mérito de completarlos, sin es que algún día estos problemas dejan de existir.
Lo importante es empezar, antes que nuestras lacras sociales se conviertan en un mal crónico e incurable. De igual manera, el presidente de turno necesita contar con funcionarios dotados de energía e imaginación que lo asistan en esta misión, mientras atiende al mismo tiempo los asuntos cotidianos que requiere la administración pública.
Funcionarios ineficientes son peligrosos para la soberanía nacional. Un mal canciller puede representar una irreparable pérdida territorial, un mal consejero puede enredar al presidente en las lianas de la politiquería nacional, alejándolo de la visión superior y de altura que debe tener el estadista. La valoración excesiva de la importancia de los cortesanos encargados de contar chistes tontos y distraer en los momentos livianos al mandatario tiene un efecto desmoralizador en el resto de la burocracia.
En Nicaragua siempre ha existido apatía y comodidad ante la complejidad de las causas de nuestro subdesarrollo. La pobreza, la corrupción, un sistema educativo poco funcional y la debilidad de nuestras instituciones políticas han sido históricamente nuestras más conocidas enfermedades. A éstas se le han sumado recientemente la inseguridad pública, el descrédito judicial, el crecimiento demográfico incontrolable que anula cualquier crecimiento económico, la impunidad con que cualquiera levanta cuatro paredes y construye una casa en un solar vacío, la falta de preparación educativa para enfrentar los retos de la globalización, la deuda interna y sus orígenes dudosos, la costumbre de vivir de la caridad internacional, el abandono y la incomprensión hacia la Costa Atlántica.
Estos problemas no van a desaparecer solos. La lucha contra la corrupción es una campana permanente y no se limita a castigar a un par de funcionarios malversadores y después descontinuar el tratamiento. La falta de recursos —es cierto— impide al Gobierno hacer mucho, pero al menos tengamos la voluntad y el entusiasmo de construirnos un futuro mejor. Después de todo, no se necesita ser rico para ser aseado. En Costa Rica la televisión empieza por la mañana y sigue durante el día con campañas cívicas para no botar basura, ni ensuciar las paredes. En Nicaragua la televisión empieza con muñequitos y termina con telenovelas. En ningún lugar encontramos ese estímulo intelectual que sólo da la cultura para desarrollar mentes provechosas.
La historia tratará bien, sin duda, a este Gobierno, dada la honestidad personal del Presidente, pero sin mucha emoción. Un Gobierno que —como todos los anteriores— tuvo miedo de la eficiencia y prefirió optar por la lealtad; que sobrevalorizó un pequeño círculo provinciano de amigos, sobre la creatividad y la audacia, en momentos en que el país atravesaba una peligrosa encrucijada. Un Gobierno que descargó en una empresa privada convaleciente y cortoplacista, que vive bajo la espada de Damocles de Daniel Ortega, la responsabilidad de generar empleos, pero que no hizo mucho por consolidar de una vez por todas el imperio de la ley.
Nicaragua no se puede dar el lujo de seguir matando tiempo. Los problemas estructurales nacionales son terminales, como los de un bebedor que deja de beber o se muere. Hay que planificar para el futuro y crear conciencia de lo que necesitamos hacer para salvar al país. Es decir, saber lo que queremos y cuál es nuestro futuro. La desesperanza es la peor de nuestras lacras porque nos quita el deseo de luchar.
Nicaragua necesita una estrategia nacional de desarrollo a largo plazo que todos los gobiernos futuros se comprometan a cumplir.
El autor es abogado. Fue embajador durante el gobierno de doña Violeta Barrios.

|