Reportaje especial
“Quiero la paz en Nicaragua y he venido a hacerla” declaró a LA PRENSA el 3 de febrero de 1933
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El Presidente Juan B. Sacasa, abrazando a Sandino el 2 de febrero de 1933 en Casa Presidencial.
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Jorge Eduardo Arellano Secretario/AGHN
La última entrevista que diera el General Sandino fue el 3 de febrero de 1933 al periodista de LA PRENSA Adolfo Calero Orozco (1899-1980), un día después de suscribir con el presidente Juan B. Sacasa los “Convenios de Paz”, los cuales implicaron la disolución de su Ejército y, en la práctica, la firma de su sentencia de muerte. De filiación conservadora, Calero Orozco llegó a Casa Presidencial, donde fue presentado al legendario guerrillero por la madre adoptiva de éste: doña América Tiffer de Sandino.
Calero Orozco anotó: “Estamos frente al hombre que por más de cinco años mantuvo, rifle al brazo, la rebelión autonomista más discutida en la historia e Hispano-América. Sandino no corresponde al retrato que de él nos habíamos forjado. Es un hombre de poco más de cinco pies de estatura y de unas ciento treinta y cinco libras de peso. Ojos pequeños, oscuros, de mirar vivo, tez blanca, un poco rojiza, el cutis maltratado y una fisonomía severa, aún cuando sonreía”.
Vestía botas altas, amarillo-oscuras, pantalones de montar kaky y camisa guerrera de gabardina verdácea. No llevaba corbata. Abierto el cuello de la camisa, una bufanda roja le cubría alrededor del cuello, bajando sobre el pecho unas pulgadas. Sobre esos extremos pendía una medalla de oro, regalo de sus admiradores mexicanos, sujeta a un alfiler, y más abajo: una leontina de dos ramas con un dije redondo de oro, del tamaño de una moneda de diez dólares. Abordable, locuaz, optimista, el general declaró.
“Quiero la paz de Nicaragua y he venido a hacerla. Por años y años hicimos la viva del viva, mis compañeros de armas y yo, perseguidos por tierra y aire, calumniados a veces por nuestros mismos conciudadanos, cuya libertad buscábamos, pero llenos siempre de fe en el triunfo de la causa autonomista, que es la causa de la justicia. Idos los yanquis militares del territorio nacional, yo hubiera querido hacer la paz al día siguiente, pero la incomprensión, la desconfianza y el pesimismo se habían interpuesto”. Calero Orozco le espetó, al final de su entrevista, esta pregunta:
—¿Cree usted, general, que ya no se disparará un tiro más en Las Segovias?
—No será disparado de parte del Ejército Autonomista.
Y le agregó: “Perdone la pregunta, general, ¿y los jefes a quienes algunas veces se acusó de cometer innecesarios actos de crueldad? Escuche –le cortó Sandino– Esta es la hora de paz y conciliación. Sin embargo, no temo referirme a esos puntos, siempre exagerados y siempre atribuidos a mi ejército, aún cuando muchas veces los cometieron grupos enemigos o grupos independientes, que sólo usaban de nuestra bandera para cometer actos punibles. El Ejército Autonomista estaba en guerra contra una fuerza numerosa, extranjera, a la que muy poco importaban las vidas nicaragüenses. Esa guerra había que hacerla como se hacen todas las guerras, y hubo balas y sangre. Quede esa sangre como un tributo rendido a la libertad de Nicaragua, y que ni una gota más se vuelva a derramar entre hermanos”.

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