Gabriel García Márquez en Mozart
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 | La relación del Premio Nobel de Literatura con la música clásica |
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Joaquín Absalón Pastora
En su evocador y entretenido libro Vivir para contarla, lleno de savia personal, Gabriel García Márquez hace trascender el ayer infante. La pluma le sirve de cámara para fotografiar una época. Luego vuela sobre los aspectos controversiales de la adolescencia donde deja constancia de ser un enamorado activo de la música caribeña, los mambos de Pérez Prado, el merecumbé de Pacho Galán y los boleros de la Sonora Matancera, filones festivos en sus años de primavera.
Al surcar la madurez que no concluye en el primer tomo de sus memorias, se ocupa de los grandes maestros, más duraderos en el tiempo, sobrevoladores de siglos con quienes comienza a identificarse estrenando una nueva y cautivante afición. Ellos le sirven de pivote inspirador cuando está escribiendo sus novelas. El fondo de la melodía profundiza el amor por la literatura.
Cuando estaba embebido en Cien años de soledad, entre 1965 y 1966 en México, sólo tenía dos discos “que se gastaron de tanto ser oídos”: Los preludios de Debussy y Qué noche la de aquel día de Los Beatles. Sentíase aguijoneado por el ritmo creador cuando los oía, opción feliz que desplazaba al silencio. Estimulado por el chispazo procedió a fortalecer la endeble discoteca: el cello, de Vivaldi a Brahms; el violín de Corelli a Schömberg; el clave y el piano, de Bach a Bartók.
Hay tributo de prendas preciosas para el reposo cuando se oyen los nocturnos de Chopin y qué mejor homenaje para el sosiego productivo —en la escritura— que escucharlos mientras se desplaza el numen.
El escritor confiesa que cuando estaba concentrado en su sexta novela El otoño del patriarca, se ensimismaba simultáneamente con el tercer concierto para piano de Béla Bartok. Entonces descubre “afinidades sorprendentes” entre esa novela y la composición del gran folclorista europeo. Concordancia inesperada por “oírlo sin misericordia”, mientras producía.
En la medida en que prepara el adiós paulatino a las temperaturas del trópico, se abstiene de Mozart y durante años porque “me asaltó la idea perversa de que Mozart no existe porque cuando es bueno es Beethoven y cuando es malo es Haendel. Lo cierto es que Mozart fue tan bueno que influyó sobre Beethoven, por razones de calidad y de estancia cronológica en la vida. Amadeus fue primero en tiempo. La disquisición tiene efectivamente mucho de ingratitud.
Hay muchas razones para afirmar la similitud entre los estilos de Haendel y de Mozart. Una de ellas, vuelvo a la época, es que aquél fue su antecesor (1732-1809). Ambos sostuvieron una respetuosa amistad cargada de anécdotas en cuanto a la admiración mutua. La música de Don Joseph cantada por él mismo en el Danubio no siendo totalmente mala tuvo más de buena en el equilibrio. Así lo consigna la frecuencia con que se le toca y se le escucha en las salas privadas y públicas del mundo. La concepción del escritor puede basarse en una gastada argumentación: la dependencia de su creación, sugerida o dictada por el estado anímico de la realeza a la que sirvió con inspiración apolínea, de acuerdo a horarios estrictamente laborales que lo empujaban incluso —contra el reloj— a rebuscar temas acaso no salidos de su espontaneidad, ajustados a las ceremonias de palacio, forma de producir que lo convirtió en uno de los modelos más firmes de la perseverancia y de la intensidad prolífica.
Beethoven, por el contrario, fue dionisíaco, mucho más independiente de las ataduras de la corona y más expuesto a la ruina, estuvo este arrinconado Mozart de García Márquez al no tolerar al comité de censura de la aristocracia oficial. Su estilo propio, si tímbrica conversación hasta con el fagote grave y jocoso, sus pulsaciones ágiles y refrescantes, etc. etc., no las niega la audición en cuanto se percata de los primeros compases a pesar de haber tenido en el despegue creador, las brisas de Haendel.
*Melómano y periodista 
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