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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 14 DE FEBRERO DE 2004
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.Novela de Chuno Blandón en la que revela algunos episodios de la historia política nicaragüense

 

Carlos Chamorro Coronel

Esta novela de Chuno Blandón es a la vez sorprendente y sorpresiva. Lo primero porque nos sorprende por lo original de su estilo —muy propio de su autor—; y lo segundo por lo inesperado de la historia que narra. No es una novela histórica, aunque la tiene en cuenta, ni política y mucho menos partidaria o peor aún, sectaria. Es simplemente la historia de unos jóvenes —particularmente los cinco protagonistas— que crecen y se educan en el Instituto de Matagalpa en la década de los cincuenta.

En este sentido se parece a la de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, por el tema, pero también se parece a La fiesta del chivo, del mismo autor ambas refundidas en una sola obra. Hasta ahí el parecido, pues la parte histórico-político en la de Chuno es sólo un escenario o telón de fondo. Es exactamente como si alguien hubiese escrito (en verso) una novela durante el asedio de la ciudad de Troya sobre las andanzas de unos jóvenes más interesados en ir a las pozas del Río Escamandro, a ver bañarse desnudas a las muchachas troyanas, “de hermosas caderas”, según Homero y el tema de la Ilíada quedara en segundo plano. Lo que en la Ilíada de Homero, los combates entre los guerreros es lo esencial o sea el elemento heroico, en la de Chuno, como en Adiós a las armas y Por quién doblan las campanas, de Hemingway, predomina el amor y la amistad entre esos jóvenes enamorados perdidos de princesas soñadas e inalcanzables puesto que la gran mayoría era muy pobre y a veces, como en el caso del joven Agatón, ni tan princesas ni soñadas. En la novela por la que suspira este muchacho es la “Chavela”, una maritormes atractiva del barrio.

Es, por tanto, una novela eminentemente narrativa sin ser romántica como María de Jorge Isaac. Predomina más bien el humor, ese humor tan propio del autor. Por supuesto que esos jóvenes viven suspirando por sus dulcineas y sobre todo, hambrean por las polvorientas calles de Matagalpa. Es por eso una novela eminentemente amable, hasta risueña a pesar de las difíciles circunstancias por las que atravesaba el país durante la llamada era somocista. Chuno revive palpablemente esa época, pero sin acritud. No hay condena ni denuncia en la novela. Y esta cualidad la hace más fácil de leer, porque su lenguaje nunca es altisonante ni pretencioso. Está escrita “a la llana”, pero “con palabras significantes, como dijera Cervantes en su novela del ingenioso Hidalgo.

En cuanto al estilo mismo, Chuno Blandón no tiene el atildamiento de un Vargas Llosa que se esfuerza (se nota el esfuerzo) en pulir la frase hasta el extremo, tratando de lograr la pulcritud absoluta. Mientras el estilo del peruano es extremadamente pulcro, el de Chuno es estudiadamente desenfadado y casi desaliñado, sin caer en la incuria. Eso lo hace más ágil y libre de engorrosos embarazos.

Sin embargo, su principal cualidad es su absoluta (si fuera posible) autenticidad, o sea la verosimilitud, que según Aristóteles es lo más importante en una obra. En Chuno no hay una nota falsa, ni una siquiera, aunque a veces, obviamente, tiene que cambiar los nombres, desmesurando a veces la cosa, pero nunca alterándolas en su ser original. Cualquiera que haya vivido en esa época podrá atestiguar que lo que dice Chuno en esa novela es cierto y verdadero. Todos los datos históricos que aporta son totalmente veraces: la muerte de Raudales, la epopeya de Chendo Argüello en sus andanzas en Costa Rica y el Caribe todo, la muerte de Julio Alonso, que en cierto sentido es el verdadero héroe, casi mítico de la novela; la hazaña de Pedro Joaquín Chamorro en Olama y Los Mollejones: el asesinato de Federico López; Enoc Aguado, Lacayo Farfán y tantos otros protagonistas de nuestra historia reciente.

Pero sin animosidad para nadie ni siquiera los G.N. Es por ello también una novela amistosa, conciliadora, inofensiva en el sentido que no es nociva, dañina. Todo está atemperado por el humor sano, aunque algo seco, no empalagoso, del autor. Escrita, en fin, guardando las debidas distancias, como dice Cervantes en el prólogo a la suya para que “el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. Como yo ahora.  
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