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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 14 DE FEBRERO DE 2004
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San Juan del Sur a mediados del siglo XIX

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.Visto por los cronistas

 

HARRIS NEWMARK (1853) “Una comunidad de tiendas de campaña”
“Como a las cuatro de la tarde del día en que salimos, llegamos a San Juan del Sur, dejando así tras de nosotros la parte más desagradable del viaje (...) No se produjo ninguna apreciable variación de la temperatura mientras yo estuve en Nicaragua, y en San Juan (cuya porción más antigua, al igual que San Juan del Norte, era un pueblo de tipo hispanoamericano con una sola calle principal, por donde deambulé de arriba abajo, matando el tiempo) el calor era tan sofocante como había sido antes.

“La gente con frecuencia dormía a la intemperie, y había un hotelero llamado Green que alquilaba hamacas, a un dólar cada una, cuando todas las camas estaban ocupadas. Fue una de esas hamacas la que yo me agencié precisamente; pero no estando acostumbrado a semejante alojamiento aéreo, me desplomé aparatosamente de ella en el curso de un profundo sueño nocturno, cayendo tan sólo unos pocos pies, pero pareciéndole a mi afectada imaginación que me deslizaba a través del espacio infinito”.

CHARLES WILLIAM DOUBLEDAY (1856) Walker de paseo en las playas
“Dábamos largos paseos por la playa (de San Juan del Sur), mientras el rítmico golpeteo de las olas parecía enfatizar los gigantescos planes imperiales que él (William Walker) desplegaba ante mí (...) Su proyecto contemplaba el restablecimiento de la esclavitud en una población cuya mayoría era de sangre africana mezclada, y una asociación de poderes con la Iglesia, en una época en que la libertad de pensamiento había hecho su avance (...) Yo escuchaba y mi corazón se entristecía (...) Yo era joven, y ésa es mi excusa por aventurarme a protestar por el rumbo que semejante hombre se habría propuesto. Igual habría sido pedir al Niágara que detuviese su caudal”.

PETER STOUT (1858) “El camino era de un barro pastoso y resbaloso”
“Entre San Juan del Sur y La Virgen, el terreno estaba bien arbolado; antes del camino ahora construido, la vereda era verdaderamente horrible. Durante la estación lluviosa, muchas mulas morían haciendo el esfuerzo. El camino era de un barro pastoso y resbaloso. Muy frecuentemente vimos mulas tiradas a lo largo con los espinazos cubiertos por el lodo y visibles solamente sus cabezas. Realmente era como nadar a través de un fangoso mar. Muchos viajeros perecieron en este corto pasaje”.

(“Nicaragua/Su pasado, presente y futuro/1859”, en Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, Libro del Mes, Núm. 101, febrero, 1969, p. 38).

WILLIAM V. WELLS (1854) “Una brisa fresca desde tierra hinchó nuestras velas”
“Al mediodía avistamos San Juan del Sur y nuestro pequeño grupo dio un grito de alegría cuando, al salir de los montes, vio anclada en la bahía una goleta bonita y de gran arboladura: tres amigos, sólido bajel de poco más o menos cien toneladas (...)

“Tres días en San Juan, sin el acaloramiento temporal del tránsito de pasajeros, para aliviar la sosa monotonía, nos hizo recibir con regocijo el aviso de Mr. Craigmiles, su sobrecargo, de que debíamos ir a bordo inmediatamente (...) Con la ayuda de unos pocos reales no tardamos en acomodar nuestro equipaje a bordo, y con mayor sorpresa vimos que la tripulación llevaba anclas, caso de puntualidad y diligencia inesperada que alabamos como algo nuevo en el lento desarrollo de nuestro viaje. Una brisa fresca desde tierra hinchó las velas y, a la hora, San Juan, con su muelle a medio construir, sus casas primitivas y sus repulsivos hoteles y estancos pintados de blanco y rojo, se convirtió en una línea borrosa allá en el horizonte”.

(Exploraciones y aventuras en Honduras. Tegucigalpa. Edición del Banco Central de Honduras, 1960, pp. 37-38).

MARK TWAIN (1867) San Juan del Sur y el Cólera
“29 de diciembre de 1866. Todo viaje por tierra algún día tiene que terminar. Estamos en la bahía de San Juan del Sur, en donde dejaremos el vapor para cruzar el istmo...

“Unas pocas destartaladas casitas de madera. San Juan del Sur. Mientras pasábamos la noche anclados en la bahía de San Juan del Sur, llevaron en lanchones nuestro equipaje a tierra, y por la mañana desembarcamos. Componíase entonces el puerto de unas pocas destartaladas casitas de madera —allá les llaman hoteles— enclavados entre el lozano verdor del pie de los pintorescos cerros que atalayan la bahía. En donde pisamos tierra se apiñaban caballos, mulas, diligencias y sanjuaneños semi desnudos, con machete de dos pies de largo y un palmo de ancho fajados a la cintura. Pensé al principio que serían los soldados, pero no, eran simples paisanos. Por la playa deambulaba una mujer blanca, mugrienta y haraposa, para quien la vista de nuestro barco debe haberle parecido una visión del paraíso, porque en el puerto un cargamento entero de pasajeros llevaba ya quince días de exilio a causa de la funesta ineptitud de un hombre: el agente de la compañía de vapores en el Istmo. Este sujeto había despachado un vapor vacío a San Francisco, cuando muy bien sabía que esta multitud era esperada en San Juan del Norte. Ahora terminarían su viaje en nuestro barco”.

(“Divertido/resbalón/a través de Nicaragua”, en Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación, Núm. 51, enero-febrero, 1983, p. 29).

Recopilado por Jorge Eduardo Arellano. Academia de Geografía e Historia de Nicaragua  
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