Ann miller: Estas piernas hablan
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Ann Miller en su estudio en diciembre 1949 mientras practicaba para una de las
películas de su época dorada. |
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Franklin Caldera*
En las décadas de 1940 y 1950 el cine se regía por el Código de Producción adoptado por las compañías productoras para protegerse de los grupos de presión que acusaban a Hollywood de corromper a la juventud. Las normas de autocensura del Código eran especialmente rígidas en materia sexual. Quizá como reacción subconsciente, esos años fueron también la época de oro de las piernas esculturales, que han ido perdiendo relevancia a medida que el cine se hace más explícito. La idea base era que admirar las extremidades bien torneadas de una actriz (o un actor, en las películas de Tarzán o de gladiadores) era sólo pecado venial. Ir más allá, pecado mortal.
Entre las actrices con mejores piernas en el cine (Marlene Dietrich, Betty Grable, María Montez, Cyd Charisse, Esther Williams, Angie Dickinson y Shirley Maclaine) resplandeció la morocha Ann Miller. Pero sus piernas extraordinariamente largas y bien formadas no eran ociosas: Ann se destacó como una de las mejores bailarinas de claqué (“tap dancers”) del cine, comparable sólo a Eleanor Powell y Cyd Charisse. Fue también una de las siete actrices que bailaron con los dos maestros del género: Fred Astaire y Gene Kelly.
Después de una veintena de películas de bajo presupuesto, en 1948 Ann fue contratada por la Metro Goldwyn Mayer para Intermezzo lírico (“Eastern Parade”), protagonizada por Astaire y Judy Garland. Permaneció nueve años con dicho estudio. Por su rostro largo, con mejillas altas y abultadas y nariz y mentón pequeños, carente de la belleza delicada de las heroínas cinematográficas, fue relegada a papeles de mejor amiga o rival de la protagonista, encarnando siempre a mujeres extrovertidas y chispeantes, poco afortunadas en el amor quizá porque intimidaban a los hombres.
Pero todos los musicales en Technicolor que hizo para la MGM tienen al menos una secuencia en la que brilla con luz propia llegando a opacar en ocasiones a los protagonistas principales. Inolvidables son su Danza de la furia junto a Cyd Charisse y Ricardo Montalbán en The kissing bandit (1948); su interpretación del Hombre prehistórico en Un día en Nueva York (1949; On the town), con Frank Sinatra y Gene Kelly (codirigida por éste y Stanley Donen); y la secuencia inicial de Bésame Catalina (1953; Kiss Me Kate), en la que baila sensualmente sobre los muebles de una habitación ante un grupo de actores (Howard Keel, Kathryn Grayson y Ron Randell como el compositor Cole Porter) que discuten el montaje de una versión musical de La fierecilla domada. En esta película Ann bailó con un joven largirucho llamado Bob Fosse, futuro director de Cabaret.
Retirada del cine desde finales de los cincuenta, pero activa en el teatro y la TV, en 1979 coprotagonizó en Broadway junto a Mickey Rooney la revista musical Sugar Babies, que fue un éxito total. En 2001 intervino en el thriller onírico de David Lynch, Mulholland drive. Tenía 81 años cuando falleció hace un par de semanas.
*Crítico de cine nicaragüense. 
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