JUEVES 29 DE ENERO DEL 2004 / EDICION No. 23346 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




Reportaje especial
Abandonadas por su madre

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. Junto a su familia se fueron a Costa Rica a buscar mejor vida, pero allá, por razones desconocidas, su madre las dejó en un cuarto donde pasaron solas tres días sin comer, hasta que un vecino escuchó sus llantos y fueron trasladadas a un centro de protección

Doña Sebastiana Flores Mejía besa a sus dos nietecitas, repatriadas desde Costa Rica, donde fueron abandonadas por su madre.

 

Luis Alemán Saballos
luisaleman@laprensa.com.ni

Un ligero presentimiento recorrió las venas de doña Sebastiana Flores Mejía, y se regó por todo su cuerpo como un cosquilleo feo que se le clavó finalmente en el corazón.

La visión que aquellas siluetas al pie del umbral de la puerta de su humilde vivienda le hizo dar un sobresalto y su cerebro inmediatamente le indicó que la presencia de esas personas hasta entonces desconocidas para ella, eran señal de malas noticias.

¡Buenas!, contestó, al saludo que las dos mujeres desde la puerta de su casa habían pronunciado, mientras observaban detenidamente el interior de la vivienda y preguntaban por la dueña.

Secándose las manos con su delantal, doña Sebastiana contestaba en voz baja. Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?, preguntó a su vez.

La historia que las mujeres contaron a doña Sebastiana, la dejaron más angustiada aún y no era para menos, sus dos nietas, las que supuestamente estaban en manos de su madre radicada en San José, Costa Rica, estaban en serio peligro y debido al riesgo que enfrentaban fueron remitidas a un albergue del Patronato de la Infancia (Pani), tras ser víctimas del maltrato y abandono de parte de su madre.

Pero eso era poco, una de las niñas escapó de ser abusada por su padrastro, razón por la cual, la mamá de las pequeñas, de siete y nueve años, decidió romper la relación y refugiarse en una cuartería de mala muerte, donde finalmente las niñas fueron abandonadas por su madre, supuestamente por razones de trabajo.

“No se me ocurre que mientras yo estaba aquí tranquila, mis nietas estaban allá (en Costa Rica) sufriendo mucho”, se reprocha doña Sebastiana, cada vez que recuerda el calvario que sufrieron sus pequeñas y busca en su mente una explicación de lo que le pudo ocurrir a su hija para que actuara tan mal con sus pequeñas.

En los años noventa, toda la familia de doña Sebastiana emigró a Costra Rica, como lo hacen miles de nicas. En ese país encontraron trabajo y lograron ubicarse y estabilizar no sólo su situación laboral, sino también legal y hasta sentimental.

Pero desde al año 2002, doña Sebatiana afectada por la nostalgia de su Patria, decidió regresar y con sus ahorros comprar una propiedad en la comarca San José Obrero, sobre el kilómetro 59 de la carretera entre Jinotepe y Nandaime.

Con ella vinieron sus dos nietas, pero en julio del año pasado las pequeñas regresaron a Costa Rica para acompañar a su mamá, quien prometió que en diciembre regresaría con las niñas.

“Ella me pidió que le prestara a las niñas, que vendría en diciembre a pasar la Navidad con nosotros, pero no regresó”, narró.

“Para mí, las niñas estaban felices con su mamá en Costa Rica, pero qué va, no era así”, relata doña Sebastiana, quien recuerda que fue para septiembre que las funcionarias del Ministerio de la Familia de Jinotepe, la visitaron en su casa para avisarle que sus nietas estaban en manos del Patronato de la Infancia después que sufrían maltrato y abandono por parte de su madre.

Realmente aún no está muy claro lo que pudo ocurrir en Costa Rica con la mamá de las niñas. Aparentemente ella tenía un trabajo fijo como doméstica con un salario regular, en una casa de buena familia y con un compañero de vida que aparentaba ser una buena persona, recuerda doña Sebastiana.

Sin embargo, en la vida de la joven ocurrieron muchas cosas, entre ellas, su acercamiento a una mujer conocida sólo como Kasandra, con quien comenzó a salir y consumir licor.

Y así, mientras trabajaba de día, por las noches tomaba licor en compañía de su amiga, sus dos pequeñas hijas sufrían las consecuencias de los gustos de su madre, quedando encerradas en un cuarto completamente solas.

“Las niñas dicen que un día su mamá les dejó comida y salió junto a su amiga llamada Kasandra, diciendo que iban a trabajar pero ya no regresó”, relató doña Sebastiana; y así lo señala un informe del Patronato de la Infancia de Costa Rica, enviado al Ministerio de la Familia. Tres días pasaron las niñas sin comer, sin bañarse, solas y en riesgo de ser víctimas de algún delincuente.

En un ambiente insalubre las niñas permanecieron sin la protección de su progenitora. El hambre y la soledad se hicieron presa de las pequeñas, quienes ante la falta de su madre lloraban inconsolablemente.

El llanto de aquellas pequeñas llamó la atención de un vecino, quien preocupado por los lamentos penetró a la vivienda encontrándose con una escena realmente desgarradora. Las dos niñas estaban abrazadas, sucias, con sus cabellos llenos de piojos y en medio de una nube de moscas.

El vecino conmovido por lo que vio, llamó a la Policía y éstos a su vez dieron parte al Patronato de la Infancia, quienes cargaron con las pequeñas ingresándolas en un centro de protección, donde recibieron atención médica, alimentos, ropas y un cuarto donde vivir.

“Yo presentía que algo malo estaba pasando con las niñas, estaba desesperada y desde que me informaron que estaban abandonadas, me enfermé”, relató la abuelita, quien desde entonces comenzó a presionar para lograr la repatriación de sus nietas.

“Por supuesto que se me ocurrió ir a traer a mis nietas, preparé mi pasaporte, vendí un televisor para recoger dinero, pero me hacía falta la dirección del lugar donde estaban para ir a traerlas”, asegura.

El pasado 20 de enero, sus dos nietas pisaron tierra nicaragüense. Gracias a las gestiones del Ministerio de la Familia y al Patronato de la Infancia, las niñas pudieron ser repatriadas y tras un ligero trámite legal fueron entregadas a su abuela, con quien viven desde entonces.

“Estoy feliz porque las niñas ya están conmigo, logré matricularlas, ya tengo sus uniformes, pero aún estoy preocupada”, reflexiona doña Sebastiana, quien en tono de tristeza recuerda que no tiene nada de información sobre su hija. “No sé qué puede estar ocurriendo con ella, no tengo manera de comunicarme con mi hija”, asegura, mientras acaricia tiernamente el cabello cortado de las niñas.

Doña Sebastiana está feliz, no hay dudas, pero cada día que pasa conoce más el drama que vivieron sus nietas. Incluso, una de ellas estuvo a punto de ser abusada sexualmente por el compañero de vida de su hija.

“Mi hija me decía que su compañero la trataba muy bien, ella quería convencerme, pero ahora me doy cuenta que todo era mentira”, cuenta.

La presencia de la madre nunca fue tan oportuna como esa vez, cuando una de las niñas era manoseada por su padrastro. “Las niñas estaban solas al cuido de ese hombre, a quien sólo conocía por el nombre de Roberto, una de las niñas vio cuando el hombre le introducía la mano entre sus ropas a la otra, el hombre trató de abusar de la más grandecita”, relató la abuela.

Al ruido de la puerta que se abría, la mamá de las niñas encontró a la más grandecita llorando. ¿Y por qué lloras?, le preguntó. Ese día hubo una fuerte discusión y su niña se salvó de ser abusada sexualmente.

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