Los probadores de celo
Amparo Aguilera amparo.aguilera@laprensa.com.ni
Pueden montar a las hembras, pero no preñarlas. Generalmente son de razas “chapiollas”, y en su vida tienen el objetivo de detectar a las hembras en celo, en programas de inseminación artificial que buscan mejorar las razas del hato local.
De allí que en el campo los llamen chimbolos, haciendo mérito a sus antepasados ingleses. Aunque en las universidades, sobre todo entre catedráticos, también los denominen toretes “receladores”, “probadores de hembras” o simplemente “detectores de celo”.
César Mora, docente del departamento de Veterinaria de la Facultad de Ciencia Animal en la Universidad Nacional Agraria (UNA), explica que estos animales son los que permiten que la inseminación artificial en el país sea efectiva.
“Porque se espera que ellos (los chimbolos) detecten los calores (el celo) de las hembras a tiempo, para que el inseminador inyecte el semen a la vaca, ya que la meta cuando se trabaja con inseminación artificial es obtener una cría por año”, señala el docente.
A la fecha no se sabe con exactitud cuántos chimbolos hay en Nicaragua. Lo que sí se maneja es que el precio que pagan por su trabajo diario en realidad es “doloroso”.
EL PRECIO
Mora explica que para convertir un torete en chimbolo o en detector del celo se somete a una desviación del pene, mediante una cirugía que usualmente se efectúa en una hora.
Aunque para ser el “privilegiado” debe estar sano, pertenecer a una raza con poco valor genético y al menos tener entre nueve meses y un año de vida.
En detalle el especialista expone que previo a la desviación el animal se separa del hato y se somete entre 12 a 24 horas de ayuno para que en el momento de la cirugía el intestino y páncreas esten vacíos.
“Porque si el animal tiene la panza llena, se corre el riesgo de que se llene de gases y eso puede provocarle la muerte”, precisa el docente.
Luego es anestesiado totalmente para limpiar la zona donde se hará la incisión y proceder a la cirugía.
“Ya con esto, se realiza la incisión alrededor del prepucio, se separa toda la piel de esa zona y parte del tejido subcutáneo a lo largo de toda la vaina prepucial, hasta el saco escrotal”, señala Mora.
Tras esto, el catedrático dice que se hace una incisión al lado derecho o izquierdo, como se prefiera, y se saca un pedazo de piel redondo, donde se va a instaurar el prepucio, por medio del canal subcutáneo, hasta desviarlo 45 grados de la base del escroto hacia arriba, tomando en cuenta la línea media del animal.
De manera que el pene quedará cerca de las costillas. “Esto quiere decir que cuando el torete perciba el celo en la hembra, va a tener erección y va a montarla pero no a penetrarla, porque su órgano saldrá para un lado”, refiere.
De manera que se tiene la ventaja de preservar un hato sano, porque no hay posibilidades de enfermedades de transmisión sexual. No obstante, con la técnica se corre el riesgo de que el animal pierda a los tres años la estimulación sexual. “Por la falta de contacto”.
OTRAS TÉCNICAS
Howard Castro, otro experto de la Universidad Nacional Agraria (UNA), manifiesta que para convertir a los terneros en chimbolos o detectores del celo también existe la adhesión del pene con vasectomía y el corte del músculo retractor del pene.
La primera técnica consiste en jalar, mediante cirugía, al pene hacia un costado, cortando los conductos de sus testículos y dejándole sólo la puntita del órgano reproductor. “De forma que aunque penetre a las hembras no las puede preñar. Pero sí contagiar con enfermedades de transmisión sexual”, reconoce.
En la segunda, en cambio se le corta al toro el músculo que le permite inclinar su órgano sexual hacia arriba y penetrar a las hembras; doblándole la punta del órgano hacia un lado. “El problema con ésta es que cuando el animal se empuja para montar a las vacas siente que se le dobla, entonces empuja más fuerte y logra penetrar. Entonces no es factible”, apunta.
EL COSTO
La técnica de desviación del pene tiene un costo promedio que oscila entre los 1,000 y 1,500 córdobas, y data desde 1960. Aunque en Nicaragua se empleó de forma masiva entre los años 1970 y 1989, resurgiendo en el país en los últimos tres años, pero de forma escalonada.

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