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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 24 DE ENERO DE 2004
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Foto  

Loa adolescentes bailan el Toro Huaco, durante la celebración de San Sebastián en la ciudad de Diriamba.

 

Carlos Perezalonso

Los duendes de las fotografías son tres: el que se revela de inmediato en las instantáneas, el que modifica los rostros en las licencias y pasaportes, y el que va velando y poniendo un tono melancólico a las fotografías antiguas.

El primero trabaja fundamentalmente con la luz y se mueve a velocidades fantásticas, de tal manera que la sonrisa que coquetamente esbozaste (para no parecer pretenciosa), se transforma rápidamente en una mueca triste, inicio de futura arruga, cuando se revela la instantánea. Algo que nadie sabe comprender sucede entre la pose y el clic, y entre éste y la emulsión que se plasma en el papel satinado. Te das cuenta entonces, que sos realmente ese otro que sospechabas y al cual no querías reconocer. El otro, como te ven los otros. No el del complaciente espejo mañanero, ni el furtivo que en el vitral del bar se ve mundano y desenvuelto, sino el otro, el insospechado.

El segundo duende trabaja en el mundillo de la burocracia y su labor es contundente y despiadada: ¿Quién es ese viejo ojeroso y orejón que aparece en tu licencia de conducir? ¿Quién esa gorda de fofa papada de tu pasaporte? ¿Cuál esa pariente lejana que ostenta tu nombre y tu número en tu cédula de identidad? ¿Cómo puede equivocarse tanto una cámara de fotografiar? Identificaciones de lo que no reconocemos ser, de lo que no quisiéramos ser. Es la muerte y no el tiempo la que pone pátina de nostalgia a las fotografías antiguas. Y de dulzura, y de sorprendente ingenuidad en las posturas y los gestos. Cuánta bondad hay detrás de los mostachos y el gesto adusto, casi fiero imagino en su momento, del abuelo.

Qué inocencia en la foto de la boda de mi madre, qué inmaduro mi padre, de pistolas y sombrero cowboy, sobre un caballo ausente, casi dormido. El niño parado en la roca que sonriente dice adiós en esta fotografía fui yo. Él ya no me ve pues me traje sus ojos. Él ha muerto. No contesto su saludo.  
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