Escena
“Teatro del Absurdo, ¡qué absurdo!”
Gonzalo Cuéllar*
El contexto, el espacio y el tiempo donde sucede la acción son ostensiblemente negados. Característico del Absurdo Samuel Beckett (Dublín 1906, París 1989) Premio Nobel de Literatura (1969), destacado exponente de un teatro llamado del Absurdo, término que nunca le gustó, Arrabal contó que cuando le llegó el famoso libro de Esslin, dijo: “Teatro del Absurdo, ¡qué absurdo!”, representa una de las grandes corrientes de postguerra. En sus “Textos para Nada” plantea: ¿Dónde iría yo, si pudiera ir a alguna parte? ¿Qué sería, si yo pudiera ser algo? ¿Qué diría, si tuviera una voz?, ¿Quién soy, si el otro existe? Por tanto, el sentido y el destino de la realización personal, de quienes se ven abocados a la nada; el problema de la imposibilidad de comunicarse, condena a la soledad.
En 1945 después de la desocupación alemana, volvió a París, empezó a escribir las cosas que sentía: “Eleutheria (1947) “Fin de Partida” (1946), “Esperando a Godot” (1948), que cumple 56 años, es la obra cumbre del siglo XX, además de ser un gran poema dramático, puso patas arriba el concepto teatral partiendo del arte como fracaso; Godot creó el teatro contemporáneo de la nada después de la II Guerra Mundial, que las ideologías se quedaron en una cháchara vacía y una gran masacre. Todo ello expresado en una obra en la que aparecen dos personajes. La situación: “un lugar desértico, un árbol sin hojas, crepúsculo” y allí en esa tierra de nadie, atemporal, Estragon y Vladimir esperan algo que jamás va a llegar, un tal Godot. Puesta en escena en 1957, una compañía de actores la presentó por primera vez en la prisión de San Quintín, para mil cuatrocientos convictos, fue un éxito; los prisioneros entendieron que la vida significa esperar, matar el tiempo y aferrarse a la esperanza de que la liberación puede estar a la vuelta de la esquina. A partir de esta obra se han escrito múltiples interpretaciones, el propio autor, no en balde señaló: “Si supiera quién es Godot lo habría dicho y no hubiera escrito la obra”, se ha dicho mucho sobre el significado de esta obra, Beckett ya advirtió mucho antes de que cayese el Muro de Berlín, que Godot no llegaría, de ahí que haya que vivir la espera de la mejor manera. De lo que se olvida es de que sigue habiendo una ideología que no ha caído: el neoliberalismo, el muro no ha caído, se ha transformado, no hay que olvidarlo sino buscar nuevos significados. Godot creó el teatro de la nada, pero fue teatro y el propio Godot se transformó en múltiples tesis. Beckett quiso ser nihilista no lo consiguió quiso permanecer en silencio y no hubo manera. El teatro del absurdo encuentra sus últimas expresiones al incorporar su peculiar lenguaje escénico en espectáculos de Peter Brook, Living Theather, Grotowsky. Su influencia en dramaturgos posteriores, que siguieron sus pasos en la tradición del Absurdo, fue tan notable como el impacto de su prosa.
EL ABSURDO EN AMÉRICA LATINA
En los años 50, esta corriente marcó su influencia en dramaturgos, directores y grupos de teatro desde la militancia con el absurdísimo, la moda, hasta la simple experimentación temporal.
El mayor mérito del teatro del absurdo en Cuba es su desarrollo sistemático y la terquedad de sus dramaturgos, Virgilio Piñera (1912-1979), es con Lezama Lima y Alejo Carpentier, de los grandes nombres de la literatura cubana del siglo xx se convirtió en el autor más importante de su país, con obras grotescas, absurdistas, “Electra Garrigó” (1948) estilo que dominó toda su primera producción, para lograr más tarde un realismo profundo chejoviano, fue antibarroco, cuajado de ironía, de duplicidades, en un mundo simbólico y absurdo. Vivió en Buenos Aires, donde publicó, “Cuentos Fríos” (1956), lo mejor de sus relatos del Absurdo. Al volver a Cuba (donde había triunfado como dramaturgo y poeta), la revolución lo acoge y publica hasta finales de los sesenta, posteriormente muere aparentemente en olvido. También destacan Abelardo Estornino ‘”El robo del cochino” (1961) José Triana “La noche de los asesinos” (1966).
Griselda Gámbaro “La mala sangre” representa la renovación surgida a partir de los años 60, década en la cual se alcanzó libertad de expresión respecto a los problemas sociopolíticos; la articulación del discurso en los textos de Gámbaro poco tiene que ver con ismos europeos; tiene mucho que ver con una realidad argentina donde la ambigüedad del discurso y su manipulación no vienen determinadas por un esteticismo seudo-filosófico o por un falso espíritu vanguardista, sino por la realidad misma que impone el contexto social, el cual determina una práctica de escritura. El teatro de Gámbaro trasciende lo nacional, y se gesta en un contexto local. Se ha clasificado a Gámbaro como absurdista y artaudiana, por presentar un teatro de la crueldad a nivel del contenido y no a nivel del significante, la crueldad como bien ha señalado Osvaldo Pellettieri, ”como si el autoritarismo no existiese en la realidad argentina”. Es aquí donde la mirada prejuiciada del crítico, desvirtúa el origen de la crueldad gambarina, que alude la victimización de su sociedad que sufre pasivamente, sin rebelarse. Gámbaro lo expresa de manera poética, “Recuperar el asombro privado e íntimo, establecer una relación emotiva con el otro, quizás sirva para mirar un poco más lejos y salir de nuestra propia indiferencia y soledad”.
En el panorama chileno, destacan Egon Wolf “Los Invasores” (1963), escrita bajo la concepción del Absurdo, farsa violenta que enfrenta a la burguesía con una turba de desarrapados, que invaden sus casas.
Jorge Díaz, inscrito en la línea de Ionesco. “El cepillo de dientes” y “Réquiem por un girasol” (1961). En Venezuela destaca Román Chalbaud; “Los adolescentes” (1961) Premio Ateneo de Caracas, “Caín adolescente” (1955), constituyen una crítica contundente a la realidad política social venezolana.
Isaac Chocrón y José Ignacio Cabrujas son también renovadores del teatro Venezolano.
*Director del grupo de Teatro de Títeres Guachipilín. 
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