Los predicadores malignos
Joaquín Absalón Pastora
Los predicadores malignos no frenaron la vociferación saturada de concupiscencia política. Se esperaba de ellos la pausa floreciente en los ánimos óptimos durante las efemérides espirituales de fin de año y de principios del nuevo.
Los colores preventivos de la alerta estuvieron a punto de ponerse en rojo. No obstante las medidas contra el peligro, no destiñeron el ambiente de concordia universal que suele darse en las festividades.
Y en Nicaragua (¿) El mismo cortejo de siempre con su invariable palillón Daniel Ortega, trató de perturbar las avenidas de la unanimidad familiar y comunitaria a que tiene derecho todo conglomerado, al hacer desde diciembre anuncios de “violencia callejera” apenas entrara el año bisiesto que tanto trastorna a los “numerólogos” y a “las aves agoreras”. El desborde no ofrece en el estreno, perspectiva de cuajar, lo cual indica sin caer en los excesos de la ilusión —que Nicaragua muestra el cansancio de sentirse víctima del alboroto infértil y de la bulla de los pitonisos que nada bueno han sembrado en los prados nacionales, miles de veces violados por quienes no están contentos si no cuentan con los seguidores, acostumbrados a llevar el armatoste pendenciero encima de la espalda.
“El adiós a las armas” no es una película de antaño sino una realidad que inoperante en otros rincones del planeta, parece asomarse en Nicaragua. Es la presunción.
Eso quiere decir que las declaraciones públicas, declinantes y hepáticas, no han calado en el temperamento normal de la gente deseosa de trabajar y de estar al margen de las pitanzas politiqueras.
La prédica del caos trata de involucrar en el arrebato a los trabajadores de la Salud y de la educación, instándolos a que —valiéndose de los bajos e injustos salarios y de su situación de pobreza— se “tomen las calles” y cambien la sabiduría del nivel constructivo por el “morterazo”, “la quema de llantas” o el lance primitivo de las piedras, cuando hay otras soluciones para conseguir las conquistas sociales que pueden repercutir en la reducción salarial de los impávidos tagarotes.
Las maestras y los maestros, sensibles “botones de muestra”, tienen todo el derecho de aspirar a sueldos superiores, francamente empequeñecidos y en ese sentido cuentan con el apoyo de la población consciente pero sin pasar por los formalismos de llevar sustento a los intereses partidarios.
No escapan ciertos dirigentes de la oposición dentro de los cuales está el mencionado, inclinados a la inconsistencia de modificar “de la noche a la mañana” sus propias propuestas o proyectos. Parecen vivir en la dualidad. Evaden los linderos establecidos por la lógica, desvirtúan el silogismo dialéctico y llegan —sin importarles— a conclusiones inconstitucionales como empecinarse (ejemplo) en anular el derecho ciudadano del elegir al nuevo alcalde en el período establecido por el ordenamiento legal de la República pretextando motivaciones económicas cuando en el fondo lo que incide es la debilidad de convocatoria predominante, si la elección fuese hoy. Cualquier efecto del llamado a las urnas edilicias será de fácil repercusión en las elecciones presidenciales del 2006. Y a eso es lo que se teme. El aspecto social es sólo una pavonada populista.
Daniel Ortega pone en la mesa el dilema: “paz social o elecciones” con lo cual insiste en el viejo chantaje de poner a la guerra como la eterna posibilidad de dirimir las angustias. Las protestas dijo “se avecinan en los primeros días de enero”. La amenaza no muestra síntoma alguno de consumarse pese a las tensiones producidas por la dislocación de los propios “dirigentes políticos”, lo cual invita a deducir que el mercado ególatra de la demagogia, va en declive. Así sea.
El autor es periodista.

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