Reportaje especial
En el sur, entre el desprecio y la burla: la estadía
José Adán Silva joseadan.silva@laprensa.com.ni
Basta con que reconozcan el acento nicaragüense para caer en el riesgo de recibir un trato discriminatorio y a veces cruel. Aunque cabe aclarar que no todos los costarricenses son así, es válido enfatizar que en muchos lugares, muchas personas de ese país, harán ver al nicaragüense como un objeto de desprecio.
SEGUNDA DE TRES ENTREGAS Algo muy malo debió haber dicho el tipo de la radio que obligó al taxista a maldecirlo. El locutor venía parloteando sobre un discurso que días atrás había escuchado del presidente Abel Pacheco, y al tocar un asunto del desarrollo económico de Costa Rica el taxista indignado le reprochó, como si estuviese delante de él: “¡No sea nica! Cómo va decir esa barbaridad, maje”.
No entendí en un inicio qué quiso decir el taxista al locutor, pero por el gesto de su cara intuí que no era un halago. Él siguió discutiendo con la imaginaria presencia de su interlocutor radial y nos dio las gracias cuando le pagamos los 600 colones (24 córdobas) que nos cobró por llevarnos a una casa rentadora de autos en Paseo Colón.
Le pregunté posteriormente al cónsul de Nicaragua en San José, Néstor Membreño, el significado de la frase “no sea nica” y me remitió a un libro titulado Otros amenazantes, del sociólogo costarricense Carlos Sandoval García.
El texto, un enriquecedor análisis de las diferencias raciales y culturales con que un sector de la sociedad tica trata a los nicaragüenses pobres e inmigrantes, hacía mención a la frase “no sea nica”: “Incluso existe la expresión ‘No sea nica’, la cual se emplea —sobre todo entre jóvenes— para reprobar una acción o una expresión considerada ‘impropia’”. Estaba claro: “No sea nica” es un equivalente a “no sea estúpido” o cualquier otro sinónimo de idiotez con que muchos representan al nicaragüense.
EL PECADO DE TOMAR FOTOS
La noche del viernes 9 de enero, un día después de llegar a San José, Germán Miranda y yo decidimos conocer un poco la ciudad. Un par de nicaragüenses que conocimos allá se nos juntaron y salimos juntos a caminar y buscar algún bar donde pudiéramos tomar unas cervezas y cenar.
Quise conocer los sitios que frecuentan los nicaragüenses con el afán de entrevistarlos, y eso nos llevó a un lugar de la ciudad que le dicen la “zona roja”. El bar, con karaoke incluido, estaba medio vacío y lucía muy mal cuidado. Decidimos salir a un lugar más alegre y nos dirigimos a una calle cercana a la Avenida Central, donde encontramos un bar con buen ambiente. Entramos.
No había mesas disponibles y nos dispusimos a buscar otro lugar. Antes de salir, dos uniformados entraron al local. Vieron a un par de sujetos en el bar, y les pidieron los documentos de identificación.
Germán vio una oportunidad para tomar una fotografía, y desde la acera de la calle disparó tres veces hacia el interior del local. Aquello agitó el ambiente. Los dos policías, el que atendía el bar y unos cuatro parroquianos más, se dirigieron hacia nosotros. En plena calle, nos rodearon, pidieron explicaciones y documentos de identificación.
“CUIDADILLO, ESTO NO ES NICARAGUA”
“¿Qué piensan que están haciendo?”, preguntó un policía.
Germán respondió que tomando fotos para un reportaje que se publicaría en Managua. ¡Para qué dijimos Managua! El oficial se alteró, amenazó con quitarnos los documentos y detenernos; nos dijo que en Costa Rica se respetaban los derechos privados. La rueda de personas alrededor nuestro era hostil. Detrás de mis oídos escuché a alguien sugerir al policía que le quitara el rollo a Germán, quien muy calmo, pidió disculpas por el abuso de tomar fotografías y pidió sus documentos.
El policía dudó un momento. Los hombres que nos rodeaban le dijeron que no entregara los documentos hasta que decomisara la película. Germán se negó. José Leonel, uno de los nicaragüenses que nos acompañaba, le dijo al agente que eso significaba una violación a la libertad de expresión y le preguntó su nombre. Tremendo pecado.
Iracundo, el agente le recordó que estábamos en Costa Rica, que ahí ellos eran la autoridad y mandaban, y que aunque no sabía para qué querría su nombre, no lo daría. En su uniforme pude leer Leonel F. (su apellido era algo enredado). Al final nos anotó en un cuaderno, nos entregó los documentos y nos advirtió: “Ándense con cuidadillo, esto no es Nicaragua”.
SALVADOS POR EL CÓNSUL
Buscamos otro bar, cerca del lugar. Elegimos la última mesa del local y pedimos unas cervezas. Llegaron a atendernos como 10 minutos después. Pedimos un menú, y extrañamente, ninguna de las tres cosas que pedimos estaban disponibles.
Preguntamos qué nos podían ofrecer, y la muchacha que nos atendía no nos escuchó y salió como robot a atender unos clientes de las mesas de la entrada. Media hora después, nadie había llegado a preguntarnos si queríamos algo más. Tuvimos que pagar en caja y nos marchamos a un restaurante de comida china, en la llamada zona roja, donde no hubo problemas y nos atendieron gentilmente.
Al día siguiente conseguimos un vehículo y partimos a un recorrido por varios puntos fronterizos. Primero fuimos a Peñas Blancas. Ahí, al reconocer dos policías a Germán y a este reportero, nos recordaron la anterior advertencia y nos conminaron a acompañarlos a la estación fronteriza de la Policía. Otra vez los documentos a revisión y las amenazas de detención.
Germán ya no estaba de humor y les reclamó la medida. Los miembros de la Fuerza Pública le dieron muchas explicaciones: que se debe contar con un permiso migratorio para hacer fotos o tener un permiso laboral para hacer reportajes.
A unos metros del puesto policial divisamos el vehículo en que unas horas antes había llegado el cónsul nicaragüense, Néstor Membreño, quien inspeccionaba la situación fronteriza y lo detuvimos para explicarle el intento de detención.
Los agentes le explicaron el incidente, de manera muy diferente a la forma en que nos hablaban a nosotros, nos dieron los documentos, pidieron disculpas y “nos entregaron” al cónsul.
“SON NICAS”
Ese mismo día partimos a Upala, porque nos dijeron que ahí llegaban muchos nicaragüenses ilegales. En el camino nos pidieron los documentos en dos puestos más. Llegamos casi al anochecer y lo primero que hicimos fue buscar un lugar donde descansar.
En el hotel Upala, a un costado del parque de esa comunidad, nos preguntaron primero si sabíamos cuánto costaba la estadía en el hotel. Luego, una vez que nos informaron el precio, nos pidieron documentos de identificación. “Ya decía yo, son nicas”, nos dijo sin ninguna emoción la señora que nos despachaba al leer nuestros pasaportes.
Germán le respondió “nicaragüenses por Gracias de Dios”. Ella, y otra que yacía sentada en una mecedora se rieron de manera burlona. Cuando pagamos a la señora de la mecedora, ésta revisó con exagerado cuidado nuestros billetes.
“No sé, los veo feos estos billetes. ¿Están seguros que no son falsificados?” Le respondimos que si tenía desconfianza, nos los devolviera, que buscaríamos otras cabinas.
Se disculpó. “No es por ustedes, pero es que viera cómo andan muchos nicas bandidos por aquí”, nos dijo con una fingida preocupación que luego borró cuando le reporté que no tenía almohadas en mi cama. “¿Cómo que no hay? Si yo misma las puse hoy”. Pues no habían y tuvo que reponerlas.
A la mañana siguiente, cuando pedimos las facturas, nos pidió que esperáramos hasta que una mucama revisara bien si en las habitaciones no se había perdido o dañado algo. Nos enteramos por unos vecinos que la mencionada señora desconfiada era nicaragüense, originaria de Rivas, pero que tenía más de 20 años de vivir en Costa Rica.
SIN OPORTUNIDAD PARA SOÑAR
Esa mañana, en el recorrido, Germán captó a varios nicaragüenses detenidos en los puestos policiales. En Los Chiles vimos a cinco jóvenes y nos acercamos a entrevistarlos. Juan José Jiménez, Rubén y Julián Martínez, de San Carlos; Eudi Rivas y Carmelo Solís, del Sauce.
Todos menores de 20 años, habían sido detenidos en un cultivo de frijoles y llevados al puesto. A ninguno le dieron tiempo para recoger sus cosas ni cobrar sus salarios.
En el sector de Los Chiles donde desembarcan las lanchas que vienen del lado del río San Juan, provenientes de Nicaragua, llegó una lancha con unos 25 nacionales. Una vez en tierra los pusieron en filas; un oficial de aduanas les registró sus bolsos y mochilas, y luego los remitió a una oficina de Migración, escoltados por una patrulla policial.
Detrás de las oficinas de Migración, donde los nicaragüenses hacían fila para presentar sus papeles, había una especie de celda rústica de barrotes herrumbrosos. Dentro de ella, con aires de desolación, estaban dos jóvenes nicaragüenses sin pasaporte y con las cédulas de residencia vencidas. Sus sueños de buscar un trabajo, terminó tras los barrotes de una rústica celda húmeda de Los Chiles, Costa Rica.
Reportaje fotográfico Germán Miranda.

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