Reportaje especial
Hacia el sur, entre el peligro y el rechazo: El ingreso
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Un equipo del Diario LA PRENSA viajó a Costa Rica para constatar las denuncias de inmigrantes nicaragüenses que se quejan de maltrato y abuso de autoridad. Tras siete días en ese país, este equipo comprobó en carne propia lo que es un secreto a voces entre los inmigrantes: detrás del discurso político de la hermandad entre ambas naciones, existe un comportamiento social de rechazo para la mayoría de los nicaragüenses pobres, legales e ilegales, que buscan mejores oportunidades de vida al sur de sus fronteras. |
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José Adán Silva joseadan.silva@laprensa.com.ni
PRIMERA DE TRES ENTREGAS
“Fuera nicas”, dice un graffiti en la pared de un baño público en la frontera de Peñas Blancas, Costa Rica. Alrededor del escrito, en letras de todo tipo y colores, se escribieron infinidad de insultos y ofensas contra los nicaragüenses que entran a Costa Rica en busca de mejor vida.
La frase, común en el resto de baños públicos de Costa Rica, no es en balde. Durante siete días, en viajes por varias provincias de ese país, un equipo de LA PRENSA, integrado por este reportero y el fotógrafo Germán Miranda, concluyó que pese a las oportunidades de empleo y otros beneficios sociales que ofrece, Costa Rica, es una caja de Pandora para el nicaragüense inmigrante común: la esperanza del empleo existe, pero para materializarla hay que pasar por abusos y vejámenes.
DE ESTE LADO DEL RÍO
La travesía comenzó el miércoles en horas de la noche, en la frontera de Peñas Blancas. Ahí hicimos contactos con un par de coyotes, quienes se ofrecieron a cruzarnos “seguro”. El pago era de 50 dólares cada uno “por ser un trabajo especial”, ya que según él, pasar de noche aunque es más “seguro”, es más peligroso.
Aceptamos el trato y acordamos esperar al coyote en un restaurante de la zona. A las nueve de la noche, tras dos horas de espera, la señal llegó, pero era negativa. Uno de los contactos del coyote dentro de la guardia civil costarricense, le advirtió que no era un buen momento, ya que en la zona se estaban desarrollando operativos migratorios y la Fuerza Pública estaba apostada por los principales puntos de tráfico.
Esa misma noche decidimos contactarnos con el Ejército de Nicaragua en la zona, para ver si era posible acompañarlos en una faena de patrullaje nocturno por la frontera. Aceptaron.
A las diez de la noche de ese día, el equipo de LA PRENSA acompañó a la patrulla militar, comandada por el teniente coronel Horacio Ortiz, jefe del destacamento fronterizo sur. La patrulla pasó por puntos de tráfico ilegal identificados así: Las Mallas, El Guasimal, Cerco Nuevo, Las Torres, Cruz Blanca.
Éstos son sólo cinco puntos de tráfico ilegal, de un total de 40 que el Ejército tiene localizados en la zona, sin contar los otros puestos de tráfico, ubicados a lo largo de los 72 kilómetros de frontera común, incluyendo el Río San Juan.
TORRES Y REFLECTORES
En la oscuridad de la noche, la patrulla se internó cerca de los bordes fronterizos. Del otro lado, desde unas torres que las autoridades ticas construyeron para vigilar el tráfico ilegal, se veían reflectores y lámparas de mano que alumbraban las zonas en busca de movimientos.
En el recorrido nocturno se detectó a varios coyotes nicas que venían del lado de la frontera, se les detuvo, se les interrogó, y luego se les dejó ir. Dos jóvenes coyotes ticos, que supuestamente venían a tomar licor a la frontera, fueron detenidos y llevados al puesto fronterizo para ser entregados a las autoridades del país del sur.
TRETA DE COYOTES
Al día siguiente, de madrugada, los coyotes de la noche anterior, a quien sólo logramos conocer como “Tito” y “El Negro”, nos llevaron a nuestra travesía hacia los puestos ilegales fronterizos.
Acompañados de unas doce personas que venían de Carazo y Granada, emprendimos el recorrido por veredas. Pasamos por varias fincas, donde algunas personas cobran de 10 a 20 córdobas en concepto de “peaje”.
Después de casi 100 córdobas de “impuestos”, y aproximadamente tres kilómetros por veredas, llegamos a una quebrada por donde corre el río Cabalceta. Subiendo la quebrada, 200 metros después, está un cerco que divide la frontera. Sobre la ruta hay caminitos de tierra bien marcados, huellas frescas de pisadas, recipientes vacíos de botellas de agua, restos de basura y hasta condones usados.
Una vez en la frontera, “Tito” pide que todos nos agachemos, en voz baja, nos dice que esperemos cinco minutos antes de entrar. Él se acerca, abre el portón de alambre de púas del cerco, y se interna en el monte. Lo sigue “El Negro”, quien antes de desaparecer, nos recuerda los cinco minutos de espera, pasado el tiempo, cruzamos el cerco y caminamos unos 50 metros tierra adentro, en silencio, y de pronto, de entre los arbustos salieron cuatro agentes ticos uniformados, con el fusil M16 al hombro.
“¿Para dónde creen que van?” dijo uno. Todos guardamos silencio.
“¿Ustedes no entienden que esto que hacen es ilegal? Vamos nicas, rapidillo, regrésense por donde vinieron”.
Esta vez tuvimos suerte. No pidieron papeles, ni hicieron más preguntas. Nos acompañaron de regreso al cerco y nos instaron a irnos.
300 COYOTES NICAS
Regresamos en busca de los coyotes, quienes nos pidieron el anonimato por motivos de seguridad, ya que no descartan regresar a Costa Rica. No había mucho que explicar: que le cobran a la gente un mínimo de “cinco rojos” (cinco mil colones), equivalentes aproximadamente a 170 córdobas; que nadie garantiza que una vez que estén al otro lado de la frontera podrán llegar a su destino, y tercero, que hacen el trabajo por desempleo.
Ellos dos, imitando el acento tico, aseguran ser ex trabajadores en ese país. “Tito” dice que fue operario en las construcciones en San José por siete años y “El Negro” dice que trabajaba cortando melones y naranjas en Liberia y Alajuela; eso dicen ellos, fue antes de que las autoridades migratorias ticas les quitasen sus cédulas de residencia porque estaban vencidas.
Dicen que vinieron a Nicaragua a visitar a sus familias en diciembre, y al igual que unos cinco mil nicaragüenses más, no pudieron regresar a sus trabajos por falta de documentos. Expresan que están agradecidos porque Costa Rica les ha dado oportunidades que no se las dan en su país, pero aseguran odiar a las autoridades ticas.
“Uno se va por necesidad, usted sabe maje, que la necesidad tiene cara de perro, y así es como nos ven los tiquillos maje, como perros”, dice agriamente “Tito”.
Según el director general de Migración de Costa Rica, Marcos Badilla, ellos tienen identificados a unos 60 coyotes nicaragüenses que se dedican a pasar ilegales a Costa Rica. “Tito” cree que la cifra supera las 300 personas. “Es que se han venido coyotes de todos lados, hasta de Managua, y sólo vienen a joder y robar”, dice.
Esa misma mañana, la Policía Nacional reportó la violación de una joven de 19 años, que intentaba llegar a Costa Rica, y un hombre se quejó de haber sido asaltado antes de cruzar la frontera.
MOLESTIA COTIDIANA
Dejamos a los coyotes y procedimos a hacer los trámites migratorios con las autoridades de ambas fronteras. Una vez en Costa Rica, tardamos una hora para llegar a las ventanillas de Migración, donde nos sellarían el pasaporte. La espera fue de balde.
Nadie nos dijo nada, no había un solo rótulo que indicara que todo inmigrante con visa de turista debe llevar un boleto de regreso, pero así nos lo hicieron saber cuando al fin llegamos a las ventanillas; preguntamos que por qué sólo a nosotros nos pidieron el boleto de regreso, y no a los dos extranjeros que estaban delante de nosotros en la fila.
La respuesta fue una voz autoritaria que preguntó con molestia: “¿No entiende señor? Vaya hombré a comprar el boleto y no atrase la fila”.
Germán insistió en que por qué sólo a él le exigían boleto de regreso; el funcionario de Migración movió varias veces la cabeza en señal de negación, con aires de fastidio. Señaló con el dedo índice la puerta de salida y dijo: “Siguiente”.
Tuvimos que hacer fila una hora más, bajo un sol de infierno, ahora con el boleto de regreso en mano. Esta vez no hubo problemas. Salimos a comprar el boleto a la línea de buses que nos llevaría a San José, y una vez que todo estaba en regla, dimos una vuelta por la zona. En el puesto policial cercano a la aguja, Germán reconoció a un grupo de personas que en la mañana habían intentado ingresar a Costa Rica en el mismo recorrido que hicimos por la frontera.
La Fuerza Pública los arrestó intentando ingresar a Costa Rica y los llevó al puesto policial donde los retuvieron, quitaron las cédulas de residencia y los regresaron con la advertencia de que si volvían a capturarlos, los apresarían varios meses.
¿ES DELITO TOMAR FOTOS?
Tomarles fotos a los inmigrantes detenidos no fue del agrado de los uniformados ticos, quienes una vez que vieron a Germán tomando foto, y a este reportero haciendo preguntas, se acercaron para increparnos.
Primero pidieron documentos; luego nos preguntaron qué hacíamos en Costa Rica, y luego, de modo prepotente, nos preguntaron si teníamos permisos migratorios para hacer reportajes. Les respondimos que no sabíamos que teníamos que pedir un permiso migratorio para hacer fotos, y les pedimos que si ellos tenían alguna ley específica que impidiera hacer fotografías y preguntas, que nos la mostraran.
No supieron qué decirnos, más que “está prohibido”. Luego nos regresaron los documentos, y se nos advirtió que si volvíamos a tomar fotos, nos llevarían a la Fiscalía y nos decomisarían los equipos.
Ya en el bus, rumbo a San José, capital de Costa Rica, retenes de miembros de Migración y la Fuerza Pública, detuvieron el bus para pedir los pasaportes visados. Desde entonces no hubo viaje dentro de Costa Rica en que no nos detuvieran para pedirnos los documentos y preguntarnos con molestia: ¿Por qué toman fotografías y hacen preguntas?
PIE DE FOTOS:
FOTO 1.- “El Negro”, el coyote que llevó al equipo de LA PRENSA, por veredas para mostrarle la ruta de ingreso ilegal a Costa Rica, se esconde en la maleza de la frontera al percibir la presencia de policías ticos que patrullan la zona.
FOTO 2.- Un miembro de la Fuerza Pública de Costa Rica, después de haber devuelto a Nicaragua a un grupo de inmigrantes nicaragüenses que intentaban pasar ilegales, le grita al fotógrafo Germán Miranda que deje de hacerles fotografías.
FOTO 3.- Este nicaragüense camina con cuidado para no resbalar en las lodosas riberas del río Cabalceta, y llegar sano y salvo a la meta que ha elegido: Costa Rica.
FOTO 4.- A toda hora del día, desde que amanece hasta que anochece, los coyotes cobran a miles de nicaragüenses por pasarlos de manera ilegal a suelo costarricense.
Reportaje fotográfico: Germán Miranda

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