En el cumpleaños de Sor María
Ruth de Fuentes
El 13 de enero de 1902 nació sor María Romero. Este mes cumpliría 102 años nuestra beata que amó tanto a los pobres y dio su vida por ellos. Su pensamiento era: “Deberíamos tratarlos como iguales, con el respeto que se debe a cada hombre, sea cual sea su vestido”. Sor María amaba a los pobres con amor tierno y doloroso. Y ellos iban a ella por la camisa, por un pan, por un medicamento, pero sobre todo por el amor atento, respetuoso y sonriente que los saciaba en los profundo de su humanidad herida.
Sor María daba los últimos toques a sus catequistas: “Antes de entrar al hogar, se invoca a la Virgen con la jaculatoria ‘pon tu mano madre mía, ponla antes que la mía’, después se saluda con cariño a los niños y a los adultos. Mientras una de las misioneras habla de Dios, la compañera reza en silencio y con fervor para que Dios bendiga las palabras”.
Dios creó las flores para el gozo de nuestros ojos. Sor María tenía en el jardín de su Reina una maravillosa rosaleda de color amarillo pálido. Un día estaba regándola y le hablaba. Desde la ventana Luz María González Cubero y Maclovia Rojas Ballestero, la miraban —no la veía— y la escuchaban. Decía: “Sí mis amores, yo sé que ustedes son muy bellas y las manos divinas que las hicieron son tan prodigiosas como la belleza de este color amarillo que tienen”. A cierto punto, las dos mujeres que ayudaban en la limpieza de la casa dicen: “Vimos que las ramas del rosal se le venían encima como acariciándola y ella gozaba y se sonreía, repitiéndoles las mismas palabras”. Maclovia, al ver esto dijo: “¡Ay, qué miedo! Salgamos afuera”. Y corrieron al jardín. Se movían las rosas como si hubiera viento, pero no había una chispa, ni una hoja siquiera se movía, sólo el lugar de las rosas. Las dos mujeres se le acercaron a Sor María: “Qué es esto, que las rosas se doblan sobre usted...” El rosal se inmovilizó. Sor María las miró y dijo: “No digan a nadie ni una palabra de lo que han visto, ¿me lo prometen?”. Y sonriendo añadió: “Sólo podrán decirlo después de mi muerte”.
Marina Herrera Calderón, después de la muerte de los padres deseaba trabajar en un colegio para no vivir solita. Pero, tenía los pies torcidos y como atados, hacer dos pasos le costaba mucha fatiga. Pero Eloína se lo había dicho a Sor María, que la había aceptado diciéndole: “Marina, siéntese en aquella banca cerca de la portería y esté vigilando siempre. Yo le dije: “Pero Sor María ¿de qué hora a qué hora?” Me contestó: “Hasta la muerte”. Luego de estar tanto tiempo sentada en la sillita. Marina pensó aprovecharse ella también de las audiencias, sin pasar a coger número, sin hablar con Sor María. Esperó que se fuera la última persona y que Sor María se marchara y entró en la habitación de las audiencias, se quitó los zapatos y puso los pies encima de la tablita de madera sobre la que Sor María ponía sus pies durante las largas horas. Dijo: “María Auxiliadora cúrame los pies aquí donde Sor María pone los suyos”. Dice: “Desde ese momento pude y puedo caminar como si nada hubiera tenido y no siento ni dolor ni dificultades aún cuando debo caminar por todas partes”.
Recordemos este 13 a Sor María, nuestra beata que pronto será nuestra primera Santa, pidámosle mucho por Nicaragua, por nuestras necesidades y amémosla con ese amor que ella tuvo por su Reina y Madre.
Gracias Señor por el regalo bellísimo de Sor María, no merecíamos semejante precio pero trataremos de merecerlo amando y sirviéndole a sus amados pobres.
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.

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